INVITADOS A LA BODA
Por: Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa

En el Evangelio de este domingo (Mt 22,1-14), Jesús nos vuelve a hablar del Reino de los Cielos a través de una parábola. Se trata de un rey que preparó un banquete por la boda de su hijo y envió a sus siervos a llamar a los invitados, «pero no quisieron venir», así que envío a otros siervos para que les insistieran, pero tampoco les hicieron caso: «se fueron uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron».

Finalmente, envió a otros siervos para que invitasen a cuantos encontraran por los caminos, de modo que «reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales». Estando así la sala, entró el rey y al notar que uno de los comensales no estaba vestido con traje de boda dijo a los siervos: «Átenlo de pies y manos, y échenlo a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes».

Y concluye Jesús la parábola, diciendo: «Porque muchos son llamados, pero pocos los elegidos».En cierto modo, esta parábola sintetiza la historia de salvación que Dios ha diseñado para la humanidad. Ya desde el Antiguo Testamento la unión de Dios con su pueblo se simboliza a través de una fiesta de bodas. Los primeros invitados son aquellos miembros del pueblo de Israel a quienes Dios envió a sus siervos, los profetas, para llamarlos a vivir en comunión con Él, pero no sólo no acogieron la invitación sino que, como en la parábola, a bastantes de ellos los mataron.

Lo mismo hicieron con Jesús, que dijo de sí mismo: «Sólo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). Así que Él, una vez resucitado, no envió a sus apóstoles sólo a los judíos, sino que, también como en la parábola, les dijo: «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15).

Lo explicó muy bien san Pablo cuando, en los inicios de la Iglesia, dijo a los judíos en Antioquía: «Era necesario anunciarles a ustedes en primer lugar la Palabra de Dios; pero ya que la rechazan y ustedes mismos no se juzgan dignos de la vida eterna, lo haremos a los gentiles» (Hch 13,46). Es así como nosotros, los que no formamos parte del pueblo de Israel ni de la descendencia de Abraham en la carne, hemos sido invitados a ese “banquete festivo de bodas” que es la vida eterna: fiesta, alegría y gozo que comenzamos a experimentar en este mundo en la medida en que vamos entrando en comunión con Dios.

Como dice la parábola, la invitación es para todos, «malos y buenos», porque, con su muerte en la Cruz, Jesús ha pagado por los pecados del mundo, y con su resurrección ha abierto para todos las puertas del Cielo. Por eso, todos estamos invitados a entrar en la Iglesia; pero, como también dijo Jesús, no todos entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 7,21), sino, siguiendo el lenguaje de la parábola, sólo quienes estén vestidos con el “traje de boda”: la caridad (San Agustín, Sermón 90), las virtudes (San Gregorio Magno, Sermón 49), la liberación de las pasiones (San Andrés de Creta, Homilía sobre Lázaro). En otras palabras: los “revestidos” de Cristo (Gal 3,27; Rom 13,14), es decir, de la gracia divina, que en la Iglesia recibimos a través de la Palabra de Dios y los sacramentos.

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