La soledad y el odio

Hay una extraña costumbre humana: pasar buena parte de la vida persiguiendo cosas que, cuando finalmente llegan, duran menos que la emoción de obtenerlas. Nos prometieron que el sentido de la existencia estaba escondido detrás del próximo título profesional, de la casa propia o de una cuenta bancaria. Y allí vamos, corriendo convencidos de que la felicidad nos espera unos metros más adelante.
Y cuando alcanzamos aquello que tanto deseábamos, la alegría suele durar poco. La casa necesita pintura, el automóvil hace un ruido extraño y el teléfono que parecía moderno hace seis meses ahora parece una reliquia arqueológica. Mientras tanto, las cosas verdaderamente importantes ocurren en silencio: una conversación sin apuro, una sopa caliente en invierno, la risa de un nieto o el abrazo de una madre que ya peina noventa años.
Tenemos miles de amigos virtuales, grupos de WhatsApp que nadie se atreve a abandonar y la posibilidad de opinar sobre cualquier tema en cuestión de segundos. Paradójicamente, cada vez sabemos menos escuchar y cada vez nos cuesta más comprender a quien piensa distinto.
Cuando la vida pesa demasiado y sentimos que nuestros esfuerzos no bastan, aparece la tentación de mirar hacia los costados para encontrar a alguien que esté peor que nosotros. No porque seamos malas personas, sino porque juzgar al otro ofrece un consuelo momentáneo: por unos minutos nos sentimos menos frágiles, menos confundidos y quizá un poco menos solos.
Es precisamente allí donde encuentran terreno fértil los discursos de odio. Conviene decirlo con claridad: el odio no es solamente una emoción violenta; también es una forma de hacer política. Nunca se presenta diciendo: «Buenos días, vengo a dividir la sociedad». Llega mejor vestido. Se disfraza de patriotismo, de seguridad, de defensa de la familia o, su traje favorito, de simple sentido común.
Primero ofrece una identidad reconfortante: nosotros, los trabajadores honestos, los verdaderos ciudadanos, la gente decente. Después nos entrega un culpable para explicar aquello que nos inquieta: el migrante, el pobre, el vecino, el adversario político o cualquiera que resulte suficientemente distinto. El mecanismo es antiguo, aunque las redes sociales le hayan dado una velocidad inédita.
Quizá esa facilidad para dividirnos tenga relación con una pregunta que el Perú aún no termina de responder: quiénes somos. Hablar español no nos convierte en europeos, así como hablar quechua tampoco agota el significado de la peruanidad. Nuestra verdadera riqueza reside en la extraordinaria diversidad de pueblos, lenguas y tradiciones que conviven en un mismo territorio. Sin embargo, incluso esa diversidad ha sido comprendida de manera incompleta, pues la reflexión nacional se ha concentrado casi exclusivamente en los Andes y ha relegado a los pueblos amazónicos al silencio o al prejuicio. Allí donde el desconocimiento reemplaza al encuentro, el miedo encuentra terreno fértil y el odio descubre nuevos rostros a los que culpar.
La historia demuestra que el odio rara vez se queda en las palabras. Cuando alcanza el poder, termina convertido en exclusiones, persecuciones y desigualdades que, poco a poco, dejan de parecernos extraordinarias. La barbarie no entra derribando la puerta; entra despacio y, cuando nos damos cuenta, ya está sentada a la mesa opinando sobre el país.
El filósofo Emmanuel Lévinas escribió que el rostro del otro nos impone una responsabilidad infinita. Antes que patriotas, creyentes o militantes, somos seres humanos llamados a responder por la fragilidad ajena. Tal vez allí resida la tarea más difícil de nuestro tiempo: aprender a mirar a los demás sin convertirlos inmediatamente en rivales o sospechosos.
Porque el verdadero peligro no consiste en que el fascismo regrese con las banderas del siglo pasado. El verdadero peligro es que aprenda a hablar con nuestras propias palabras y termine convenciéndonos de que la indiferencia es una virtud y la compasión una ingenuidad.
Todavía estamos a tiempo de preguntarnos qué sociedad queremos construir. La respuesta no está en el próximo gobierno ni en el siguiente teléfono celular. Está, como casi todas las cosas importantes, en esos pequeños gestos cotidianos que nos recuerdan que nadie se salva solo.
