CUENTO: “OJO MALAGÜERO”
Por: Alberto Páucar Cáceres

Lo supe desde que empezó a llenarse de esa aguadeja pálida; desde que sin doler siquiera se hinchaba y enrojecía día a día supe que era signo de inevitables malos augurios; supe que algo terrible iba a pasar. Ahora lo sé, porque toda la semana antes de ese maldito domingo estuve maliciando qué cosa pasaría; por eso, cuando en la cama despierta me pasaba la mano para ver si la hinchazón había desaparecido, me seguía repitiendo qué será lo que este ojo malagüero estaría tratando de decirme.

Los despedí tempranito por la mañana del domingo, oscuro, oscuro estaba cuando medio dormidos les ayudé a poner en el camión los bultos con la comida envolviendo en periódicos y aguayos el picantito de guata que preparamos por la noche. Tenemos que apurarnos si queremos ver el amanecer en el mar, le oí decir a mi Pedro y lo noté flaco como un sauce, pero al mismo tiempo más maduro y pensé para mis adentros que en este mayo cumpliría sus dieciséis años. No dejé, sin embargo, de seguir maliciando y no bien los vi partir no pude volver a dormir, así que me senté a tomar mi tecito con el pan que me dejaron; noté que el ojo seguía hinchado debajo de la venda y el cansancio me hizo cabecear y esta vez su sopor casi me reventó la cabeza con malos sueños en los que el río Ticalaco entraba cargado de aguas color melcocha, y otra vez vi a mi comadre Gregoria diciéndome: Doña Juana, no debió usted dejarlos ir…corre mucho ventarrón en las aguas de la mar y las guaguas que más queremos el agua salada les entra por todos los poros del cuerpo cuando la malaya suerte nos separa de ellos y luego no pueden salir de la mar. A este sueño lo siguió otro en el que se veía a mi Pedro todo contento, preparándose, el sábado, la víspera del tan esperado viaje a la playa, a la mar como dicen que se llama propiamente. Me desperté con una imagen verde del mar, de la mar que no conozco y me acordé que mis abuelos decían que la mar no tiene fin y el recordar esto me dio miedo, me imaginaba un campo verde pero de un verde helado y malicioso en el que se escuchaban voces que llamaban; voces feas como saliendo del fondo amargo de mis penas. Todo eso fue como a media mañana, como a las diez, es decir seis horas después que partieron. Ahora sé que justo cuando yo estaba perdida en medio de esos sueños fue que mi hijo se había desvanecido en la mar.

Ya no pude dejar de pensar en ellos todo el resto del día; en esta cabeza, más y más ideas feas como yerbas malas iban apareciendo. La tarde llegó sin que lo notara, me pescó en mi rincón contemplando las gallinas y solo supe que ya el mediodía había pasado por la sombra del gallo en el suelo terroso manchado aquí que allá por el agua con que lo regamos por la noche. Cuando vi al gallo, recién me di cuenta, todavía como entre sueños, que lo había escuchado cantar y, al pensar otra vez en su sombra, me asusté más. Sabía que sólo malos augurios hacen cantar a los gallos por la tarde; también recién me di cuenta que no había comido y que las tripas me estaban sonando. Me levanté y puse a calentar el resto del picante que me dejaron en la olla. “Qué pena que no pueda venir mamá, pero es la calor que le puede hacer peor al ojo; es mejor que esté usted en casa; ya le contaremos como es el mar”; recordé sus palabras y con algo de sosiego comí unos bocados del picante con los restos de la colisa que me sobró de mi desayuno; serían como las tres de la tarde y aunque este ojo seguía chorreando, esta vez sentí que era un llanto genuino, no la aguadeja turbia de antes; era como si de pronto la lágrima hubiera encontrado su propio motivo; como si sobre el lloro pálido de la hinchazón, otro más puro, más verdadero viniese directamente del corazón a atropelladas a reemplazarlo. No pude contener un suspiro tan hondo que me asustó más ya que hasta las gallinas corrieron de mi lado; supongo que el sopor me agotó y de ahí en adelante no recuerdo más; no recuerdo cuando oscureció y si mi corazón seguía agitado o no; solo recuerdo que me levanté sin el parche sobre el ojo malagüero. Me dijeron (no sabría decir si lo soñé pues a veces pienso que yo ya estoy muerta y no sé si los muertos pueden soñar) que cuando ellos regresaron de la playa me encontraron llorando y pudieron ver que en el ojo, ya sin parche, la aguadeja era más espesa; dicen que era el ojo del lado de mi corazón y no pudieron contenerme pues los arañé y me puse como loca; casi no les di tiempo a que la mentira que habían ensayado llegara a mis oídos.

Debían haber sido como las diez de la noche cuando llegaron y al instante en que el camión entró en el canchón donde vivíamos pude confirmar mis presentimientos. Llegando, llegando nomás les empecé a colmar de gruesos, obscenos insultos pues no quería que me creyeran tonta, sonsa. No creí ni un comino, ni un pelo de lo que me dijeron: que mi Pedro se había quedado un día más en la playa; que eso había sido porque le había gustado mucho la mar; lo único que quería era que me dejaran sola con mi corazón; él y este ojo ya me habían confirmado la hora exacta de su muerte; ellos, ojo y corazón, sabrán por qué tuvieron que esperar hasta la tarde; por qué dejaron que sólo mi comadre Gregoria, a eso de las diez de la mañana, en mi sueño me acompañara justo en el momento en que mi Pedro se entregaba a la mar; tratando de enfrentarse a esa brava mar del sur; tratando de abrir sus aguas con sus pequeñas manos; tratando de salvar a una muchacha de la capital a quien nunca antes había visto. La mar, lo comprendo, hambrienta de cuerpos jóvenes en la temprana mañana, se los había tragado a los dos.

Como digo, no creí ni creo en lo que me dijeron; sólo sé que mi Pedro y yo estuvimos juntos desde las diez de la mañana, desde mi sueño y luego toda la tarde, juntos; no les creo cuando dicen que me encontraron convertida en una mujer medio loca; porque ellos no saben que la mujer que encontraron fue sólo un fantasma ya que la otra, es decir yo misma, la madre, la que se traga el llanto y no quiere llorar por su hijo (pues sabe que eso hará que el hijo sufra mucho en esta y en la otra vida), esa es la mujer que ahora va con mi hijo, el finadito Pedro siguiendo las voces de los verdes fantasmas en la mar, de ese brava mar que se inicia en la playa que llaman «Boca del río» y que luego continúa en eso que también debe seguir llamándose la mar y que no tiene fin.

(Lancaster, Inglaterra, enero 1992)

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