HAY QUE APRENDER A PERDER (Primera Parte)

Por Juan Manuel Zevallos RodríguezPsiquiatra y Magister en Salud Mental del Niño Adolescente y Familia.

HOY CONOCÍ EN EL MUNDO GENTE MARAVILLOSA

En uno de los capítulos anteriores comentaba la importancia “de un cuerpo sano”. En esa oportunidad se habían valorado conceptos como ¿qué alimentos les estamos regalando a nuestros hijos? Muy bien, creo que ahora tenemos una visión más amplia de las implicancias de una mala alimentación en la formación de nuestros hijos. Pero la salud física no solo tiene como fortaleza la buena alimentación, está debe de complementarse con una práctica deportiva regular que fortalezca los huesos, los músculos, el cerebro y que permita el desarrollo integral de nuestros niños y adolescentes aunado a los conceptos de desarrollo emocional.

Si bien es cierto que nadie puede negar las bondades de una práctica física regular y de las implicancias en orden y disciplina que se desarrollan concomitantemente al del desarrollo corporal, hoy en día las exigencias de triunfo en las actividades deportivas de los niños, de las niñas y de los adolescentes va destruyendo el espíritu olímpico de “confraternizar”.

Los padres nos volvemos tiranos con nuestros hijos, les exigimos un sobreesfuerzo en la preparación previa a los eventos deportivos, desde las tribunas de los estadios estamos constantemente gritando ¿Qué te pasa? ¡Pon más esfuerzo! ¿Qué te enseñé ayer? Disgustados, destilamos ira y frustración por los errores que van cometiendo nuestros hijos ¡No podemos perdonarle ningún error! ¡Ellos deben ser perfectos! ¡Ellos deben hacernos quedar bien!

¿Ellos deben hacer quedar bien a un padre? Bueno es un concepto que se ha desarrollado en muchos hogares.  “Mi hijo práctica tal deporte, es el mejor, yo también era el mejor en mis tiempos”. Nos ufanamos de nuestro éxito real o de ficción del pasado. Queremos que nuestros hijos tengan ese éxito que alcanzamos o aquel que una vez soñamos y si no lo logran decimos.

“Eres un fracasado, me has hecho quedar mal, que van a decir ahora mis amistades, tengo un hijo inepto” y muchas palabras más que hieren la autoestima del niño. El niño quiere ser el mejor, quiere ser igual que su padre, pero muchas veces, la exigencia, el alto nivel de competitividad actual no le permiten alcanzar el primer lugar. Pero no entendemos ello, queremos que nuestros hijos ocupen siempre el primer lugar, como sea, aun a costa de su salud física, aun a costa de su salud mental.

Los padres deben promover en sus hijos la sana competencia.

Diferente es ver a un padre que ha compartido con su hijo su preparación previa a una competencia deportiva, lo ha alentado a ser el mejor, el niño está confiado y alegre, ingresa al estadio a competir con el mejor de los deseos, no alcanza el primer lugar porque un niño con mayor fortaleza física o mayores capacidades en esa práctica deportiva le ha ganado, quizá hasta varios le han ganado; él sabe que ha dado su mayor esfuerzo y que siempre habrá un nuevo día para competir. Él sabe que está ahí para competir, para festejar el triunfo y para aprender del fracaso y poner un mayor esfuerzo la próxima vez. Su padre lo espera a las afueras del estadio, ambos se abrazan, él le dice ¡Te felicito hijo por haber dado tu mejor esfuerzo, estoy orgulloso de ti!, el niño lo abraza, sabe que su padre lo ama, lo siente así; sabe que no ha ganado, pero que eso no es importante para el padre, habrá una nueva oportunidad, quizá ahí se gane, ahora hay que disfrutar el momento, esa compañía, esa realidad; ambos saben que la vida ha sido hecha para disfrutarla, su padre con infinito amor se lo ha enseñado. Sabe que en la carrera de la vida hay éxitos y fracasos. Ese niño sabe que lo importante no es ganar ni perder, sino competir y poner el mayor esfuerzo. Quizá mañana sea un atleta olímpico o quizá solo practique el deporte como un pasatiempo y será algo que con el paso del tiempo él decidirá. Ahora padre e hijo están felices. Se sienten a plenitud con lo que ha pasado y en casa las cosas no son distintas, primero se escucha lo ocurrido y luego se exclama ¡Hijo, te felicito, hiciste el mejor esfuerzo! ¡Si le pones más empeño quizá el año siguiente logres un mejor lugar! Ellos lo aman, lo aceptan, la familia busca lo mejor para ese niño, educa sus emociones, no lo presiona, no lo insulta, no menoscaba su estima personal. Esos padres trabajan no sólo el cuerpo físico de su hijo sino también su cuerpo emocional.

