Desidia en EsSalud
Por: Carlos Meneses
Urge que la Fiscalía de Prevención del Delito y la Sunafil actúen sin demora. La fiscalización no debe limitarse a los pacientes, sino también al personal que garantiza la continuidad del servicio. Defender la salud pública empieza por proteger a quienes la hacen posible. EsSalud necesita una reforma profunda, pero sobre todo, necesita recuperar el sentido humano y ético que hoy parece haber perdido entre expedientes y excusas.
La crisis que atraviesa EsSalud no solo se mide por la escasez de medicamentos o la suspensión de cirugías. También se revela en los gestos más cotidianos, allí donde el personal médico y asistencial —pilar del sistema de salud— enfrenta condiciones que vulneran su dignidad. Lo que hoy ocurre en el hospital Yanahuara de Arequipa es una muestra preocupante de hasta qué punto la ineficiencia administrativa puede degradar la labor de quienes, paradójicamente, sostienen la atención de miles de asegurados.
Desde hace más de un mes, los trabajadores del hospital carecen de un comedor adecuado y deben alimentarse en espacios improvisados, sin higiene ni privacidad. La obra de remodelación del ambiente institucional se inició sin prever una alternativa temporal, y la administración ha permitido que médicos, enfermeras e internos coman en pasillos o escaleras, llevando sus propios envases y botellas. No se trata solo de una incomodidad: se trata de un riesgo sanitario, de una práctica inaceptable en un entorno hospitalario.
A este cuadro se suma la suspensión del refrigerio nocturno para quienes cumplen guardias de más de doce horas. Los responsables de velar por la salud de otros son ahora privados de una necesidad básica, bajo el argumento de falta de insumos y demoras en las compras. El problema no es presupuestal: es moral y de gestión. Ninguna institución puede exigir excelencia a su personal mientras les niega condiciones elementales de trabajo.
Lo ocurrido en Yanahuara es, además, un reflejo de una crisis estructural en EsSalud, donde la falta de planificación y la burocracia pesan más que el bienestar de sus trabajadores y pacientes. La gerencia regional puede afirmar que todo está bajo control, pero la realidad desmiente esa versión. Cuando los médicos deben financiar insumos de su propio bolsillo, cuando los pacientes esperan semanas por una cirugía y cuando el personal come en condiciones indignas, es evidente que el sistema está enfermo.
