La polarización que marca el debate y la vida cotidiana
Por: Daniela Nickole Santander.
En el Perú actual, la política ya no se define necesariamente por programas o propuestas, sino por etiquetas. No hace falta militar en un partido ni identificarse con una ideología clara: basta con asumirse como “anti-izquierda” o “anti-derecha” para ubicarse en el mapa político. Estas categorías, cada vez más extendidas, se han convertido en herramientas rápidas para descalificar al adversario, sin necesidad de debatir ideas de fondo.
EL PERU DIVIDIDO POR ETIQUETAS
Este fenómeno refleja una creciente polarización discursiva que atraviesa no solo el ámbito político, sino también la vida cotidiana. En redes sociales, espacios públicos e incluso conversaciones familiares, las posiciones se endurecen y se reducen a consignas. El “antizurdismo”, por ejemplo, convive con discursos que etiquetan al otro como “derechista”, “oligarca” o “imperialista”. En ambos casos, el objetivo parece ser el mismo: desacreditar antes que comprender.
El sociólogo Mario Gustavo Berrios Espezúa, docente de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, explica que las identidades políticas siempre han estado en constante transformación, pero advierte que hoy los términos han perdido precisión analítica. Conceptos como “zurdo”, que antes aludían a corrientes ideológicas específicas, se utilizan ahora como insultos genéricos. Para el especialista, esto responde a una reconfiguración del discurso político, donde el antiguo anticomunismo ha mutado en formas más difusas de confrontación.
A esta dinámica se suma el llamado “terruqueo”, una práctica que consiste en vincular a opositores con el terrorismo, aprovechando las heridas aún abiertas del conflicto interno de las décadas de 1980 y 1990. Desde el otro lado, también se emplean etiquetas que asocian automáticamente a ciertos sectores con élites económicas o intereses extranjeros. El resultado es un escenario donde el matiz desaparece y el debate se vuelve binario.
El antropólogo Lolo Mamani Daza sostiene que el problema de fondo radica en la debilidad del debate ideológico en el país. Según explica, en el Perú no existe una discusión sólida sobre modelos de desarrollo o visiones de Estado, sino una disputa centrada en el poder. Esto favorece el uso de etiquetas simplificadoras que reemplazan el análisis por la confrontación.
Diversos estudios, como los realizados por el Centro de Investigación de la Universidad de Lima, advierten que las redes sociales han intensificado este fenómeno. La lógica de consumo rápido de contenidos favorece mensajes breves, emocionales y polarizantes, en detrimento de argumentos complejos. En ese entorno, las etiquetas funcionan como atajos cognitivos que refuerzan prejuicios y reducen la posibilidad de diálogo.

Berrios también señala la responsabilidad de los medios de comunicación, que muchas veces reproducen esta lógica al presentar la política como una disputa entre dos bandos irreconciliables. Esta simplificación, advierte, es especialmente influyente en un electorado joven, altamente expuesto a plataformas digitales.
En el plano político, el uso del miedo sigue siendo una estrategia eficaz. “Es más rentable generar temor hacia un extremo que promover el debate”, sostiene el sociólogo, al explicar por qué los discursos polarizantes logran movilizar a la ciudadanía.
Por su parte, el filósofo Yeison Antonio Gonzales Yáñez plantea que esta polarización no es solo coyuntural, sino que responde a estructuras históricas más profundas. Retomando el concepto de “colonialidad del poder” de Aníbal Quijano, advierte que en el país persisten formas de jerarquización social basadas en el origen, la raza o el territorio. Estas lógicas, lejos de desaparecer, se reproducen en el lenguaje cotidiano y en la forma en que se percibe al otro.
La consecuencia es una dificultad persistente para el reconocimiento mutuo. “Cuando no vemos al otro como un igual, emergen el desprecio y la desconfianza”, señala. Esta falta de empatía debilita la convivencia democrática y limita la posibilidad de construir consensos.
Frente a este panorama, los especialistas coinciden en que el principal desafío es recuperar el diálogo. Escuchar al otro, no como adversario sino como ciudadano con derechos y opiniones legítimas, se vuelve fundamental. Como planteaba José María Arguedas, el Perú es una nación de “todas las sangres”, y solo desde ese reconocimiento será posible superar las divisiones.

En tiempos marcados por la polarización, abandonar las etiquetas y apostar por el debate informado no es solo un ideal democrático, sino una necesidad urgente para la convivencia social.
