«Elegida por el rayo»

Pamela Cáceres

«Elegida por el rayo» (Achawata, 2024) es el testimonio transcrito en quechua y traducido al español que relata las experiencias de Marcelina Núñez, una partera quechua hablante nacida en 1924 en el poblado de Chupas, Ayacucho, que ejerció su oficio desde los 19 hasta los 83 años, edad en la que es entrevistada. Comenzaré afirmando que este, presentado por su autora Tania Pariona Icochea en el último JALLA en Arequipa, es un libro clave que debe inscribirse como parte de la literatura básica del género.

Se piensa que el nacimiento como la muerte son fenómenos de lo más naturales. Según el dicho popular, «todos morimos igual». Sin embargo, esto es una falsedad, pues tanto nacer como morir son de los acontecimientos más ritualizados e institucionalizados en las distintas culturas. La manera de parir y la forma de nacer nos distinguen como seres humanos, pero también como andinos u occidentales, como ricos o pobres o como modernos o posmodernos.

Así pues, leer el testimonio de la partera Marcelina Núñez nos permitirá comprender una serie de prácticas, conocimientos y creencias en el Ande respecto a la partería, pero también y creo que esto es lo más importante entenderemos cómo la población quechuahablante y pobre asentada en zonas alejadas de las capitales de provincia del sur y del centro del Perú resolvía su imposibilidad de acceder a la salud pública. Ahora nos parecen muy valiosos y elogiables los saberes populares en Medicina, y por supuesto que lo son, pero no debemos de olvidar que los bastiones de la medicina tradicional —la selva, la sierra sur y la sierra central— fueron también los lugares donde se tuvo menos acceso a la salud pública durante todo el siglo XX, de modo que la medicina tradicional es tan fruto de la riqueza cultural como de la pobreza estructural y la desigualdad.

Necesitamos imaginar mejor las circunstancias en las que Marcelina Núñez ejerció como partera. Un número nos ayudará: entre 1940 y 1980 la tasa general de fecundidad en zonas rurales era en promedio 6 hijos por mujer, cifra que probablemente nos parece excesiva e incómoda y que fácilmente nos llevaría a acusar la ignorancia de la población andina. Pero, es necesario entender que cuando Marcelina trabajaba como partera no había acceso a la salud sexual ni a métodos de anticoncepción, y la mujer rural estaba subyugada por las decisiones masculinas. Olvidamos sobre todo que el modo de producción primario exportador y poco tecnificado del Perú en el siglo XX se sostenía gracias a la fuerza humana, por lo cual en zonas agrícolas esos seis hijos por mujer significaban fuerza de trabajo productiva y una ganancia para la siempre inepta oligarquía peruana. Por último, imaginemos también un Ayacucho con escasos centros de salud en provincias e incluso en la capital, y con escasas vías de comunicación. Marcelina relata que debía viajar a caballo para llegar a atender a las parturientas.

Hago hincapié en estos aspectos porque temo que este valioso libro se lea sólo en clave culturalista o con limitada lectura antropológica, que, como advertía Flores Galindo, convierte a las personas del Ande en buenas piezas de museo. No deberían caber aquí las interpretaciones romántico-poscapitalistas que cosifican y mercantilizan al Ande, y que seguramente igualarían a Marcelina Núñez con las actuales parteras del Valle Sagrado que ofrecen partos acompañados de velas aromáticas a señoras con deseos de exotismo.

Sobre este peligro ya nos advierte con suma lucidez la autora, Tania Pariona, en la introducción al testimonio cuando, por ejemplo, afirma citando a Jacques Ranciere que la diferencia en el reparto de bienes da lugar a lo político que no nace y no culmina en el consenso feliz sino más bien en el desacuerdo. Y creo que esta afirmación invita al lector a escapar de una lectura exotista que puede alejarnos de una de las finalidades del género testimonial, que es presentar actores sociales y políticos que no le conviene reconocer a la hegemonía.

Por ello, pienso que en este género es importante remarcar las condiciones de producción testimonial: hay alguien que vive los acontecimientos, alguien que los habla, y generalmente alguien que en representación de una academia ordena, selecciona, transcribe y traduce. Tener en cuenta estas presencias y estas interacciones es fundamental en la lectura de los testimonios.

Debo confesar que habiendo leído ya algunos libros de este género que narran las vivencias de población andina me acostumbré a velar la presencia de la voz de los académicos para atender más a la historia. Sin embargo, identificar en «Elegida por el rayo» las voces de los entrevistadores haciendo preguntas en quechua ya dentro del testimonio, me pareció inadecuado en mi primera y superficial lectura, pues, me era más placentero acceder al discurso de Marcelina de continuo y sin interrupciones, como si fuera solo una historia, y las voces de los entrevistadores interrumpían esa secuencia. Luego de algunas lecturas entendí que justamente esta presencia es una buena decisión de los autores, ya que también así podemos darnos cuenta que Marcelina no es un personaje, sino una persona y que esta historia es producto de una interacción entre la alteridad de un actor social y la academia.

