Entre la emergencia y la prevención: deuda ambiental de Arequipa
Por Pedro Rodríguez Chirinos.
Se recuerda gratamente la visita del papa Francisco al Perú. Nos dejó un legado permanente en su encíclica “Laudato sí” (2015), un llamado a entender que los llamados “desastres naturales” no son hechos aislados, sino síntomas de una crisis socioambiental agravada por el cambio climático y la contaminación. Vincula la degradación ambiental con el sufrimiento de los más pobres y exige una conversión ecológica acompañada de decisiones políticas urgentes. Es una llamada de atención a los políticos, autoridades y ciudadanos.
La encíclica subraya que los fenómenos extremos no son meras fatalidades: su intensidad responde a modelos de producción y consumo irresponsables. El papa presenta al planeta como “hermana y madre tierra”, una imagen potente que interpela nuestra conciencia cuando la dañamos: la respuesta llega en forma de crisis climáticas que revelan el costo de nuestra indiferencia. Si la tierra responde en forma violenta, es por la acumulación de negligencias.
Si bien no todos los desastres pueden evitarse, muchos pueden mitigarse. Sin embargo, cuando ocurren, golpean con mayor fuerza a los más vulnerables. En nuestra realidad local, las inundaciones recientes muestran una verdad incómoda: la ayuda suele llegar primero a los sectores con mayor visibilidad política y económica, mientras que en la periferia la espera se prolonga o la asistencia es insuficiente.
En Arequipa en las últimas lluvias de febrero, se reactivaron los riesgos en las torrenteras. Muchas familias, empujadas por la necesidad de vivienda y cercanía de servicios, construyen en zonas de alto riesgo. Las advertencias existen, pero raras veces se traducen en políticas efectivas de reubicación y planificación. Mientras algunas áreas cuentan con estudios y obras de ingeniería, que amplían zonas de urbanización, otras permanecen expuestas. El resultado es recurrente: pérdidas humanas irreparables y daños materiales difíciles de reconstruir.
Construir en zonas riesgosas revela una tensión: el ritmo del crecimiento urbano supera nuestra capacidad de adaptarnos responsablemente al entorno. No se trata sólo de necesidad sino de planificar, fiscalizar y contar con una real autoridad. Hay una ausencia de cultura preventiva que armonice desarrollo y naturaleza.
No se trata de desafiar a la naturaleza, sino de convivir con ella. Las inundaciones son el cauce que el agua reclama desde siempre. El viejo dicho popular lo resume con crudeza: “Dios perdona, el hombre a veces; la naturaleza, no”. No es fatalismo, es advertencia.
La solidaridad no puede reducirse a la emergencia. Debe traducirse en políticas sostenidas: reducción de contaminación, impulso a energías renovables, ordenamiento territorial efectivo y un estilo de vida más sobrio y sostenible. La conversión ecológica que plantea el Papa es espiritual; es una tarea cívica impostergable.
Arequipa no puede seguir reaccionando ante emergencias: tiene que anticiparse, prevenir. Porque cuando la naturaleza pasa la factura, ya es tarde para discursos políticos.
