Gobernar las diferencias
Por: Christian Capuñay Reátegui
REFLEXIONES

Una de las virtudes de la democracia es permitir que personas con ideas, trayectorias y maneras muy diferentes de entender la sociedad puedan alcanzar responsabilidades de gobierno mediante el voto ciudadano. Pero existe una prueba posterior, menos visible y quizá más difícil: conseguir que quienes piensan de otra manera sean capaces de trabajar juntos.

Las elecciones distribuyen el poder, no necesariamente las coincidencias. Una autoridad nacional puede representar una determinada visión del país y una regional otra muy distinta. Ambas, sin embargo, reciben de los ciudadanos una responsabilidad que trasciende sus preferencias ideológicas: gobernar y resolver problemas. Allí comienza la necesidad de articulación.

Las diferencias políticas son legítimas y forman parte de cualquier sociedad plural. No tendría sentido exigir que desaparezcan después de una elección. Tampoco sería saludable que la búsqueda de consensos terminara convirtiéndose en renuncia a las convicciones propias. Articular significa algo diferente: reconocer que existen asuntos de interés común cuya atención exige cooperación.

Una carretera inconclusa no tiene ideología. Tampoco un hospital que necesita equipamiento, una escuela deteriorada, una población que carece de agua o una comunidad amenazada por lluvias e inundaciones. Frente a esos problemas, las competencias de distintos niveles de gobierno suelen encontrarse y, muchas veces, depender unas de otras.

La experiencia democrática de numerosos países demuestra que la pluralidad política puede convivir con espacios institucionales de cooperación. Gobiernos nacionales, regionales y locales no necesitan compartir un mismo proyecto político para coordinar políticas públicas, establecer prioridades y cumplir responsabilidades comunes.

Esa articulación tampoco supone eliminar el debate. Una autoridad puede discrepar, cuestionar e incluso confrontar políticamente a otra y, al mismo tiempo, sentarse a una mesa para resolver un problema que afecta a los ciudadanos. Cooperar no significa adherirse. Dialogar no significa renunciar.

Quizá allí radique una dimensión especialmente exigente de la madurez democrática. Resulta relativamente sencillo gobernar con quienes comparten nuestras ideas. Mucho más difícil es construir acuerdos con aquellos de quienes nos separan profundas diferencias.

Pero las elecciones no entregan a las autoridades el mandato de relacionarse únicamente con quienes piensan como ellas. Les confían algo bastante mayor: la responsabilidad de gobernar para todos.

Cuando las urnas llevan al poder a expresiones políticas distintas, la democracia ya hizo su parte. A quienes resultaron elegidos les corresponde hacer la siguiente: convertir las diferencias en diálogo y el diálogo en resultados.

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