EL CONTROL DE LAS EMOCIONES Y DE LOS PENSAMIENTOS DESTRUYEN LA ESENCIA DEL SER HUMANO

Por Dr. Juan Manuel Zevallos.

“Un día un anciano, alegre al haber descubierto la magia de la vida en sus postreros años de existencia grito en medio de la plaza: Un día siendo joven alguien me pregunto ¿cómo puedo amar a Dios tal como dicen las escrituras? y ¿cómo puedo darle todo de mi corazón?.

Durante muchos años dichas interrogantes vagaron por el páramo de mi mente hasta que ayer di con una sola respuesta para ambas: Ahora sé que primero debo de vaciar mi corazón de todas las cosas creadas”.

Mendigo de amor se hallaba cerca de dicho anciano cuando propuso aquel atrevimiento. Fue una tarde de invierno cuando el viento empujaba las ramas de los árboles y cuando la garúa serena y vespertina aliviaba el calor de trabajo realizado. Quizá la mayoría de seres extraviados del mundo oyeron y a la vez no oyeron dicha propuesta o sencillamente la dejaron olvidada en los callejones oscuros de “lo no importante” en algún micro nicho de la mente. Todos dejaron de evocar ese episodio y paso a no ser un momento de no existencia en la mente de casi todos. Solo mendigo de amor se vio contaminado por aquella fulgurante luz que amenazaba con destruir la confianza de la gente de la sociedad del olvido.

“La insistencia de la sociedad, de nuestros padres, de nuestros jefes y de todos aquellos que detentan alguna forma de poder impositivo lastima la mente, limita nuestras emociones y nos hace claudicar en la expresividad natural que tenemos. Somos seres de bien atados a la tiranía de la forma de pensar de unos pocos. Cohibimos nuestra alegría y jolgorio en pro de un supuesto respeto a unas normas intrascendentes y conflictivas que destruyen las bondades del yo. Si tenemos amos y no lo expresamos ¿en qué se vuelve el amor?, ¿si tenemos entusiasmo para realizar alguna labor y no la llevamos a cabo por que la norma dice que hay que hacerlo con seriedad hacia donde se va tanto entusiasmo? Pues a un solo lugar puede ir la calidez del corazón expresada en amor y entusiasmo reprimidos, hacia la marginación del ser, hacia la incongruencia del vivir y hacia la negación de la verdad”.

En verdad mendigo de amor sabía filosofar y entender el propósito de la vida de un modo sin igual, claro y diáfano como la luz y a la vez confuso con un laberinto.

La verdad no puede ser propiedad de nadie y el expresar en base a autoritarismo un concepto y el mismo acto de imponer una forma de pensar genera una mentira existencial, una falacia de desarrollo social que envenena el desarrollo emocional de las personas. Mendigo sabía que no podía fiarse de las ordenes y de las imposiciones, sabía a plenitud que solo debía hacerle caso a su intuición, a la voz cálida de las personas y al conocimiento alcanzado en base al pensar y al sentir, pero aún se veía preso por un cascarón llamado critica del mundo, por aquellas costumbres que vivían en casa y que repetían como eco eterno en su mente “eres un fracaso, nunca serás nadie, no debiste venir al mundo”.

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Pero el tiempo siempre ha sido generoso con aquel que desea el bien para los demás, aunque ese bien le cause una falencia.

Aquella misma tarde de invierno, las ideas de cambio empezaron a germinar en la mente de mendigo. Sabía que no podía controlar el destino del mundo, pero podía intentarlo; sabía que, si descuida, aunque sea un poco, toda su vida sería distinta a lo que alguna vez pensó que sería y por consiguiente perdería el control que tanto anhelaba.

Ya había pasado por esa situación antes y el destino lo sumergía siempre en aguas turbulentas y en lugares solitarios y áridos alejados de cualquier oasis esperanzador. No podía equivocarse por una sola razón: ya se había equivocado antes y había aprendido la lección.

Los minutos transcurrían en las horas niveladas de un reloj. El ocaso se acercaba y ya algunos destellos luminosos en el cielo hacían presagiar la presencia de nuevas constelaciones al despertar. Todo era bullicio, gritos por aquí y por allá, actos de violencia que no tenían razón de ser invadían las calles de la sociedad del olvido y nadie se daba cuenta de que aquellos actos llenos de nepotismo, injusticia e irracionalidad solo podían hacer: destruir el interior del ser humano. Pero nadie se daba cuenta de ello, el bullicio continuaba y las quejas de los lastimados irradiaban la alfombra roja de la humanidad. El espectáculo era deprimente, pero a la vez era una creación humana. El mundo palpita en egoísmo e intranquilidad y mendigo era ajeno a todo ese caos en aquellos mágicos minutos de su vida. Había tomado una decisión que sería trascendente en su vida, aunque tardaría muchos años en llevarla a la práctica, él había decidido simplemente algún día ser un hombre cálido y afectuoso.

Todo en el microcosmos de nuestra esencia tiene una razón, una explicación que muchas dejamos de lado por vivir apurados y confundidos, pero en el fondo, nuestra alma consiente sabe “él porque estamos aquí y por qué nos pasan todas estas cosas”. La vida de mendigo de amor pudo haber cambiado trescientos sesenta grados aquella tarde gélida de invierno, pero no cambio, tenía todo el propósito de ser algo distinto, pero siguió siendo el mismo ser lleno de melancolía que mendigaba los besos de alguien, aquel insignificante amante que no significaba nada para nadie. Se equivocó una vez más en su vida: se dijo así mismo “algún día” y por eso siguió rodando como una noria, por eso continuo su penitencia de eterna muriendo día a día de amor y volviendo a nacer al día siguiente para volver a morir por la misma causa.

Los cambios no se darán algún día en nuestras vidas, los cambios, si queremos que se den deben de ser actuados en el momento, no vale decir “mañana lo haré”, debemos de convencernos a nosotros mismos y decir “voy a hacer esto por qué es para mi bien”.

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