Los patriotas olvidados que forjaron la Independencia desde Arequipa

Por: Daniela Nickole Santander

Abogados, sacerdotes, mujeres y líderes populares protagonizaron entre 1813 y 1815 una intensa lucha contra el dominio español.

Mucho antes de la consolidación republicana, la Ciudad Blanca fue un efervescente laboratorio de debates clandestinos y levantamientos populares cuyos verdaderos protagonistas muchas veces no recibieron el reconocimiento que merecían en la historia oficial. Entre los años 1813 y 1815, la región se vio sacudida por el surgimiento del llamado patriotismo romántico criollo y una efervescente insurgencia plebeya, fenómenos minuciosamente documentados por el historiador Luis Miguel Glave en sus investigaciones sobre la época.

La vida cotidiana de la ciudad cambió radicalmente cuando las discusiones sobre la soberanía
abandonaron las aulas del Seminario San Jerónimo y las sacristías para trasladarse a las pampas, tertulias secretas y chicherías de barrios como Guañamarca y Miraflores, donde se gestó una red de perfiles diversos que arriesgaron su posición, sus bienes y su propia vida por la causa libertaria.

En el plano del pensamiento jurista y la estrategia política destaca Francisco de Paula Quirós, un abogado formado en el Seminario San Jerónimo y en el Convictorio de San Carlos de Lima a quien el propio virrey José Fernando de Abascal consideraba una de las figuras más peligrosas del partido de oposición.

Quirós fue el cerebro que introdujo en el debate local la noción revolucionaria de que la soberanía reside esencialmente en la nación y no en la figura del monarca. Durante las elecciones constitucionales al cabildo de 1813, obtuvo la votación más alta como elector, convirtiéndose en el principal dolor de cabeza del intendente realista José Gabriel Moscoso. Tras redactar e imprimir alegatos clandestinos denunciando los abusos del poder colonial, fue juzgado, encarcelado y enviado a Lima en la famosa causa criminal por sospechas de adhesión al sistema de Buenos Aires.

En esta lucha no estuvo solo; su esposa, Lucía Delgado, asumió un rol activo en la resistencia legal, redactando peticiones dirigidas a las autoridades para exigir la restitución de los bienes embargados a su familia y sostener la red de apoyos a los patriotas apresados.

A la par de las disputas jurídicas, el estamento eclesiástico criollo canalizó sus propias demandas de dignidad e igualdad a través de figuras como Francisco Pantaleón Ustariz, cura rector del sagrario de la catedral. En 1812, Ustariz protagonizó una severa rebelión institucional cuando las autoridades virreinales despojaron a los sacerdotes nacidos en Arequipa de las plazas en el cabildo eclesiástico para entregárselas a peninsulares recién llegados. Este reclamo, respaldado por el ayuntamiento local, articuló por primera vez en la ciudad el lenguaje de la Constitución de Cádiz para exigir los derechos de la patria y la equidad entre americanos y europeos. Esta postura firme llevó a Ustariz a ser elegido diputado a Cortes
por Arequipa en 1814, enfrentando el permanente acoso del gobierno intendencial según consta en los registros conservados en el Archivo General de Indias y analizados por Glave.

El presbítero y abogado
Mariano José de Arce

El compromiso del clero alcanzó un punto de no retorno con el presbítero y abogado Mariano José de Arce, quien personificó el paso decisivo desde el constitucionalismo reformista hacia el separatismo radical.

Integrante activo de las redes subversivas locales y electo regidor del ayuntamiento en 1813, Arce fue una pieza fundamental para preparar el terreno ideológico en la ciudad. Su momento cumbre ocurrió en noviembre de 1814 cuando, tras el ingreso victorioso de las tropas revolucionarias de Mateo Pumacahua y los hermanos Angulo a Arequipa, Arce tomó la palabra en el Cabildo Abierto del 12 de noviembre para proclamar de manera abierta y categórica la independencia de la patria. Luego del colapso del movimiento patriota en la sangrienta batalla de Umachiri, el presbítero tuvo que huir y vivir en el refugio de la clandestinidad mientras la jerarquía eclesiástica realista le abría un riguroso proceso por alta traición que hoy guarda el Archivo Arzobispal de Arequipa.

En esa misma época, la resistencia patriota contó con el coraje de mujeres extraordinarias como Magdalena Centeno, cuya valiosa contribución ha sido rescatada por investigadoras y escritoras como Victoria Vargas en el relato «Recuerdos desde una reclusión perpetua».

Centeno se convirtió en un pilar logístico decisivo al arriesgar su vida y posición social para acoger y esconder a Mateo Pumacahua durante la Revolución del Cusco de 1814. Este movimiento se convirtió en la insurrección más vasta del sur andino hasta ese momento, marcando un punto de quiebre fundamental en el que la causa emancipadora dejó de buscar meras reformas administrativas o más derechos bajo la corona para exigir la ruptura y separación total del imperio español.

Como castigo por su complicidad con los rebeldes, las autoridades coloniales le impusieron a Centeno la condena de reclusión perpetua y la humillación de servir como criada. Debido a la falta de registros precisos sobre su edad, su trágico confinamiento impidió saber si logró sobrevivir hasta la proclamación de 1821 o la victoria final en Ayacucho en 1824, convirtiéndose en el símbolo del sacrificio abnegado de la mujer peruana.

Finalmente, la fuerza de la calle, el rumor popular y la logística subalterna de la revolución encuentran su rostro en Mariano Nicolás Salazar, conocido en los barrios populares con el apodo de «El Gallerito».

Francisco de Paula Quirós.

Salazar utilizaba el ambiente festivo y cotidiano de las chicherías en las pampas de Guañamarca (hoy zona de Santa Marta) y Miraflores como fachadas para reunir simpatizantes, acopiar pólvora y organizar las provisiones del fallido levantamiento de septiembre de 1813.

Tras eludir la persecución de las patrullas realistas, Salazar reapareció con mayor fuerza en la rebelión de 1814 movilizando a los trabajadores urbanos e indígenas al grito de «¡Viva la patria, mueran los chapetones!» Su liderazgo se extendió hacia las zonas rurales, impulsando la insurrección en las provincias de Caylloma y Condesuyos, tal como lo atestiguan los expedientes criminales contra los adictos a la subversión albergados en la Biblioteca Nacional del Perú y detallados en las fuentes historiográficas recientes.

Reconocer la huella de estos hombres y mujeres trasciende la mera revisión académica del pasado, significa entender la matriz identitaria que ha definido a Arequipa a lo largo de su historia. El espíritu rebelde, altivo y profundamente comprometido con la libertad no surgió por generación espontánea en las revoluciones republicanas del siglo XIX o en las luchas ciudadanas del siglo XX; se forjó en el valor cotidiano de quienes, desde la clandestinidad, el fuero eclesiástico, la trinchera popular o el sacrificio del hogar, se atrevieron a desafiar al imperio más poderoso de su época.

Rescatar sus nombres del olvido es un ejercicio necesario de memoria colectiva, una forma de recordar que la vocación libertaria de la Ciudad Blanca es un legado vivo que exige ser reconocido, custodiado y transmitido a las futuras generaciones como el verdadero motor del orgullo arequipeño.

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