ELOGIO DE LA RISA
Por: Samuel Laguna Pacompia

En un país donde la corrupción, la desigualdad y la informalidad son parte del paisaje, la risa se convierte en un acto de resistencia cotidiana. Los peruanos hemos aprendido a mirar nuestras propias tragedias con humor, como si al exagerarlas en un chiste pudieran volverse más soportables. Programas como “Hablando Huevadas” muestran que la burla no es mero entretenimiento, sino una forma ácida de poner en evidencia los males que todos reconocemos. El humor negro no es evasión, sino una herramienta crítica y necesaria para enfrentar la realidad peruana, recordándonos que seguimos atentos y dispuestos a cuestionar, incluso cuando lo hacemos entre carcajadas.

El humor negro no inventa los problemas del Perú, simplemente los exagera hasta hacerlos imposibles de ignorar. Programas como el conocido y controversial show citado, por ejemplo, un sketch sobre la burocracia estatal o la corrupción en un municipio logra arrancar carcajadas precisamente porque el público reconoce esas situaciones en su vida diaria. La precariedad del transporte público, la viveza criolla o la indiferencia de las autoridades son realidades que todos hemos experimentado y que, en el escenario, se presentan con un absurdo tan grande que resulta evidente lo ridículo de aceptarlas como normales. Al reírnos de estos chistes, en el fondo estamos admitiendo que esos males existen y que nos afectan, aunque la carcajada sea nuestra forma de hacerlos más llevaderos.

Además, cumple una función catártica: nos permite liberar la tensión acumulada frente a una realidad que muchas veces parece insoportable. En “Hablando Huevadas” un monólogo sobre la “viveza criolla” o la actitud del “sálvese quien pueda” provoca risa porque refleja lo que enfrentamos a diario: la desconfianza en el otro, la trampa como norma y la sensación de que cada uno está por su cuenta. Esa risa, sin embargo, no es superficial; es una descarga emocional que transforma la rabia y la impotencia en una experiencia compartida. Al escuchar al público estallar en carcajadas, uno entiende que no está solo en esa frustración y que, al menos por un instante, la comunidad se une en la risa que aligera la carga de vivir en medio del caos.

El humor negro no solo critica, también construye un lenguaje compartido que fortalece la identidad cultural peruana y crea un sentido de pertenencia colectiva. En Hablando, por ejemplo, abundan los chistes sobre personajes que todos reconocemos: el “trome” que se cree más vivo que los demás, la “señora de clase alta” desconectada de la realidad o el “pituco” ridículo que se burla de su propio privilegio. Reírnos de ellos es como lanzar un guiño cómplice al resto del público, un “sabemos de quién estás hablando” que confirma que compartimos experiencias sociales. De esta manera, el humor transforma frustraciones individuales en una narrativa común y reconocible, donde la crítica se convierte también en un lazo que une a millones de peruanos.

El humor negro tiene la ventaja de ser un lenguaje accesible, capaz de llevar la crítica social a espacios donde los discursos académicos o políticos nunca llegan. El éxito masivo de Hablando Huevadas en YouTube y redes sociales lo demuestra: no es un humor reservado para élites ni para especialistas, sino una forma de comunicación que todos entienden porque nace de experiencias comunes. El chofer que sufre el tráfico, el estudiante que enfrenta la precariedad universitaria o el ama de casa que lidia con el desorden institucional reconocen en los chistes problemas que forman parte de su día. Esa universalidad convierte al humor en una de las formas más democráticas de protesta y análisis, pues no hace falta un título universitario para comprender la crítica detrás de cada carcajada.

Lejos de ser un humor tonto o vacío, el humor negro de calidad exige una aguda inteligencia y una observación atenta de la sociedad para detectar el punto exacto donde se esconde la contradicción o el absurdo, y explotarlo cómicamente. En Hablando Huevadas, la gracia de un sketch no depende únicamente de un chiste suelto, sino de la construcción de una situación que refleja con precisión una verdad incómoda. La exageración de un político dando un discurso vacío o de un personaje que evade impuestos con una excusa ridícula no son solo bromas, son actos de sátira pura que evidencian las grietas de nuestro sistema. Por eso, este género es, en realidad, una forma de análisis del discurso disfrazado de entretenimiento, que obliga al público a pensar y a conectar los puntos de manera crítica, incluso mientras ríe.

Hay temas que incomodan, pero que solo entran en la conversación pública cuando alguien se atreve a ridiculizarlos. El humor negro se atreve a cruzar los límites de lo “políticamente correcto” y tocar temas tabú, como un termómetro social que mide hasta dónde estamos dispuestos a debatir lo incómodo. Esta transgresión no es gratuita: es un acto de desafío que obliga a la audiencia a enfrentarse a preguntas difíciles sobre la moral, los prejuicios y los límites de la libertad de expresión. Por ejemplo, un sketch que ironiza sobre la doble moral religiosa, los prejuicios raciales internalizados o incluso los traumas de la violencia política, no busca ofender. Al llevar estas realidades al extremo del absurdo, las despoja de su aura intocable y las coloca sobre la mesa, listas para ser discutidas fuera de los marcos rígidos del ámbito mediático tradicional. Como señala Umberto Eco, “la risa libera al hombre del miedo”, y precisamente en esa liberación se abre el espacio para cuestionar lo que parecía intocable.

Algunos críticos sostienen que el humor negro puede ser peligroso porque normaliza la tragedia y nos vuelve insensibles frente a los problemas que deberían indignarnos. Sin embargo, no es la risa la que acostumbra al ciudadano a la desgracia, sino la repetición constante de los mismos males sin solución aparente. El humor, más bien, los ilumina: los hace visibles, los convierte en tema de conversación y evita que caigamos en la indiferencia total. Reír no significa ignorar, sino reaccionar; la indiferencia, en cambio, es la verdadera ausencia de toda respuesta. Por eso, el verdadero riesgo no está en reírnos de la corrupción, la desigualdad o la informalidad, sino en aceptarlas en silencio como parte natural de la vida. El humor negro mantiene esos problemas vigentes y en discusión, impidiendo que se diluyan en la costumbre.

El humor negro en el Perú cumple varias funciones al mismo tiempo: actúa como un espejo que refleja nuestras contradicciones, como una válvula de escape que nos libera de la frustración y como un lenguaje democrático que une a la gente más allá de las diferencias sociales. En lugar de evadir los problemas, los señala y los mantiene vigentes en la conversación pública. En ese sentido, más que un chiste cruel, es un síntoma de salud mental colectiva, una prueba de que seguimos cuestionando incluso en medio de la adversidad. No es que nos dé lo mismo, es que nos importa tanto que necesitamos reírnos para poder sobrellevarlo.

Mientras los problemas sigan ahí, la risa ácida será nuestro boletín de noticias más honesto y nuestra terapia grupal más efectiva.

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