Relato sobre una visita a Santiago de Chuco: LA CASA DE CÉSAR VALLEJO
Por: Orlando Mazeyra Guillén

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Una historia de explosivas revelaciones nocturnas

—Yo conozco la casa de César Vallejo —te dice Nancy luego de recitar de memoria el poema “Espergesia”—. En realidad es un pequeño museo… creo que tengo un par de fotos guardadas en mi casa, las voy a buscar.

—¿Estuviste en Santiago de Chuco? —le preguntas—. Yo sólo pude conocer su tumba en Montparnasse hace casi diez años cuando visité París.

—Estuve tres días en Santiago de Chuco —te cuenta—. Leerlo en su pueblo fue algo muy especial que no te lo podría explicar.

—¿Fuiste de vacaciones?

—No. Fui por chamba y pensé que no iba a volver a Arequipa.

—¿Por qué?

—Mi mamá me repite a cada rato que hacer trabajos en esos pueblos es peligroso. Siempre me machaca que soy muy osada y que me pongo en demasiado peligro… yo nunca le hago caso: ¡mejor! Cada quien tiene que vivir su vida a su manera, ¿o no?

—Sí, claro —asientes de buena gana—. ¿Pero qué clase de chamba hiciste?

—Tuve que ir a levantar información para el Ministerio de Energía y Minas: fue toda una experiencia.

—Cuéntame qué pasó…

—Yo fui con Susana, una pituca de la Católica de Lima, a la que todo le daba mucho asco. También con Sebastián que había estudiado en la Universidad de Piura. Nos tuvimos que hospedar en hoteles distintos.

—¿Por qué?

—La gente en esos pueblos es muy conservadora y cuando prolifera la actividad minera saben que eso trae prostitución… por eso a Sebastián lo mandaron a un hotel de “hombres” y a Susana y a mí a uno de “mujeres”… así no había paltas. Lo más gracioso es que ella y yo elegimos el mejor, o sea, el que decía “hotel con calefacción”.

En la fachada de aquella modesta posada que quedaba muy cerca de la casa-museo del poeta César Vallejo un cartel anunciaba “HOTEL CON CALEFACCIÓN”. Nancy y Susana, que se morían de frío por la bajísima temperatura, entraron deprisa aliviadas. Luego, la mujer que atendía les asignó una habitación con dos camas. Cuando ingresaron a la pieza no hallaron ninguna calefacción. Apenas había sendos pares de gruesas frazadas de lana encima de las camas. Cuando Nancy volvió a la recepción a preguntarle a la mujer en dónde estaba la bendita calefacción, la mujer, muy oronda y con tono burlón, le explicó que las frazadas extra eran la mejor calefacción.

—¿Qué cosa? —preguntó Nancy.

—Es la única calefacción que va a encontrar acá.

Al día siguiente, luego de desayunar, fueron a buscar al alcalde de Santiago de Chuco. Se trataba de un sujeto taimado que no estaba dispuesto a absolver dudas. Nancy notó que la plaza de armas tenía mucho mármol, muchísimo mármol. Así que decidió preguntarle al alcalde de dónde había conseguido ese material para ornar la plaza. El tipo le dijo que las obras se habían hecho con la “colaboración con la empresa privada”.

—El pata estaba amarrado con la minera —te cuenta lamentándose—. Seguramente lo había comprado con un sencillo… ya te lo puedes imaginar. No nos ayudó y todavía nos quiso ofrecer un agasajo que nosotras rechazamos.

En Santiago de Chuco se enteraron rapidito nomás de que había llegado gente a levantar información sobre lo que pasaba con la minera y esto provocó un suceso inesperado.

—Nos fuimos a dormir muy cansadas. Apenas tomamos un poco de mate de coca con pan y nos echamos a dormir. Susana me dijo que se quería largar al día siguiente, estaba un poco asustada, decía que la gente la miraba muy feo… conversamos alguna que otra tontera y, antes de medianoche, nos quedamos recontra jatos.

Alrededor de las dos de la mañana ambas sintieron fuertes golpes en la puerta de la habitación: parecía que, si no abrían, se la traerían abajo. Susana, horrorizada, se escondió debajo de la cama mientras gritaba: “te lo dije, Nancy: estos cholos nos quieren matar y nosotras no les hemos hecho nada… seguro ya se bajaron a Sebastián. ¡Nos vamos a morir!”.

Nancy hizo acopio de valor y se dirigió a la puerta. Apenas abrió quiso pedir explicaciones: “¿Qué les pasa, señores? ¡Son las dos de la mañana!”.

