La política como emprendimiento

Por Miguel Rodríguez Sosa

El Montonero


En otro texto he señalado que uno de los rasgos distintivos de la sociedad peruana actual es la fragmentación, diferente de lo que podríamos llamar una estructura de clases sociales (si las hubiera), de una diferenciación étnica (o “racial” si se adopta la tesis falaz de la existencia de razas en la especie humana) en este país en donde -ya se ha dicho- “nos choleamos tanto” los unos a los otros, o de la existencia de minorías etno-culturales refractarias a la integración social (como sucede en la Europa actual con la inmigración foránea). Hasta es dudosa la diferenciación entre peruanos “criollos” y “andinos”, por señalar como ejemplo un tópico convenientemente explotado que carece de sustento en la Lima popular con segunda y tercera generación de nacidos como locales hijos de migrantes de otras regiones del territorio, que visten y calzan al igual que sus coetáneos en Juliaca, en Abancay, en Huamachuco o en Canchaque.

La fragmentación de la sociedad peruana no es clasista, étnica y ciertamente tiene hoy pocos visos de ser regional, aunque cabe reconocer que hay sentimientos de identidad y pertenencia anticentralistas y anti elitistas en algunas regiones, que distancian a los peruanos.

Tal vez por eso haya que plantear otra matriz interpretativa de la fragmentación de la sociedad de los peruanos, que radicaría en la carencia (o la pérdida) de una visión propiamente nacional, por el predominio en el imaginario social de particularidades y no de generalidades identitarias.

Esta situación se manifiesta en la desafección de una mayoría de los peruanos por la política entendida como acción propiamente ciudadana, como lo muestra el creciente ausentismo electoral. El Observatorio del Ceplan (Centro Nacional de Planeamiento Estratégico) ha destacado: “Aunque históricamente la participación ciudadana ha sido alta, superando el 80 % en elecciones anteriores, en 2021 se registró un notable descenso, alcanzando el 70 % en la primera vuelta y el 74,6 % en la segunda vuelta, constituyendo los niveles más bajos de participación en las últimas dos décadas. El ausentismo electoral en la primera vuelta llegó al 30 %”.

El ausentismo electoral es un síntoma del desinterés de la población respecto de los acontecimientos políticos, que sin embargo no obsta para que los peruanos participen en las contiendas electorales, más bien porque el voto es obligatorio y no emitirlo está penalizado, un ritual gregario en el que suelen votar “por el mal menor” sin mayor reflexión o, si se quiere, con malsana complicidad, por el candidato “que roba pero hace obra”, una expresión de cinismo pragmático bien aprovechado por agentes oportunistas de la escena política.

Es razonable afirmar que este comportamiento electoral es, por un lado, expresivo de la fragmentación opaca de la sociedad peruana y, por otro, que está estrechamente relacionado con la floreciente cultura del “emprendedurismo”. Es que, habrá que repetirlo, en el Perú se está tratando de convertir una necesidad en una virtud enarbolada como la cultura del emprendimiento popular.

Carecen de consistencia las alegaciones acerca de la virtud del emprendedurismo que más allá de una práctica laboral y económica es un modo de estar y de ser; expresión de una voluntad para edificar una posición social con base en el egocentrismo que quiere escalar socialmente en el marco del libre mercado y de la propiedad privada, lo que no obsta para que los emprendedores desarrollen también prácticas de agregación asociativa como suma de intereses volátiles.

Emprender es un acto de voluntad creadora y eso está muy bien. Lo malo es el emprendimiento íntimamente asociado a la informalidad vocacional, a la elusión, a la maña -la del ambulante que se apropia del espacio público y es renuente a la fiscalización de su oficio, la del colectivero informal, la del minero que explota sin responsabilidad concesiones de terceros, etc.-. Con estas características el emprendimiento es una variante del ultraliberalismo que pretende negar su identidad.

La expresión política (con abuso del significado de la palabra “política”) de la cultura del emprendimiento es la presencia proliferante de agrupaciones creadas por individuos que ingresan “a hacer política” como una forma de hacer negocio, es decir, que invierten dinero con pretensión de recuperarlo vía el ejercicio del poder en la escala de sus capacidades: local, regional, nacional, para acrecentar su patrimonio, beneficiarse con cabildeos y contratos en favor propio y de terceros y, en fin, de disfrutar de un estatus de poder que confunden con autoridad. En un extremo que alguna vez pueda haber parecido remoto pero que ahora es frecuente, el emprendimiento político se desliza a convertirse en una estrategia criminal. El número de gobernadores regionales y alcaldes investigados, procesados penalmente y en varios casos sentenciados por actos dolosos, es demostrativo y concluyente.

Pero sería ingenuo o encubridor realizar la apreciación del emprendimiento político con vocación rapaz y logrera solamente con atención a los agentes de la oferta, los “políticos”: partidos y candidatos. Es necesario hacer visible la otra cara de la moneda: la demanda emprendedora, esa que he mencionado como la del elector del “mal menor” y la del que refleja su propia imagen moral en el espejo del “roba pero hace obra”.

El escenario que rebosa de emprendedores egocentristas es también el más prolífico para los que venden y compran ilusiones en el mercado del populismo, donde la lógica de la oferta y la demanda es maniquea y oportunista, menos antagónica que proclive a los entendimientos y las mutuas indulgencias, a la componenda cutre; y de éstos hay los aventureros políticos con sus partidos de etiqueta y movimientos de ocasión -por decenas en el Perú de nuestros días- como los también aventureros dispuestos a optar por el nicho de oportunidad que les pueda brindar el agente de la oferta: el candidato, para bregar por la satisfacción de sus propias expectativas.

De esta realidad emerge el cinismo electoral como sustituto de la acción ciudadana y propiamente política. Los electores optan por votar a quienes son efigie tanto de sus propios anhelos como de sus frustraciones y resentimientos. Y eso para preservar la libertad de estar y de ser que es el aspecto medular del emprendedurismo. En tal panorama las reglas de juego existen y rigen sólo si pueden ser flexibilizadas, omitidas o violentadas, y siempre habrá una razón justificatoria derivada de “la voluntad popular”.

Una parte de la academia designa esa realidad como el campo del populismo y disputa si éste es “de izquierda” o “de derecha” y hasta sobre si es “liberal” o ”conservador”. Debate vano. El populismo no es lo uno o lo otro –ni todo lo contrario, diría Mario Moreno “Cantinflas”– sino una cultura política entroncada con del emprendimiento en busca permanente de fórmulas plebiscitarias –populares, pues– que permitan reducir o restringir el marco institucional de la vida nacional, por el que tiene poco o ningún respeto, o prescindir de él para satisfacer las apetencias del emprendedor aprovechando la fragmentación social, y para eso los escrúpulos morales, la visión de país y la racionalidad estratégica están sobrando. Lo veremos, otra vez, el año 2026 o tal vez antes.

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