El voto y la responsabilidad: lecciones de Atenas para el Perú
Por Pedro Rodríguez Chirinos
Desde la Atenas de Pericles, donde la democracia era al mismo tiempo un ideal elevado y una práctica frágil, sometida a las pasiones de la asamblea y a los vaivenes del poder, hasta el Perú contemporáneo, se repite una tensión esencial: la libertad de elegir no garantiza por sí misma la calidad de lo elegido. Así como en la Atenas del siglo V a.C. la participación ciudadana exigía virtud cívica y responsabilidad para no caer en la demagogia, hoy, frente a una nueva votación en el Perú, el desafío no es solo acudir a las urnas, sino hacerlo con criterio, memoria y conciencia del bien común, entendiendo que la democracia no se sostiene únicamente en el derecho al voto, sino en la madurez de quienes lo ejercen.
La democracia se valora en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en la vida política y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Como recordaba Juan Pablo II, su esencia radica en permitir la alternancia sin violencia. Por ello, resulta incompatible con la formación de grupos restringidos que, movidos por intereses particulares o afinidades ideológicas, busquen capturar el poder del Estado.
Desde esa premisa, la democracia no puede tolerar la conformación de alianzas cerradas que, guiadas por intereses particulares, terminen por distorsionar el funcionamiento del Estado. Más que recurrir a etiquetas, conviene observar los hechos: patrones de votación coincidentes, decisiones legislativas que debilitan la lucha contra la delincuencia y la corrupción, o la renuencia sistemática a ejercer mecanismos de control político frente a autoridades cuestionadas. Es en ese terreno —el de la evidencia— donde deben evaluarse en distintos grados y responsabilidades las fuerzas políticas, incluyendo sectores del Fujimorismo, el Acuñismo y de Renovación, donde deben medirse responsabilidades concretas, sin excepciones ni blindajes.
La democracia no termina en el ánfora de la votación; es una vigilancia constante que se renueva día a día. Cuando el cálculo político prevalece sobre el interés público, se erosiona la confianza ciudadana y se vacía el contenido de la representación democrática.
La tolerancia frente a conductas impropias en la función pública, cualquiera sea su gravedad, no solo debilita al Estado, sino que además envía un mensaje de impunidad incompatible con el Estado de derecho.
La democracia no se agota en el acto electoral: el voto es apenas su punto de partida. Su vitalidad reside en una vigilancia constante, en una ciudadanía activa y en instituciones que funcionen con autonomía real. Ello exige un equilibrio efectivo entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, así como organismos electorales independientes y una Defensoría del Pueblo capaz de actuar sin presiones.
En este contexto, la lección que se desprende desde Pericles hasta el Perú actual es clara: la democracia no cae de golpe, se erosiona cuando la ciudadanía deja de exigir. Ante la próxima votación, el país no solo elige autoridades, se elige a sí mismo. Porque al final, no tendremos la democracia que prometen los discursos, sino la que decidimos tolerar o defender con nuestro voto.
Dios nos ayude.
