Pequeños rescates
Christian Capuñay R.
REFLEXIONES
A sus casi 93 años, N pasa largas horas sentada en la sala de su casa con la mirada perdida en algún punto que nadie más consigue distinguir. A veces parece sumida en pensamientos remotos; otras, sencillamente ausente. Cuesta reconocer en esa mujer silenciosa a la persona vivaz y de carácter enérgico pero gentil que fue durante buena parte de su vida. El deterioro cognitivo ha ido desdibujando su relación con el mundo, aunque todavía hay momentos en los que algo parece devolverla al presente.
Uno de esos instantes llega cuando aparecen Teddy y Mi-sha. El primero es un perrito criollo de dos años rescatado de la calle; la segunda, una gata engreída y escapista que también conoció el abandono. Ambos encontraron en esa casa el refugio que antes les había sido negado, pero su presencia terminó adquiriendo un significado que nadie había previsto: se convirtieron en una compañía especialmente valiosa para N, capaces de despertar en ella gestos y expresiones que parecían adormecidos.
Con ellos, N regresa. Los carga como si fueran peluches, les habla, les canta y busca alimentarlos con lo que tenga a mano. Durante esos cortos lapsos, la mujer que parecía ausente recupera algo de su antigua vitalidad. Hay en sus gestos una ternura que el paso de los años y el deterioro de su memoria no han conseguido borrar. Brevemente, la nebulosa en la que parece extraviarse se disipa y vuelve a establecer contacto con el mundo que la rodea.
Teddy y Misha acaso no comprenden lo que ocurre. O quizá perciben más de lo que imaginamos. Lo cierto es que su presencia ha sido un alivio para N, que necesita atención permanente y además sufrió hace poco la pérdida de su compañero de vida. En medio de las dificultades propias de su condición, ambos animales se han convertido en una fuente cotidiana de compañía, estímulo y afecto.
Naturalmente, no pueden devolverle los recuerdos que se desvanecen ni detener el avance de su condición. Tampoco reemplazan los cuidados que necesita, pero le ofrecen algo que ninguna medicina puede proporcionar de la misma manera: una compañía que no exige explicaciones, que no se impacienta ante sus silencios y que responde a sus caricias con una cercanía espontánea.
La convivencia con animales puede transformar nuestra vida de maneras que no siempre advertimos. Nos enseñan a cuidar, a asumir responsabilidades y a establecer vínculos que prescinden de las palabras. También nos recuerdan que el afecto no necesita grandes demostraciones y que, en ocasiones, los gestos más sencillos pueden adquirir una importancia extraordinaria.
Teddy y Misha llegaron a esa casa y encontraron protección y cariño. Seguramente nunca sabrán que, con su sola presencia, también están ayudando a rescatar a alguien.
No sabemos qué ocurre en la mente de N durante sus largos silencios. Tampoco cuánto comprenden sus pequeños compañeros, pero hay algo que resulta evidente cuando están juntos: no siempre necesitamos recordar ni encontrar las palabras adecuadas para establecer un vínculo. A veces basta una caricia.
