LA VERDAD DEL AMOR
Por: Javier Del Río Alba – Arzobispo de Arequipa

En el Evangelio de este domingo (Mt 22,34-40), Jesús aprovecha la pregunta que le hace un fariseo para revelarnos algo que hasta entonces era desconocido y que todavía hoy muchos no conocen. La pregunta es sencilla: «Maestro –le dice el fariseo– ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?».

Seguramente el fariseo creía que conocía la respuesta, porque ya estaba en la biblia hebrea y los judíos la recitaban en la oración todos los días: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5).

Y, en efecto, es exactamente eso lo primero que Jesús le responde; pero no termina ahí la respuesta de Jesús, sino que continúa diciéndole:

«Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

He aquí la novedad que seguramente aquel fariseo no se esperaba. Él le había preguntado a Jesús por un mandamiento, y Jesús le responde con dos y los califica como “semejantes”, uniendo de esa manera el amor a Dios con el amor al prójimo.La novedad en la respuesta de Jesús, sin embargo, no está en el amor al prójimo, que también estaba escrito en la biblia hebrea (Lv 19,18), sino en la unión de esos dos mandamientos hasta el punto de hacer del segundo de ellos lo característico de los cristianos, como lo dirá el mismo Jesús poco antes de entrar en su pasión y muerte:

«En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros» (Jn 13,35). Es decir que el amor al prójimo es el signo externo que pone de manifiesto el amor a Dios.

Lo dirá un tiempo después, con toda claridad, el apóstol san Juan: «Si alguno dice «amo a Dios», y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1Jn 4,20). El amor a Dios y el amor al prójimo, entonces, van de la mano. Y no un amor cualquiera.

Lo explicitó Jesús cuando dijo: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros; que como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros» (Jn 13,34). La medida del amor cristiano es, pues, el amor de Cristo, es decir un amor gratuito y sin medida.Ahora bien, nos preguntamos: ¿es posible amar así?; y respondemos: ¡claro que es posible! Aun más: para ese amor hemos sido creados.

Todos tenemos grabada, en lo profundo de nuestro ser, esa vocación al amor. La ha puesto el mismo Dios, pero no para que la realicemos con nuestras solas fuerzas humanas, que no son suficientes y sólo nos llevarían a la frustración, sino para colmarla Él, porque para Dios no hay nada imposible (Lc 1,37; Mc 10,27). Y esta es la buena noticia que nos trae el Evangelio de este domingo: Dios se ha hecho hombre para colmar ese anhelo de amar que todos tenemos, aunque muchos no sean conscientes de que lo tienen.

Gracias a Jesucristo es que podemos amar al prójimo como Dios nos ama. En palabras de san Juan: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1Jn 4,19). Lo explicó con claridad el Papa Benedicto XVI: el amor cristiano es amor recibido gratuitamente de Dios Padre a través de su Hijo Jesucristo y derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Caritas in Veritate, 5).

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