Ahora proseguiré con la segunda razón por la que invito a leer «Elegida por el rayo». El testimonio de esta mujer quechuahablante representa a una comunidad pero al mismo tiempo representa a una singularidad dentro de ese colectivo. Marcelina es una elegida, para ella, esta elección explica la razón de sus habilidades. En la tragedia griega la existencia del héroe se revela en una trascendental anagnórisis en la cual se descubre la identidad extraordinaria del héroe. En «Elegida por el rayo» se presentan varias anagnórisis.  Un primer momento es la caída del rayo que según Marcelina le descubre el poder de la partería y el poder de qayapar, curar el susto. En otro momento, su madrina a punto de dar a luz le enseña cómo ubicar al niño para ayudarlo a nacer, Marcelina por primera vez hace de partera con fuerza, tranquilidad y con mano certera, mientras el partero que habían llamado para la ocasión yace borracho junto al esposo de la madrina, quien luego del parto y ya con el niño en brazos reconoce en su ahijada los dotes de buena partera. Luego Marcelina tiene sueños religiosos, con el Dios católico y con madrecitas que le encomiendan tratar bien a las pacientes y nunca cobrarles mucho por sus servicios. En otro momento, la buscan unos doctores que quieren indagar cuánto sabe ella de su oficio. En el hospital sus conocimientos son reconocidos. Marcelina afirma que una mujer va a dar a luz a unos mellizos, pero una soberbia profesional letrada y con estudios la desautoriza señalando que Marcelina seguramente se equivoca porque es quechuahablante y analfabeta. Cuando finalmente nacen mellizos, los médicos reconocen a Marcelina y le dan un certificado para ejercer su oficio legalmente. Por último, el Estado otorga una jubilación a Marcelina por su ejercicio como partera. 

Es decir, la naturaleza, la sociedad, la religión, la ciencia, el Estado, la economía forman parte de diversas anagnórisis representando lo que el sociólogo Aníbal Quijano llama la lógica de la simultaneidad, distintiva de la racionalidad moderna latinoamericana, donde el progreso no es línea histórica sino no más bien una estructura hecha de capas que se superponen armónicamente.  

En un pasaje, Marcelina narra su llegada a Lima tratando de proteger a su hijo del asedio del terrorismo. En esta gran metrópoli trabaja curando el susto y pasando el huevo. Durante uno de sus sueños aparecen las madrecitas que prescriben cómo debe ejercer el oficio.

Marcelina le cuenta el sueño a una de sus vecinas que parece tener más tiempo viviendo en la capital. La vecina asustada le responde que no existen esas madrecitas y que seguramente esos sueños son cosa de Satán, pero Marcelina sin inmutarse argumenta que eso es imposible, que quien cree en Dios no puede soñar con Satán. Así pues, para ella todas estas revelaciones son perfectamente lógicas, no se contradicen, ni se ordenan jerárquicamente, no se reemplazan, ni son consecutivas, ni progresivas, simplemente coexisten en congruencia.

Algo más que nos permite observar Quijano en «Elegida por el rayo» es que Marcelina sostiene a su familia con su oficio, que a fin de cuentas es un negocio con un interés privado. Y sin embargo, está autorizado por el sistema de salud pública, es decir, trabaja en el ámbito privado pero con el aval de lo estatal mostrando una articulación pública no estatal ni institucionalizada y más bien cotidiana. Hay que remarcar que el servicio de Marcelina es un negocio cuyas ganancias le permiten sostener a sus hijos, Marcelina es una viuda. Hay intercambio económico, interés privado; pero al mismo tiempo se presenta el compromiso social, el interés público que se ve claramente en el cumplimiento de la encomienda de las madrecitas de no cobrar en exceso, como hacen las otras pseudo parteras. Quijano llama a esto una novedosa forma de conjunción del privado-social que recibe influencia de la reciprocidad andina sin abandonar el interés por la ganancia, combinación que puede ser una fuerza capaz de modular la lógica capitalista.

Quisiera extenderme haciendo algunas comparaciones entre el saber andino de Marcelina y los procedimientos en la salud pública occidentalizada y su violencia obstétrica o comentarles cómo participa la masculinidad en este relato o como se maneja el humor y el lenguaje, pero creo que eso es algo que los lectores mismos deben descubrir en este magnífico libro: «Elegida por el Rayo: testimonio de la partera Marcelina Núñez».

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