25 AÑOS DE LA INSCRIPCIÓN DEL CENTRO HISTÓRICO DE AREQUIPA COMO PATRIMONIO MUNDIAL DE LA UNESCO

A propósito de haberse cumplido 25 años de inscripción del Centro Histórico de Arequipa en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, reproducimos el discurso a cargo de nuestro poeta arequipeño Alonso Ruiz Rosas.  

Hace justo veinticinco años, cuando era alcalde el ex rector de la Universidad Nacional de San Agustín, Juan Manuel Guillén Benavides, un puñado de arequipeños identificados con el patrimonio histórico y arquitectónico de nuestra tierra, con honda satisfacción vimos coronar la responsabilidad que habíamos  asumido a inicios de 1999, desde que se organizó en la comuna una institución llamada Superintendencia Municipal del Centro Histórico y la Zona Monumental de Arequipa, con el firme propósito de lograr la inscripción de nuestro Centro Histórico en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

Largas jornadas de trabajo, con el entusiasmo y el desprendimiento de quienes se saben partícipes de una noble causa en beneficio de su ciudad, un par de viajes a la sede de la Unesco, y un cuidadoso manejo de los tiempos, nos permitieron arribar a buen puerto y hacer que el Comité del Patrimonio Mundial aprobara entonces la tan deseada inscripción. Recuerdo que luego de ser nombrado director de Cultura de la Municipalidad en el por entonces flamante gobierno edil, propuse la creación de la Superintendencia, y tuve el privilegio de convocar a sus integrantes -destacados arquitectos en su mayor parte, aunque había también en sus filas un valioso historiador y un conocido restaurador-, y de trazar con ellos una estrategia para alcanzar nuestro cometido.

La labor era tan amplia, compleja y prioritaria, que me absorbió por completo. En honor a la verdad, debo decir que la posibilidad de inscribir a nuestro Centro Histórico en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco y llevar a cabo su recuperación y promoción fue el argumento central en mis conversaciones con el rector Guillén Benavides, a fin de persuadirlo para que aceptara la propuesta de ser candidato a la alcaldía de Arequipa, postulación que, dada su trayectoria, sabíamos que iba a gozar de un amplio respaldo ciudadano. Recuerdo también que, cuando se elaboraba la lista de regidores para las elecciones de octubre de 1998, me pidió que ocupara en ella un lugar expectante. Decliné, desde luego, arguyendo que podría ser más útil en el campo ejecutivo, y acepté solo de manera simbólica ocupar el nada codiciado último lugar, pero le sugerí que incluyera a Carmelo Peralta Quispe, notable maestro cantero que ha restaurado numerosas bóvedas, y que, como regidor, mucho contribuyó con nuestro propósito en los años siguientes.

No olvido tampoco la cena que, pocas semanas después de las elecciones, tuvimos en París con funcionarios de la representación peruana ante la Unesco, quienes le explicaron a nuestro recién elegido alcalde los procedimientos necesarios para la deseada inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial. Ni, por supuesto, la primera medida que realizó su gestión, a manera de señal de lo que pretendíamos: emprender, con fondos escasos y tenaz entusiasmo, las obras de alcantarillado, re adoquinado y cableado subterráneo en el Centro Histórico que, por cierto, veinticinco años después, todavía no concluyen y han soportado algunos estropicios -como poner en algunas calles adoquines de cemento sin enterrar los cable-, que deberán, desde luego, subsanarse.

Los recuerdos se agolpan, cargados de nostalgia, cuando toca hacer la emocionada evocación de los amigos que participaron en la primera hora de nuestra Superintendencia y que ya no están con nosotros: Gonzalo Olivares Rey de Castro, Guillermo Galdos Rodríguez, Pedro López de Romaña, Carlos Maldonado Valz, Juan Guillermo Carpio Muñoz. Junto a ellos, figuraron también entre los primeros superintendentes -y se hallan en esta ceremonia- Álvaro Pastor, Fernando Málaga, Franz Grupp Castelo, Jesús Carpio y, por supuesto, Luis Maldonado Valz, quien estuvo al frente de la Oficina Técnica del Centro Histórico, creada entonces gracias al apoyo decisivo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, representada aquí por Juan de la Serna. Esa oficina, bajo la autoridad de la Superintendencia, llevó a cabo una eficaz labor para la elaboración del expediente final presentado al Comité del Patrimonio Mundial de la Unesco; intervino en la recuperación de la catedral después del sismo de 2001, en la restauración de los tambos y en muchas otras iniciativas afortunadas.  A ellos, al alcalde Guillén Benavides, a sus regidores, y al equipo de jóvenes arquitectos y funcionarios que nos acompañaron en esos días febriles, el recuerdo conmovido de este servidor algo cascarrabias y, sin duda, la merecida gratitud de la ciudad que conmemora hoy el histórico logro.

