Semana Santa en Arequipa pasó de ser época de recogimiento y unidad familiar a sólo feriado largo
Existe una progresiva desconexión entre las tradiciones religiosas y su verdadero significado en la ciudad.
Arequipa se ha caracterizado históricamente por una espiritualidad profunda que hunde sus raíces en la época colonial, sobre todo en estas fechas fervientes de Semana Santa. La ciudad vive estos días entre el incienso de sus procesiones coloniales y la agitación de un sector Turístico. Sin embargo, tras la fachada de los templos llenos, subyace una realidad compleja que preocupa: la pérdida del sentido de la fe y de las tradiciones más íntimas en el hogar. Ahora, las personas toman estas fechas solo como un «feriado largo».
La importancia de estos días no es solo una cuestión de tradición popular, sino que está respaldada por el magisterio de la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia católica, en su artículo 1169, define a la Pascua como la «Fiesta de las fiestas» y la «Solemnidad de las solemnidades», señalando que no es simplemente una fecha más en el calendario, sino el eje sobre el cual gira todo el año litúrgico.
Para el historiador y escritor arequipeño Helard Fuentes, la Semana Santa en la ‘Ciudad Blanca’ trasciende el rito religioso para convertirse en una piedra angular de la identidad local. Desde una perspectiva histórica, Fuentes sostiene que esta festividad, heredada de la época colonial, late con una espiritualidad única que se manifiesta en una ‘doble narrativa’: por un lado, la construcción del carácter propio de la ciudad y, por otro, el sostenimiento de los imaginarios espirituales que rodean la Pasión de Cristo.
«Antiguamente las mujeres solían vestirse con un velo negro, de luto, para las procesiones en Sábado Santo. Pero un aspecto interesante radica en la gastronomía que, con los años y los nuevos comercios, ha ido variando y dejando atrás algunas tradiciones como evitar el consumo de carnes rojas. Todos los que estudiamos las costumbres y tradiciones en los espacios culturales somos plenamente conscientes de los cambios y continuidades que se producen de acuerdo al contexto», afirmó Fuentes Pastor.
Para la tradición picantera, la Semana Santa es un ritual doméstico de purificación. Marlene Mendoza, de la picantería Las 8 Tinajas, relata una rutina que hoy parece sacada de otros tiempos, pero que ella se resiste a abandonar. «A las 3 o 4 de la mañana pesco a mis guaguas en su cama y oramos por el dolor de Cristo», explica Mendoza. Después, sigue un ayuno riguroso hasta el mediodía. La recompensa llega con la preparación de un festín familiar: el pelado de habas y choclos para el chupe, la elaboración de mazamorras, postres a base de lacayote o zapallito, y el compartir tras escuchar las Siete Palabras. «Antes Arequipa era de huertas, jalábamos el lacayote hasta de la calle; ahora todo se compra, pero eso no significa que perdamos la costumbre de enseñar a nuestros hijos, que aprendan y que esta tradición no se pierda», menciona Mendoza.
Por lo tanto, esta unidad familiar que caracterizaba la Semana Santa para la Arequipa de antaño se ha ido perdiendo gradualmente. Hoy, esa mística de ‘hacer juntos’ se desvanece ante la prisa de la vida moderna y la cultura del consumo inmediato. Lo que antes era un espacio de transmisión de saberes y fe alrededor de la mesa, hoy corre el riesgo de reducirse a un simple descanso laboral, perdiendo en el camino ese hilo invisible que unía a las familias arequipeñas en un mismo sentir espiritual y culinario.

La tecnología y la abundancia de plataformas digitales también han jugado un rol en la distracción del sentido original de estas fechas. Antes era casi una regla que en todos los canales se vieran películas con escenas bíblicas, algo que ha ido disminuyendo debido a la variedad de otras opciones para ver en casa. Asimismo, Fuentes Pastor reconoce que, a pesar de que varias tradiciones siguen vivas, el significado se va apagando. «Aunque el recorrido de las siete iglesias aún continúa con particular vigencia y la venta de algunos dulces como las famosas cochas, ciertamente de modo limitado. Pero lo que preocupa es el significado de esta semana que debería ser de recogimiento», sostuvo el historiador.
Para fieles de larga trayectoria como la señora Gladys, quien sigue el recorrido de las estaciones desde su niñez, estas tradiciones tienen cada vez menos participantes. «Es triste, pero depende de nosotros», confiesa con nostalgia al observar cómo el sentido del sacrificio se desvanece frente a un mundo que nos atrae para afanarnos en cuestiones materiales y el éxito personal. Según su testimonio, el ritmo de vida moderno y las nuevas ideologías han provocado un alejamiento de Dios, por lo que recalca con urgencia que la fe es la herencia más valiosa que se puede dejar a los hijos.
Uno de los fenómenos más recientes es la transformación de los feriados de Jueves y Viernes Santo en una pausa para viajes nacionales. Fuentes señala que ciudades como Arequipa, Cusco y Ayacucho son espacios esenciales para «sostener un equilibrio entre lo que significa hacer turismo y conservar la espiritualidad». A diferencia de épocas pasadas donde el concepto era «guardarse en casa», la movilidad del siglo XXI exige una mayor consciencia para no perder la esencia del recogimiento.

Para evitar que estas expresiones pierdan su valor, Helard Fuentes identifica a los colegios como lugares elementales para la recuperación de costumbres a través de representaciones teatrales y escenificaciones del vía crucis. «Arequipa tiene potencial para mantener el escenario de la Semana Santa por la abundancia de sus iglesias y sus imaginarios nostálgicos», afirma. La bendición de palmas, el recorrido de las siete iglesias y las imágenes que recorren las calles del Centro Histórico siguen siendo el impulso que sostiene el fervor de una ciudad que se niega a olvidar su pasado.
