ALESSANDRA LEIVA: LA APUESTA POR UNA CREACIÓN CONTEMPORÁNEA Y COMPROMETIDA EN AREQUIPA

Por: Ignacio Seijas

La propuesta de la joven artista rechaza que el espectador sea un simple observador pasivo y, a través de juegos y dinámicas, obliga a debatir sobre la realidad social del país.

Alessandra Leiva, de 24 años, representa una de las voces emergentes de la plástica moderna arequipeña. Egresada de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), su trabajo reciente ha logrado trascender el circuito local al consolidarse como finalista del Premio ICPNA de Arte Contemporáneo. En su primera exhibición individual «De política no se habla en la mesa» y con una postura firme frente al conservadurismo estético, la joven creadora busca transformar la “apreciación pasiva” de las galerías en una herramienta activa de debate social.

IS. «De política no se habla en la mesa», ¿por qué el nombre?

AL. -Es un dilema conocido y realmente irónico, porque socialmente nadie quiere discutir libremente de ideologías porque piensan que van a pelearse. A veces tú no esperas que amigos tuyos, conocidos o familiares tengan conceptos extremistas o que ignoren ciertas situaciones; entonces se genera un choque que la gente simplemente prefiere evitar.

¿Cómo fue el proceso de aterrizar la abstracción de tus ideas iniciales en objetos físicos?

-Primero tuve la intención de hacer una exposición militante porque el siguiente año son elecciones, así que le propuse la iniciativa a la Alianza Francesa. Claro que había varias proyectos maquetados que no llegaron, porque en el proceso sufren cambios por limitaciones de material, de tiempo, o simplemente encuentras una noción mejor. Me gusta discutir mis ideas locas con amigos, y si me dicen que no lo entienden, sé que debo cambiar algo para no caer en ese «esnobismo de ser una artista incomprendida».

Pasamos de una exposición de tus cuadros, una visita guiada, un taller de origami, y cierras esta presentación con un torneo de juegos de tablero. ¿Cómo llegas a esa instancia?

-Con mi amigo, el diseñador Ken Pacheco, armamos todo el juego. La idea del mismo es usarlo como una excusa para obligar a que le preguntes a otras personas sobre temas gubernamentales. Yo no le tenía tanta fe al inicio, pero terminó siendo de las cosas que más ha gustado de la muestra; la gente se sentaba y se ponía a discutir en el tablero, logrando exactamente el objetivo final de la entrega.

La primera muestra individual reúne tres grabados. Cuatro pinturas bajo las técnicas del óleo, acrílico y collage. Dos instalaciones muy bien plasmadas cierran el conjunto.

¿Con qué sensación te quedas después de ver cómo el público ha dialogado con tu trabajo durante estas semanas?

-Muy contenta, porque quería escapar un poco de esa típica exhibición donde entras, observas callado y te vas. Quería que participen, que haya iniciativa de su parte. Por ejemplo, con las grullas de papel, la intención era que todos pudieran escribir y poner su deseo para el Perú, y que el resultado final sea un anhelo colectivo.

¿Hubo alguna reacción, interpretación o comentario que te haya sorprendido o hecho ver tu propio quehacer desde otro ángulo?

-Sí, me pareció muy curioso cuando alguien, viendo la instalación «Arequipa, la ciudad marrón», la entendió súper bien e incluso se acercó al cuadro para comparar su propio tono de piel con los tonos de la pieza. Me gustó mucho que el público hiciera interactivo algo que, originalmente, solo era una pintura plana en la pared.

¿Cómo fue tu primer acercamiento a la cultura? ¿Hubo algún “punto de inflexión” que te hiciera cuestionarte cómo veías la estética?

-Hubo un tiempo en el que tenía esperanza en el academicismo y todo eso que te inculcan en los primeros años de la carrera. Pero tuve un choque un poco duro con la realidad cuando estaba en cuarto año y me fui de intercambio a la PUCP. Tuve un encuentro de cerca con el mundo real de la disciplina en Lima. Siento que aquí estamos un poco atrapados en el modernismo, a lo mucho rasgando el posmodernismo en la UNSA. Al volver, sentí ese impacto.

¿De qué te nutres culturalmente? ¿Qué lecturas, movimientos urbanos, música o referentes visuales han moldeado tu forma de ver el mundo?

-Siento mis piezas como un collage de ideas, me gusta coger palabras o conceptos de otros. Me guío mucho de mi admiración hacia Juan Javier Salazar; por ejemplo, su producción de ‘Perú, país del mañana’ con los «perucitos» como peluches. En cuanto a lecturas, me nutro bastante de Guy Debord, Boris Groys y también de César Vallejo. Es el autor peruano que más admiro.

¿Cómo sientes que se encuentra el panorama artístico en Arequipa hoy por hoy?

-Es muy complicado. Aquí no hay una cultura de coleccionar propuestas contemporáneas, ni siquiera entre la gente que tiene el nivel socioeconómico para comprarlo. Tampoco hay salas comerciales reales; hoy por hoy solo existen cafés o espacios compartidos que te ponen el precio, pero eso no genera un verdadero mercado que permita sostener al autor a largo plazo.

¿Hacia dónde apunta ahora tu mirada creativa luego de esta exposición?

-Quiero mover más mi talento hacia los entornos públicos. Un gran problema de las salas es que funcionan como una «cámara de eco»: siempre va a ir el mismo tipo de personas a verte. Yo quiero intervenir en el espacio urbano, que la propuesta esté ahí y que, de la nada, alguien que camina distraído por la plaza se cruce con ella y reaccione.

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