¿El cartero llama dos veces?

En los últimos días, el mercado del oro registró una corrección significativa de corto plazo tras varios meses de valorización sostenida. El movimiento respondió a una combinación de factores financieros globales: toma de utilidades por parte de inversionistas, fortalecimiento temporal del dólar y ajustes en las expectativas sobre la trayectoria de las tasas de interés en Estados Unidos. Aunque el precio se recuperó parcialmente y los mercados de commodities han mostrado mayor estabilidad desde entonces, el episodio dejó una señal que economías como la peruana no deberían ignorar.
El oro, junto con el cobre, constituye uno de los principales anclajes externos de la economía peruana. En economías intensivas en recursos naturales, los términos de intercambio actúan como un determinante clave del ciclo macroeconómico, afectando crecimiento, cuentas fiscales, tipo de cambio y condiciones financieras. En este contexto, incluso movimientos transitorios en los precios pueden tener efectos visibles sobre los mercados locales.
Durante el episodio reciente, la reacción fue inmediata en el frente cambiario. La menor valorización de los metales redujo las expectativas de ingreso de divisas del sector minero y elevó la demanda preventiva de dólares, generando presiones depreciatorias sobre el sol. Este mecanismo es consistente con la evidencia empírica para economías exportadoras de commodities, donde el tipo de cambio muestra una alta sensibilidad a los precios internacionales de los recursos naturales. Aunque la intervención cambiaria y el posterior rebote del oro moderaron el impacto, el mensaje es claro: la estabilidad cambiaria peruana sigue dependiendo, en buena medida, del ciclo externo.
El problema no es la volatilidad de corto plazo, sino el riesgo de una corrección estructural del ciclo de los commodities. El crecimiento reciente del Perú ha estado fuertemente apoyado en precios elevados de los minerales, lo que ha compensado debilidades internas como la caída de la inversión privada, el deterioro institucional y el estancamiento de la productividad. Cuando el crecimiento depende de un “viento de cola” externo, la economía se vuelve particularmente vulnerable a un cambio de ciclo.
Las implicancias fiscales son especialmente relevantes. Los ingresos tributarios vinculados a la minería —impuesto a la renta, regalías y gravámenes— son altamente procíclicos. Una caída persistente en los precios erosionaría rápidamente la recaudación en un contexto donde el gasto público ya viene presionado por decisiones legislativas y expansiones aprobadas con la anuencia del Ejecutivo. Más preocupante aún es el debilitamiento de los amortiguadores fiscales. El Fondo de Estabilización Fiscal (FEF), que en su mejor momento superó los S/ 9.000 millones, se encuentra actualmente en torno a los S/ 3.000 millones, reduciendo el espacio para enfrentar un choque externo adverso.
La literatura sobre países dependientes de recursos naturales advierte que la ausencia de disciplina fiscal y de mecanismos de ahorro durante las fases expansivas amplifica los costos de los ajustes posteriores. En otras palabras, el problema no es el ciclo de los commodities, sino la falta de preparación para su reversión.
Si el precio del oro —y eventualmente del cobre— enfrentara una corrección más prolongada, los efectos se transmitirían rápidamente: depreciación cambiaria más persistente, mayor volatilidad financiera, deterioro fiscal, menor inversión minera y desaceleración del crecimiento. En una economía con crecimiento potencial que supera el 2,0% y productividad estancada, el margen de absorción de estos choques es limitado.
Por ello, el reciente episodio debe interpretarse como una advertencia. El Perú necesita retomar reformas orientadas a elevar la productividad y reconstruir la disciplina fiscal, restableciendo reglas creíbles y recomponiendo los colchones de ahorro público. La experiencia internacional muestra que los países que logran desacoplar su crecimiento del ciclo de los recursos naturales son aquellos que transforman las rentas transitorias en capacidades permanentes.
El mercado ya envió una señal. Esta vez fue un ajuste breve. Pero si el ciclo cambia de manera estructural, el impacto será mucho más profundo. La pregunta es inevitable: cuando el cartero vuelva a tocar la puerta, ¿estaremos preparados?.