Uno de los pobladores que dirigía a la comitiva (“eran unos diez”, recuerda Nancy) se empezó a reír de Susana que seguía gritando debajo de la cama. El líder sólo necesitaba una mujer y ya había elegido a Nancy: “Tú nos vas a acompañar”, le anunció con tono terminante.

—¿Adónde? —le preguntó Nancy pensando lo peor: ¿el final definitivo?

Nancy recuerda con claridad sus palabras: No le decía “vas a ver”, sino “vas ver”. No le decía “vas a sentir”, sino “vas sentir”.

—Tú solita vas ver y vas a sentir.

—¿Qué cosa? —preguntaba sin comprender.

—¿Acaso no tienes que hacer informe? —la encaraba el tipo.

—Sí.

—Entonces vamos de una vez.

La sacaron en medio de la oscuridad (a las dos de la mañana no hay luz eléctrica en Santiago de Chuco) y la guiaron por un vasto sendero de eucaliptos.

—En ese momento me acordé de mi mamá —te cuenta Nancy—. “Me van a matar”, pensé y creí que ya no volvería a mi casa. “Me van a matar a pedradas y mi cuerpo va a desaparecer, ni siquiera tendré una tumba”, me dije aterrada mientras seguía caminando. La temperatura estaba por debajo de los cero grados y la nariz me empezó a arder de frío. Los dedos de mis pies se entumecieron… fue algo horrible… hasta que por fin nos detuvimos.

Uno de los pobladores le tiró por la espalda una pesada frazada y ella pegó un grito de angustia mientras los otros sujetos se morían de risa: “Sí, se reían de mí y mucho”, cuenta ella algo avergonzada.

El líder la invitó a abrigarse y a sentarse. Después él y los demás se sentaron alrededor de Nancy. Todos permanecieron en silencio durante varios minutos. Casi a las tres de la mañana una fuerte explosión iluminó la noche:

—Parecía un atentado terrorista —te dice Nancy—. ¡Peor que un atentado! La tierra temblaba… parecía un terremoto. No entendía nada, estaba como bloqueada, desconcertada: ¿eran terrucos? ¿Me iban a hacer volar con dinamita?

—¡Ahora vas a completar tu informe! —le ordenó el líder—. Espera que recién es la primera…

—¿Y cuántas son? —le preguntó Nancy cuando por fin creyó entender todo.

—Tú misma las vas a contar.

Barrick les había mentido. Esa poderosa minera se comprometió a no usar explosivos; pero el Ministerio sólo podía levantar información y monitorear hasta las seis de la tarde. La minera buscó la salida más fácil: provocar las explosiones a medianoche, sin roche, a la mala. Nancy sintió más de cinco explosiones antes de que asome el día.

Cuando ya eran las cinco de la mañana el líder le ordenó ponerse de pie. Nancy pensó que por fin todo había terminado. Sin embargo faltaba algo más:

—Vas a mirar esto último y lo pondrás en tu informe: ¡todo tienes que informar! —le dijo el sujeto señalando las viviendas de Santiago de Chuco.

—Las construcciones ni siquiera son de material noble —recuerda Nancy—. Estaban cuarteadas. Las explosiones que provocaba Barrick hacían mierda las casas de la gente de Santiago de Chuco. “No te olvides de poner esto en tu informe”, le dijo el poblador: “Toma fotos si quieres”.

Nancy se puso a llorar. Se sentía impotente y engañada. Frustradísima. Nancy siempre creyó que la minería legal podría traer progreso y desarrollo a los pobres del Perú. No era así, ni de a vainas: Barrick hacía lo que le daba la gana en la cuna del poeta inmortal (quien ya había anunciado los peligros del arribo de las inescrupulosas transnacionales mineras al Perú en su novela “Tungsteno”).

“Ahora vas ver, ahora vas sentir”, le había vaticinado el poblador y Nancy pudo ver y sentir la realidad de la minería en el Perú como nunca antes.

—¿Te puedes imaginar algo peor, Orlando? —te preguntó desalentada.

—No —le confesaste sintiendo que otra bomba explotaría pronto porque la realidad siempre supera a la ficción.

—La minería ilegal es peor, mucho peor —te anunció ella y se puso a llorar. No sólo asomó Vallejo, también Arguedas: “Dicen que no sabemos nada, que somos atraso, que nos falta educación, que somos impertinentes. Hermanito mío, tienes el corazón lleno de temores”.

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