No podría escribir sobre mi vida.

Dani Salvatierra nació en Lima, es autor de cuatro novelas y un libro de cuentos. La última novela se llama “Criaturas Virales” (Random House), es una novela distópica. Salvatierra además es editor en sellos editoriales universitarios en Lima. También trabaja como DJ.

¿Consideras que tu novela es ficción o no ficción?

Es ficción, siempre he escrito ficción salvo un libro conjunto que hice con varios autores limeños. Periodistas más que nada, yo era uno de los pocos escritores de ficción. Era un libro sobre crónica criminal, se llamó “Crímenes en Lima”. Ahí participó desde Gabriela Wiener hasta Cami Paredes. Yo escribí sobre un crimen de La Molina. La Molina es un distrito de Lima donde hace unos diez años más o menos se descubrió que había una pareja de adolescentes que estaban en cuarto de secundaria. Que asesinaron a la mamá de la chica y empezaron a usar las tarjetas de crédito y a vivir en la casa con el cadáver ahí. Claro, es un crimen sórdido. En ese libro se escribió sobre muchos crímenes famosos de los últimos años.

Fue mi única intervención en la no ficción, en la crónica policial.

Mi última novela es sobre un futuro distópico, sobre un apagón tecnológico. Que es un tema bastante actual: la tecnología nos está absorbiendo cada día más.

Por naturaleza siempre soy ansioso, padezco de ansiedad crónica. Siempre me pregunto qué pasaría si se van un día las redes, se va internet. Y sin internet, sin redes no podemos hacer nada. Se caen los aviones, no podemos hacer ninguna transacción, el mundo se paraliza.

Esta novela es una respuesta a esa interrogante. Y también aprovecho para ubicar la ficción en un futuro que dejo un poco a la especulación. Podría ser de 30 o 40 años.

Especulo que en esa época hay una tendencia muy pronunciada al progresismo. Propongo que la religión imperante es el islamismo, que la moneda más poderosa a nivel mundial ya no es el dólar sino los yuanes chinos.

Aparte de la cuestión del apagón tecnológico, tenemos una Lima con un gobierno ultraprogresista, socialista, woke. Donde se expropian los espacios públicos, San Isidro se expropia y empiezan a surgir barriadas en el Malecón, en la Costa Verde, etc. Hay también una cuestión tecnológica donde se propone una evolución del celular. El celular ya no es físico, sino que lo tenemos implantado en la cabeza como un chip. Hay también una división de clases sociales. Porque para acceder al chip y para acceder a una vida “normal” se paga dinero. Y, obviamente, las personas con menos posibilidades económicas, que son la mayoría gracias a la crisis mundial en esa época, no tienen el chip. Le pongo el nombre de dispositivo genérico. Existe una constante lucha, ya que está en Lima se ha retirado la policía no hay cómo defenderse.

Siempre hay la amenaza constante de que alguien te ataque, te mate en la calle y te saquen el chip para venderlo en el mercado negro. Es una visión bastante negra y casi una pesadilla. Muy influida por la ciencia ficción, por series de televisión como Black Mirror, que especulan sobre los peligros de la tecnología, que si bien ahora vemos como una herramienta, como el chat GPT o la IA, también es un peligro porque nos quita a la humanidad.

¿Qué te motiva a mezclar tu vida personal con la ficción?

No escribo autoficción simplemente porque siento que mi vida es muy aburrida, no podría escribir sobre mi vida jamás.

Por eso tiendo a inventarme también situaciones a partir de personas y familias que he conocido y con esos referentes voy construyendo una ficción. En este caso en el libro se narran historias y la novela está estructurada como si cada capítulo fuera un cuento independiente. Es una novela que tiene lugar en un edificio en Miraflores y cada capítulo corresponde a la vida de una familia en cada departamento de ese mismo edificio. ¿Cómo se enfrentan a toda esta pesadilla urbana que tienen afuera?

La novela también estuvo inspirada por la pandemia, la escribí durante la cuarentena. Cuando recién surgió el COVID no sabíamos muy bien a qué nos enfrentábamos, no sabíamos cómo se contagiaba. Mirando hacia atrás nosotros tuvimos una manera de protegernos del virus que ahora parece exagerada. Había gente que se vestía de pies a cabeza con un traje tipo espacial para ir al supermercado, ponían la alfombrilla en la puerta de la casa con alcohol.

Justo en esa época me dije, ¿qué pasaría si hay un apagón mundial, un apagón tecnológico? ¿Cómo nos enfrentaríamos a eso?

¿Cómo logras mantener equilibrio entre la veracidad de los hechos y el estilo narrativo propio de la literatura?

