El desafío de consolidar la educación técnica

Por Gustavo Alva

REFLEXIONES

El 2025 será recordado como un punto de inflexión para la educación técnica en el Perú. En medio de una industria presionada por la digitalización, la automatización y la escasez de talento especializado, este tipo de formación dejó de ocupar un lugar secundario en el debate educativo para posicionarse como una de las respuestas más concretas a las necesidades productivas del país.

La articulación entre instituciones educativas y empresas permitió ajustar programas formativos a la demanda real del mercado laboral, especialmente en áreas como mantenimiento industrial, tecnologías de la información, automatización, logística, energía, gestión administrativa, entre otras. Este punto es siempre clave para mejorar la empleabilidad de los egresados y reducir la brecha histórica entre formación y trabajo. Estudios del MTPE han mostrado que las carreras vinculadas con sectores productivos estratégicos no solo concentran alta demanda laboral, sino que ofrecen remuneraciones competitivas frente a muchas profesiones universitarias tradicionales. Esta tendencia confirma que el valor de la enseñanza técnica ya no se mide solo por rapidez de inserción laboral, sino también por su aporte directo a la productividad empresarial.

Otro logro relevante fue la incorporación progresiva de tecnologías digitales en los procesos formativos. El uso cada vez mayor de simuladores, plataformas virtuales, laboratorios especializados y contenidos asociados a inteligencia artificial, análisis de datos y automatización industrial se ha extendido con mayor fuerza. De acuerdo con la Unesco, esta modernización es una condición indispensable para que la educación técnica pueda responder a los cambios acelerados del empleo en América Latina. Sin embargo, el 2025 también deja en evidencia desafíos que no pueden postergarse: acelerar aún más la actualización curricular. La velocidad con la que evolucionan los procesos industriales exige programas flexibles, modulares y permanentemente revisados, capaces de adaptarse a nuevas tecnologías y modelos de negocio.

A ello se suma la necesidad de fortalecer las competencias transversales. La industria ya no demanda únicamente habilidades específicas, sino también capacidad de trabajo en equipo, comunicación efectiva, pensamiento crítico y adaptación al cambio.

La equidad es otro desafío. Aunque la educación técnica ha ampliado el acceso a oportunidades formativas para miles de jóvenes, persisten brechas significativas entre regiones, tanto en infraestructura como en acceso a tecnología y docentes especializados.

Finalmente, el 2025 demostró que este tipo de educación puede responder con eficacia a los desafíos de la industria. El 2026 exigirá ir más allá: consolidar lo avanzado, cerrar brechas pendientes y asumir que el futuro productivo del país dependerá, en gran medida, de la calidad y pertinencia de su formación técnica.

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