Pero más allá de la comprensible nostalgia, la ocasión es propicia para que saquemos algunas conclusiones de lo que se hizo entonces y de los desafíos que nos toca encarar ahora y en el futuro próximo. Después de todo, la letra de nuestro himno, esa contagiante melodía que los arequipeños entonamos con unción, dice que no perdamos nuestra cálida fe porque siempre tendremos juventudes “que renueven laureles de ayer”, pero no dice que nos durmamos en nuestros laureles. Pasamos, pues, a hacer algunas constataciones y examinar algunos puntos centrales en relación con lo que se hizo y lo que se necesita impulsar ahora en nuestro mayor patrimonio arquitectónico, esa espléndida joya mestiza surgida, como dice el poeta César Atahualpa Rodríguez, “de la plutónica / marea blanca del sillar”.

Lograr inscribir al Centro Histórico de Arequipa en la Lista del Patrimonio Mundial fue, sin duda, un hecho fundamental en favor de su preservación, porque se trata de un acto vinculante, que responde a una convención internacional y obliga a los Estados parte y, por ende, a las autoridades nacionales y locales, a velar debidamente por su bien. Ese propósito pudo alcanzarse -en el cortísimo plazo de apenas dos años y con un presupuesto muy reducido- porque contamos con algunos elementos que nos lo permitieron, además de las reconocidas peculiaridades de su propio valor patrimonial.  

Conviene recordar aquí cuáles fueron esos elementos. En primer lugar, la llamada “voluntad política” de la primera autoridad de la ciudad y su corporación edil, que supieron calibrar el valor de la propuesta y confiar en el equipo calificado que congregamos. En segundo lugar, el profesionalismo y la pluralidad integradora de ese equipo, y, por último, a la ya mencionada falta de los recursos necesarios, el uso racional y muy cuidadoso de las reducidas arcas públicas, además, claro está, de la mística y el desprendimiento de quienes nos embarcamos en la aventura. Si, un cuarto de siglo más tarde, vemos lo hecho en esos años y lo que vino a continuación, podemos concluir que, más allá de valiosos logros puntuales, como la peatonalización de algunas calles o la restauración de varias casonas, es mucho lo que hay todavía por hacer y mucho lo que se ha venido agravando y deteriorando.

Cuando visitan Arequipa viajeros de otras ciudades del país o de otras latitudes, nos halagan celebrando la belleza del Centro Histórico y de lo poco que todavía queda de su bucólica campiña. Es cierto: hay aquí mucha belleza diáfana u oculta, y tenemos valiosos espacios recuperados, pero, como suele decirse, no vamos ahora a leernos la suerte entre gitanos. El Centro Histórico de Arequipa no son solo algunas casonas o monumentos  con un punto azul en la fachada, sino un conjunto arquitectónico monumental, y quienes transitamos por  el puente Grau, tan urgido de ser declarado en emergencia; o caminamos por Villalba, Bolívar, Cruz Verde, Peral y otros puntos neurálgicos de ese conjunto y de su entorno protector; u observamos las construcciones precarias en los aires de las casonas, o advertimos la espantosa contaminación visual de la contigua avenida Ejército y tantas otras aberraciones ópticas, auditivas y sonoras, para no referirnos al deplorable transporte público que maltrata a los usuarios y a los trabajadores del sector, poniendo en riesgo su propia salud, sabemos que algo no está marchando como debe en este reconocido patrimonio y que necesitamos con suma urgencia hacer diagnósticos certeros y plantear soluciones ambiciosas y prácticas, de modo que podamos seguir engrandeciendo a nuestra muy querida ciudad.  

Es evidente que un alcalde y su equipo, por mejores ánimos que tengan, no pueden acometer solos y en el breve tiempo de una gestión edil tan grandes desafíos. Ahora que conmemoramos un cuarto de siglo de la inscripción de nuestro Centro Histórico en la Lista del Patrimonio Mundial y cuando estamos a solo quince años de celebrar el quinto centenario de la fundación española de nuestra ciudad, agradezco profundamente a la Municipalidad de Arequipa y, en particular, a su Gerencia del Centro Histórico,  por haberme honrado invitándome a decir estas palabras, que quieren, además de su talante evocador, contener  una propuesta a nuestras autoridades, surgida solo de la profunda identificación con su tierra de un arequipeño que nació en el centro histórico, ha pasado allí buena parte de su vida y espera, de ser posible, cerrar los ojos entre sus viejos muros.

Propongo, pues, que la Municipalidad de Arequipa cree un grupo de trabajo con las personalidades más idóneas y los representantes más calificados de las instituciones concernidas, para que elabore una propuesta consensuada de rehabilitación integral y puesta en valor de nuestro Centro Histórico, y, en lo que corresponda, de acondicionamiento y desarrollo de la ciudad, en la perspectiva del próximo V Centenario. Esa propuesta, incluyendo un diagnóstico previo, deberá ser formulada en el plazo máximo de un año y convertirse en la herramienta que oriente la acción de nuestras autoridades hasta el año 2040, comprometiendo a todas las fuerzas políticas e instituciones representativas de Arequipa a mantener una voluntad común con sus grandes objetivos.

Propongo, pues, que la Municipalidad de Arequipa cree un grupo de trabajo con las personalidades más idóneas y los representantes más calificados de las instituciones concernidas, para que elabore una propuesta consensuada de rehabilitación integral y puesta en valor de nuestro Centro Histórico, y, en lo que corresponda, de acondicionamiento y desarrollo de la ciudad, en la perspectiva del próximo V Centenario.

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