“Un padre narraba a sus amigos esta historia: Una «Lección para el corazón». Es mi hija de diez años, Sara, quien nació sin un músculo de uno de sus pies para lo cual usa un aparato todo el tiempo. Un hermoso día de primavera, llegó de la escuela y me dijo que había participado en las carreras de los eventos deportivos escolares. Debido al soporte de su pierna empecé a pensar rápidamente en algo que decirle para darle valor y animar a mi Sara, cosas que podría decir acerca de no dejar que esto la desanimara, pero antes de que yo pudiera decir algo ella dijo: «¡Papi, gané dos de las carreras!».

No podía creerlo, y después dijo: «Tuve ventaja». ¡Ah! lo sabía, pensé que debieron de haberla dejado correr a la cabeza primero que los demás. Pero una vez más antes de que pudiera decir una palabra ella dijo: «Papi, no me dejaron correr primero que los demás. Mi ventaja fue tener que tratar más fuerte que los demás».

Busquemos con la práctica deportiva desarrollar alegría en nuestros hijos. Que se sientan bien con lo que hacen. Que el estrés de la competencia no los bloquee sino más bien se sientan estimulados por la competencia. Que busquen dar más de sí porque les apasiona lo que hacen. No permitamos que practiquen deporte o que compitan por obligación, eso sería muy triste, los lastimaría y más adelante las cicatrices de dicho enfrentamiento entre padres e hijos los alejarían.

Es bien cierto que hay deportistas famosos que alcanzaron ese lugar en la historia del mundo porque tuvieron padres que les exigieron más allá de sus capacidades, que se enfrentaron a sus hijos e impusieron sus ideas aun con el disgusto de estos. Probablemente son records olímpicos en la práctica deportiva, pero volvamos a su página familiar ¿Cuánto rencor y odio hay entre padres e hijos que desarrollaron ese tipo de relación? El padre dice satisfecho ¡Logré mi cometido, aunque perdí a mi hijo! Yo vengo y digo, de qué sirve alcanzar el máximo logró de la historia si se ha perdido el concepto de amor familiar, de respeto y comprensión entre padres e hijos. De que sirven todas esas preseas de oro si en el interior de ese deportista hay soledad e insatisfacción por lo que hace día a día. El virus de la soledad patógena se asienta en la mente de aquellos que perdieron a su familia tempranamente, tanto desde el punto de vista físico como desde el emocional. En la mente de aquellos que perdieron la alegría de la niñez y la compañía afecta de sus padres. Sentirse solo rodeado de mucha gente que te alaba y te felicita es una gran derrota para el alma, desgasta la esperanza poca o mucha que pudiéramos tener y destruye los sueños futuros.

Enseñémosles a nuestros hijos a amar la práctica deportiva, a comprometerse con ella, a que pidan más, a que desarrollen su máxima potencialidad por amor a sí mismos, por amor a sus padres y al deporte. No les regalemos miseria emocional a futuro. Lo que se hace por amor dura toda la vida, lo que se hace por obligación dura solo un momento en el tiempo y nada más.

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