Enrique Victoria y la batuta que traza su camino

Por Úrsula Angulo.

Llegué unos minutos antes y aproveché para buscar una mesa que estuviera un poco alejada de los murmullos tan característicos de los cafés. La encontré y me senté, y poco después llegaría Enrique Victoria Obando, hasta hacía unos días director de la Orquesta Sinfónica de Arequipa (OSA). Lo acompañaba Emily, su esposa.

El papá de Enrique es el cantante de ópera Amílcar Victoria y su mamá, Elizabeth Obando, es poetisa y, además, toca el piano; diría que por eso nació en él el amor por el arte y, en especial, por la música. «Comencé a tocar el violín a los cuatro años. Con el tiempo, me empezó a gustar más y entré al conservatorio Duncker Lavalle, que entonces era la escuela de música; allí estuve hasta los doce o los trece años. Además, tuve clases particulares con la maestra Milagros Bedoya y la suerte de estudiar violín con la maestra rusa María Foust, quien había llegado a Arequipa y ahora es concertino de la Orquesta Sinfónica Nacional, y también con el maestro rumano László Benedek». Sus padres, músicos, y las oportunidades que tuvo a tan corta edad construyeron el camino que pronto Enrique tomaría.

«Cuando estaba por terminar el colegio, decidí que iría al extranjero a estudiar música. No teníamos mucha información, pero investigando me enteré de un conservatorio en España». Sin embargo, Enrique no llegó a conocerlo, pues encontró el conservatorio de Puerto Rico y con tan solo dieciséis años decidió subir a ese avión.

Estudió violín durante cuatro años en Puerto Rico y luego sería Estados Unidos su nuevo destino para estudiar una maestría en Viola y otra en Dirección de Orquesta. Y su trayectoria musical empezaba a despegar. «Cuando estaba haciendo mi primera maestría ingresé a la Orquesta de las Américas para tocar la viola. La orquesta tiene su base en Estados Unidos, pero hacen giras por todo el mundo cada año: China, Brasil, Colombia, Ecuador…». Y Emily interrumpe la enumeración de países para resaltar lo que Enrique no contaría: entrar a la Orquesta de las Américas es muy difícil, por ejemplo, cada año solo hay tres puestos para músicos de Perú. Y con una sonrisa, Enrique continúa su relato: «Eso fue cuando estaba haciendo la maestría en Viola, estar en la orquesta y ver a excelentes directores me hizo pensar en la dirección. Siempre me gustó la dirección, pero fue en ese momento que decidí tomarla profesionalmente».

Violín, viola y dirección de orquesta. Y rápidamente me di cuenta de que para Enrique la música no era un gusto, era una pasión; entonces le pregunté a qué edad decidió que la música no sería su hobby, sino más bien su vida.

«En algún momento, cuando tenía doce o trece años, solo quería hacer eso, me encantaba tocar y fue a esa edad que decidí tomarlo profesionalmente. Aunque mi papá me decía que a la par podría estudiar algo más. En Perú, ese temor siempre existe, porque aquí no hay mucho espacio laboral. Veo mucha actividad cultural, pero ¿cuántos lo hacen ad honorem y cuántos lo hacen como trabajo? En el país hay cuatro orquestas sinfónicas: Trujillo, Lima, Arequipa y Cusco. Solo cuatro orquestas en un país con cerca de treinta y cinco millones de habitantes. Así, los papás se van a seguir preocupando».

Entonces, le pregunto a Enrique qué se podría hacer si existieran los recursos y me explica tres posibilidades:

«El Ministerio de Educación y el Ministerio de Cultura deben trabajar de la mano para tener en los colegios a profesores de Música egresados de Música; en muchos colegios, el profesor de Música es también el de Matemáticas. Es necesario crear más orquestas a nivel nacional; solo en Arequipa, la Orquesta Sinfónica no se da abasto para llegar a todo el público que tenemos porque sí hay mucho público, pero ¿qué pasa en las provincias donde no hay acceso? Hay que crear otras orquestas: la Orquesta Sinfónica de Islay o de La Unión, por ejemplo. La música es un tema de salud pública y de sensibilización. En Lima, se están creando orquestas, como la de Lima, San Miguel, Jesús María, y no ad honorem; buscan empresas privadas y aquí tiene que pasar eso. Las municipalidades podrían involucrarse no solo con orquestas, sino también con bandas sinfónicas y coros. El ad honorem tiene que desaparecer».

Enrique repara en que nos alejamos mucho de lo que me contaba, entonces, volvemos a la Orquesta de las Américas. Me explica: «Se audiciona cada año. Se termina la gira y se tiene que volver a postular. Estuve con esta orquesta cinco años consecutivos. Lo disfruté mucho, con ellos toqué en el Carnegie Hall, fue muy importante para mí». Y diría yo que no solo importante para él, sino para la ciudad: saber que un arequipeño tocó en el Carnegie Hall solo engrandece el orgullo que sentimos por Arequipa.

«Me gradué de las dos maestrías y regresé de vacaciones, solo de vacaciones pues ya me habían aceptado en Louisiana para hacer un doctorado. Y en ese tiempo salió una convocatoria aquí, en Arequipa, para director asistente de la Orquesta Sinfónica. Postulé, me aceptaron, decidí probar un año y me quedé catorce. Los últimos diez años he sido director titular. Pero acabo de renunciar porque nos vamos a vivir a Estados Unidos». Y ese «nos» se refiere a su esposa y Emilia, su pequeña.

Recordamos que nos habíamos visto hacía dos años, poco antes de su viaje a Estados Unidos, precisamente. «Me fui a hacer un posgrado en Dirección de Orquesta en la Catholic University of America, en Washington D. C., y pedí una licencia en la Orquesta Sinfónica de Arequipa. Estuve allá dos años y en cuanto regresé me invitaron a hacer en Lima un ballet con la Orquesta Sinfónica Nacional y el Ballet Nacional. Al regresar a Arequipa, tuve un concierto con la OSA y esa fue mi despedida. Ahora vuelvo a Washington D. C. para hacer un doctorado, dar clases de orquesta y dirigir una orquesta juvenil en Virginia». Noto fácilmente que aún no se ha ido y ya extraña Arequipa, porque se apura a agregar: «Los músicos somos gitanos y no descarto que la vida me traiga de vuelta. Sueño con hacer muchas cosas aquí. En Arequipa, no tenemos la infraestructura para hacer ópera o ballet, se necesita voluntad política para modernizar el Teatro Municipal o crear uno nuevo. Es inconcebible tener una ciudad como Arequipa y que no haya un lugar apropiado para musicales, por ejemplo». Así me cuenta Enrique de muchos espectáculos que se podrían traer a Arequipa si existiera la infraestructura adecuada, y le pregunto con curiosidad qué proyectos haría él si existieran —o cuando existan— los espacios idóneos y con entusiasmo me responde: «Explorar la ópera y la zarzuela, que es en español, y también musicales. Que estas experiencias sean el entretenimiento para ir con la novia, con la familia».

Ha sido una conversación muy grata con Enrique. Al terminar, me dice que se siente muy agradecido con el Ministerio de Cultura y que se va con una excelente relación con los músicos de la OSA, y enfatiza: «Espero algún día regresar». Y después de esta conversación tan cálida y bonita, sé que esto último es realmente su deseo.

Dejanos un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.