He ganado mucho como periodista

Por Carlos Meneses Cornejo
Mi padre me dijo me moriría de hambre.
ESPECIALES DE AREQUIPA: LOS AREQUIPEÑOS QUE YO CONOCÍ
El primer comentario antes de que mi padre me quitara el habla, por tres meses, al enterarse que yo no iba a mis clases de Derecho en la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA) -a la que había ingresado al terminar mis estudios secundarios cursados en los colegios de San Francisco y San José- fue que yo terminaría muriéndome de hambre.

Mi padre y mi madre eran descendientes de quien fue el primer decano del Colegio de Abogados de Arequipa (CAA) y mi padre no dejó de ser nunca un empleado vinculado a la banca, primero en Chile y después en Europa. Mis progenitores querían que fuera igual que mi abuelo que nació en Tiabaya y recibió una herencia de una casa de cal y canto, 5 vacas y 8 hermanos a los que debería proteger luego de estudiar Derecho en la Universidad Nacional de San Agustín.
Mi abuelo escribió algo en periódico, pero su mayor éxito fue ser un buen abogado y con ese título profesional se convirtió en un hombre rico, pues llegó a tener hasta una nave con la que comerciaba guano de islas.
Debo confesar que muchas veces me he preguntado por qué preferí ser periodista. Empecé en El Pueblo escribiendo una columna sobre los entretenimientos de la época que eran el cine y la radio, con el carné del diario solo lograba entrar gratis a los locales de cine que tenía Arequipa en mi tiempo y también dialogaba con artistas y locutores.

Felizmente nunca he pasado hambre, por el contrario pude pagar una deuda que mi padre contrajo con la Junta de Rehabilitación y Desarrollo de Arequipa (JRDA) y que no pudo cancelar, pues estando de pensionista él sí tuvo problemas para vivir cómodamente y yo asumí el compromiso de pagar lo que debía sin que se enterara mi madre gracias a un crédito que avaló Fernando Chávez Belaúnde, presidente de la JRDA, para abonar mensualmente 50 soles cuyo monto se fue aumentando en la medida en que tuve mejores remuneraciones.
Trabajé con Samuel Lozada Tamayo cuando La Prensa de Lima, en época de Beltrán, se llevó a periodistas arequipeños como Enrique Chirinos, Luis Rey de Castro y de El Comercio a Arturo Zimmerman Zavala que era corresponsal de ellos en Arequipa, para trabajar en Lima.
Lozada no quiso irse a Lima y yo seguí su ejemplo, pues también Beltrán fijó sus ojos en mí. Así que fui alternando mi quehacer periodístico con las relaciones públicas del exalcalde Ulrich Neisser y cuando llegó la televisión, fui director del diario Correo y en defensa de la libertad conculcada por Manuel A. Odría tuve problema y medio con los militares. Hasta que la prensa fue totalmente privatizada y yo renuncié a Correo.
Dos años después de vender productos de lana de alpaca con el Grupo Incalpaca dejé ese trabajo para volver al periodismo en la televisión arequipeña por la generosidad de Enrique Mendoza Núñez y de Percy Tapia Vargas, ambos ingenieros que pusieron un canal regional luego del primer gobierno de Alan García Pérez.

Allí tuve un programa de entrevistas con candidatos presidenciales para el proceso electoral de 1990, a pesar que solicité más de cinco veces entrevistar a Mario Vargas Llosa, él no quiso declararme. Nunca supe, incluso ahora, por qué Mario, que no me conocía personalmente a pesar de que habíamos nacido el mismo día y año, en 1936, se negaba a conversar conmigo. Nunca lo habíamos hecho hasta que él gana el Premio Nobel de Literatura y por gestión mediadora del exalcalde de Arequipa y después presidente regional, Juan Manuel Guillén Benavides, quien me ofreció que traería a Vargas Llosa a mi casa, cosa que efectivamente ocurrió cuando llegó a Arequipa para ser declarado hijo predilecto de la ciudad y recibir la medalla de oro de la tierra en que ambos nacimos.
Yo no he dejado nunca el periodismo y he dirigido el diario Arequipa al Día durante 15 años y después me fui al diario El Pueblo donde trabajo hace veinte años como director; nunca he viajado al extranjero con dinero del Estado o de nadie, excepto cuando procurando tener un hijo o más de uno fui a Colombia con mi esposa y mis amigos Mendoza me obsequiaron los pasajes de ida y vuelta a cambio de publicidad.
Yo enterré a mis padres y me puse feliz cuando el RENIEC reveló que Arequipa tenía un millón de habitantes, muchos de los cuales me leían y yo que simpatizaba con el cantante de moda, el brasileño Roberto Carlos, me declaré orgulloso de tener aquí un millón de amigos.
Había hecho un acuerdo con mi esposa Imelda Málaga, quien no optó por adoptar un bebé, pero como queríamos tenerlo le propuse que consideráramos a todos los niños arequipeños como nuestros hijos y a todos sus padres como nuestros hermanos y así pasamos felices de vivir en Arequipa, rechazando invitaciones para no alejarnos de nuestra tierra excepto por el cáncer que acabó con su vida y que fue tratada en Lima.
Me siento muy orgulloso de ser totalmente arequipeño y declaro formalmente que para mí ser arequipeño no es solo nacer sino vivir siempre en la casa en que nací y en la tierra que en algún momento albergará mis huesos.
Con eso contrarío los augurios negativos que mi padre me dijo, he creído en las bondades de Arequipa siempre en la defensa de las libertades y no me he cansado de ponderar las virtudes de mi pueblo.

Cerca del fin de mi vida lamento no poder caminar como antes por las calles de mi tierra, de haber perdido la casita de Tiabaya donde vivió el abuelo y orgulloso de tener la placa que el municipio puso en la casa de Melgar (que antes se llamó Santa Teresa) teniendo un oratorio donde está la Virgen patrona de mi barrio, la Virgen del Carmen y desde hace un año una imagen del Cristo de la Caridad que todos los lunes santos pasa por la puerta de mi hogar.