EVITEMOS SEMBRAR DESESPERANZA
Por: José Manuel Zevallos Rodríguez – Psiquiatra y Magister en Salud Mental del Niños Adolescente y Familia.

La infancia debe ser una época maravillosa. La infancia es la época de los sueños, la fantasía y el recreo. La infancia es la época en la cual los niños olvidan pronto y en la cual aprenden rápido.

HOY CONOCI EN EL MUNDO GENTE MARAVILLOS

Los padres deberíamos de nutrir esta etapa del desarrollo de nuestros hijos con cariño, afecto, tiempo y comprensión. Deberíamos jugar y escuchar más. No hay época más bella en la vida que la infancia.

En esta etapa, el cerebro de los niños es lo que sería para un agricultor “el mejor campo de cultivo del mundo”. Si sembramos esperanza, crece esperanza; si sembramos optimismo, se desarrolló optimismo. Es el campo maravilloso en donde todas nuestras aspiraciones relacionadas para con nuestros hijos se hacen realidad. En esta fase la alegría que les regalamos a nuestros hijos se vuelve en alegría, en sonrisas, en entretenimiento y en momentos plenos de placer y de disfrute.

Pero el maravilloso campo de cultivo también puede ser invadido por ideas raras, por venenos del alma y conductas violentas. Si sembramos egoísmo, nuestro hijo será egoísta, si sembramos violencia, nuestros hijos serán violentos y agresivos.

Muchos padres con quienes converso a diario sobre el desarrollo emocional de sus hijos se quedan perplejos ante muchas de mis respuestas. Doctor, ¿por qué mi hijo es violento?, ¿por qué mi hijo desafía mi autoridad?, ¿por qué mi hijo es irrespetuoso? La respuesta es siempre la misma. De seguro usted fue violento, desafiante e irrespetuoso con su hijo en la infancia.

En una primera instancia los padres suelen negar sus culpas. ¿Yo violento? ¿Yo desafiante? ¿Yo agresivo? No, eso es falso, yo he dado todo por mis hijos, no sabe usted el esfuerzo, la dedicación que he tenido para con ellos, las noches que no he dormido cuidando sus sueños, su estado de salud o sus estudios. No sabe usted cuántas horas extras he laborado por darle las comodidades que hoy tiene. No sabe usted las deudas que tengo que pagar aún por sus estudios.

Yo no he juzgado los actos en vida de dichos padres, nunca les he dicho si hicieron tal o cual esfuerzo por sus hijos. Me imagino que pocos padres en el mundo han dejado en el abandono pleno a sus hijos. La gran mayoría están presentes en la vida de sus hijos, ya sea física y emocionalmente o por lo menos bajo la forma de un padre banco.

Pero los padres no responden a mis interrogantes. No quieren mirar el pasado. “Fue hace mucho tiempo aquello”, “era muy pequeño, no se daba cuenta”, “pero son cosas normales del matrimonio”, contestan otras parejas tratando de evadir su responsabilidad.

Cuando ya están “junto a las cuerdas”, cuando ya no hay escusas que inventar, los padres finalmente suelen reconocer su falta: “sí, fui agresivo con mi hijo”, “sí, le pegué”. Más luego tratan de argumentar de distintos modos, “pero tenía que educarlo”, “se podía torcer su destino sino imponía mi voluntad”, “así se vivía en la casa de mis padres y yo solo copiaba el modelo familiar, funcionó conmigo, funcionará con él”. Otros con la mirada perdida y con lágrimas en los ojos solo esbozan su tristeza y desconsuelo diciendo: “lo hice sin saber”.

Es cierto, no hay una escuela de padres. Aprendemos a serlo en el camino. Cuando ya nos hemos vuelto expertos en ser padres, los hijos han crecido tanto que ya no viven con nosotros. Nos graduamos muy tarde en el arte de la paternidad y la maternidad.

Pero muchos no se gradúan y siguen viviendo con un modelo familiar ortodoxo y destructivo. Es esas familias como decía J. Petit-Sean, “los hijos se convierten para los padres, según la educación que reciban, en una recompensa o en un castigo”.

En verdad, aprendemos muy tarde que las lecciones de vida más importantes en la existencia de nuestros hijos se impartieron en la infancia, en la edad promedio de los cuatro a los siete años. Los primeros recuerdos conscientes marcan de modo impresionante su vida racional adulta.

Pero la vida de un ser humano no es racional siempre, la emotividad persiste al paso del tiempo y a la existencia de la razón. La violencia sembrada en los primeros años crece y puede destruir la vida de nuestros hijos en los años de adolescencia y juventud sino tomamos las medidas preventivas del caso. Cuantos intentos no consumados de suicidio han llegado a la atención médica de la especialidad psiquiátrica y cuantos de dichos intentos guardan siempre el mismo patrón: violencia en la infancia, falta de amor de los padres a los hijos, ausencia del padre o de la madre.

Todos estos eventos, ya sean aislados o en conjunto determinan una respuesta emocional. Ya sea de adaptación, la denominada resiliencia infantil, o de inadaptación, bajo la forma de falta de tolerancia al estrés, facilidad para caer en el desánimo, frustración y autoestima baja.

Muy tarde los padres nos damos cuenta de lo que hemos sembrado en la mente de nuestros hijos. Como comentaba Ralph Waldo Emerson, “los seres humanos son lo que sus padres hacen de ellos”. Muchos padres hacen verdaderas obras de arte con la vida de sus hijos, otros hacen verdaderas obras de desastre con la existencia de sus hijos.

Queridos padres, el mayor acto de bondad que puede existir en el mundo es la entrega a conciencia a nuestros hijos. Nuestros hijos son el bien más valioso que existe, sus sueños, metas y anhelos son aquella responsabilidad innegable que no podemos postergar.

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