A la hora de escribir uno tiene que dirigirse a su lector. Existe una cuestión en la literatura que se llama la “suspensión de credibilidad”: así estés contando a tu lector sobre una colonia en Marte, sobre un mundo de fantasía que no existe. Tiene que haber una suspensión de credibilidad por parte del lector. Tienes que olvidar que todo es mentira. Porque la ficción es una mentira, una especulación.

Entonces el lector tiene que creerte desde el primer párrafo, tiene que tomar como verdadero, auténtico, lo que le estás contando. Por eso el lector tiene curiosidad e interés por seguir la historia que le propones. Caso contrario, si el lector dice, ah, esto no me lo creo, ¿qué va a pasar? Deja de leer.

Eso es el miedo constante de un escritor, que el lector no se lo tome en serio. A veces uno lee críticas en redes sociales, de gente que comenta un libro en Goodreads, y dicen, no, esta novela no me gustó porque realmente no me la creí.

Hay que hacer que tu lector realmente crea tu historia y tratar de proponérsela de manera más auténtica y claramente posible.

¿Qué tan libre puede ser un escritor al recrear hechos históricos sin traicionar la verdad, la realidad?

¿La libertad?, en realidad tú te apropias de la libertad. El mundo es tu lienzo. La creación puede abarcar un terreno infinito.

Hay ficciones especulativas que han tenido mucho éxito. Hace unos 10 años o 15 años hubo una película de Hollywood en que se reescribía la historia sobre Abraham Lincoln, el presidente norteamericano, y lo ponían como un caza vampiros o un hombre lobo o algo así. También hubo una película de Pablo Larraín, chilena, que salió en Netflix, donde proponían que Augusto Pinochet, el dictador chileno, era un vampiro. Una película hermosísima, una fotografía bastante notable, filmada en blanco y negro.

Aquí podríamos hacer lo mismo con Fujimori, con Vizcarra, proponer que han sido hombres lobos, que han sido vampiros, etc.

Entonces, la vas a inventar, que sea lo más auténtica posible en tus postulados, que la historia suene creíble, que el lector se lo crea.

¿Cómo dialoga tu ficción con la historia? ¿Una reinterpretación, una denuncia o una forma de memoria?

Las tres cosas. Tengo la historia de un terrorista de Sendero Luminoso que había escapado de la justicia cuando capturaron a Abimael Guzmán, viajó a Europa a cambiarse de rostro, regresó a Lima a vivir de incógnito en una casa pequeñita en La Molina. Y él que había abusado de niños, trata de seducir a uno de la cuadra para asesinarlo, porque era un asesino de niños. Entonces es una historia con contenido bastante fuerte.

También fue denuncia de los crímenes que cometieron los militantes y las guerrillas durante el conflicto armado interno, por ejemplo, con el colectivo LGTB, esas matanzas que hubo en la selva a unos homosexuales. Creo que murieron unas treinta personas sacrificadas solo por un crimen de odio, por su orientación sexual.

Porque ahí se ejerce terrorismo tanto de la izquierda como de la derecha. A la hora de reprimir, por los dos lados hay exageración. Y toda exageración es mala, venga de cualquier bando.

En este caso también hay una denuncia acerca de los peligros de las orientaciones políticas, de la represión para la sociedad, para el ser humano.

Pero trato de que el discurso político no sea muy pronunciado. Puede suceder que el contenido de la ficción sea panfletario. Y hay escritores que han cometido ese error.

Por ejemplo, escritores de una posición muy de izquierda o muy de derecha, el caso de escritores que también han tenido cargos militares, etc. Es una visión que pone a los militares como si fueran dioses que bajan del cielo a salvar todo. Versus posiciones del otro bando, que la lucha popular era necesaria porque el Estado y el Ejército ejercían una opresión bastante radical contra el pueblo, etc.

Entonces mi mayor reto como escritor es escapar a lo panfletario, a lo radicalizado, y tratar de sencillamente hacer un comentario.

Ahora que estamos en la cultura de la cancelación, de las fundas literarias, tampoco me puedo ir a un extremo, y siempre existe ese peligro. Que te quieran cancelar porque hablaste mal de alguien, de algún colectivo, de algún personaje histórico, etc. Como hace poco a Jaime Bayly le pasó, que escribió una especulación en su novela “Los Genios”, sobre el famoso episodio chismoso literario, que Vargas Llosa le pegó un puñetazo a García Márquez.

A raíz de ese libro las editoriales multinacionales anularon a Bayly, porque fue como decirle, “oye, ¿cómo te metes con los dos nobeles más importantes que tiene Latinoamérica?”

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