Aníbal Pepper: médico que se preparó en la guerra para salvar vidas en la paz

Doctor Aníbal Pepper, junto a su inseparable Anita, su esposa.

Por Jorge Turpo R.

PERSONAJES AREQUIPEÑOS

En medio de bombardeos en Vietnam, Aníbal Pepper aprendió que salvar una vida es no soltar nunca. Esa lección de guerra la trajo a Arequipa para fundar la unidad de quemados que ha rescatado a miles de pacientes. Su historia es la de un médico que hizo de la medicina un acto silencioso de humanidad y memoria.

El quirófano temblaba como si fuera de papel. Afuera, el bombardeo enemigo caía con la precisión ciega de la guerra. Alguien gritó la orden: todos a tierra. Aníbal Pepper se lanzó al piso junto a sus ayudantes y al paciente, un joven soldado con la pierna abierta por la metralla. Ya en el suelo, mientras el ruido partía el aire, Pepper no soltó la presión sobre la vena femoral. Apretó el algodón con más fuerza. Sabía que, si aflojaba, aunque fuera un segundo, el muchacho se desangraba. En la guerra de Vietnam, salvar una vida era un acto mínimo y obstinado: no soltar.

Así fueron muchos de sus días como cirujano de combate. Así empezó a aprender, sin saberlo, lo que después aplicaría durante décadas en la paz: que la medicina no es un acto heroico, sino una suma de decisiones urgentes tomadas bajo presión.

Vietnam no fue una especialización elegida; fue una obligación. Pepper había ido a Estados Unidos a formarse como médico. Ya estaba casado con Anita, a quien conoció en una cancha de tenis en Arequipa. Ella tenía ocho meses de embarazo cuando llegó la orden de enrolamiento. Aníbal pidió esperar el nacimiento de su hijo. La respuesta fue seca, se tenía que cumplir sin dudad ni murmuraciones. Se despidió. Volvería casi un año después, cuando el niño ya tenía once meses.

Vietnam fue una guerra larga y brutal, una de las heridas más profundas del siglo XX. Entre 1955 y 1975, en plena Guerra Fría, el país quedó atrapado entre dos visiones del mundo. Estados Unidos intervino para frenar la expansión del comunismo en el sudeste asiático y terminó empantanado en una guerra sin frente claro, televisada, sangrienta, impopular. Murieron más de tres millones de personas. Para los médicos, fue el infierno organizado: napalm, quemaduras masivas, amputaciones urgentes, helicópteros llegando sin pausa.

Pepper operó a más de 400 soldados en un año. Siete murieron en sus manos. No los olvida. En un hospital civil, una amputación podía tomar una hora y media; en Vietnam debía resolverse en quince minutos y con un solo enfermero. Aprendió la “hora de oro”: ese lapso breve en el que una vida aún puede salvarse si se actúa de inmediato. El napalm —esa gasolina incendiaria que se pega a la piel— lo marcó para siempre. Ahí se especializó en emergencias y quemados. La guerra, dice, fue una tragedia incomprensible. Pero también fue una escuela feroz.

De regreso a Estados Unidos, Pepper construyó una carrera médica formidable. Sin embargo, nunca cortó el hilo que lo ataba a Arequipa. En una de sus visitas a la ciudad, entró al Hospital Honorio Delgado, donde había hecho sus prácticas tras estudiar medicina en la Universidad Nacional de San Agustín. Allí escuchó una frase que lo sacudió: los pacientes con el 30% del cuerpo quemado morían. “Eso es inaceptable”, respondió. No era una opinión, era una sentencia de trabajo.

Así nació la idea de crear una unidad de quemados. Pepper sabía que no bastaba con indignarse. Había que organizar, convencer, traer recursos. Junto a médicos peruanos residentes en Estados Unidos impulsó donaciones, capacitaciones y equipamiento. El resultado, medio siglo después, es una unidad que salva vidas con quemaduras de hasta 70% u 80% del cuerpo. Un área que se parece más a una clínica privada que a un hospital público: pisos cuidados, equipos de primer nivel, personal entrenado. Más de 9 mil pacientes han pasado por allí. Muchos no habrían sobrevivido sin esa obstinación inicial.

Unidad de Quemados del hospital Honorio Delgado en pleno.

BISTURÍ Y RAQUETA

Hoy, una mañana de febrero, converso con Pepper en esa misma unidad. Han pasado 50 años desde que la fundó. Habla sin grandilocuencia. Dice que en su tiempo la medicina era ciencia, arte y vocación, casi un apostolado. Que el paciente era un ser humano, no un número en una pantalla. Lo dice sin nostalgia amarga, más bien como una advertencia. Sabe que la tecnología avanza, pero insiste en que la relación médico–paciente no puede desaparecer. Su hija, también médica, trabaja en Estados Unidos precisamente en eso: devolverle humanidad a la profesión.

Aníbal Pepper realizando una operación en plena guerra de Vietnam

La vida de Aníbal Pepper nunca se redujo al bisturí. Desde niño jugó tenis. En el Club Internacional, cuando aún quedaba en la calle San Juan de Dios, conoció a Alejandro Olmedo. “El Alejo”, recuerda.

Olmedo era hijo del acomodador de las canchas y al principio no lo dejaban competir porque no era socio. Cuando lo dejaron, arrasó. Pepper dice que Olmedo prácticamente nació en una cancha. Su talento era descomunal. Lo llevaron a Lima, luego a Estados Unidos. Ganó el Open de Australia, Wimbledon, la Copa Davis. Siempre fue peruano y arequipeño, dice Pepper con una sonrisa cómplice.

Recuerda una escena reveladora: Olmedo llegó al aeropuerto Jorge Chávez con la Copa Davis y lo levantaron en hombros. En medio de la celebración, le robaron la billetera con su pasaporte y dólares. Pepper tuvo que prestarle dinero para que pudiera quedarse en Lima. Días después, Olmedo jugó en Arequipa, en el estadio Melgar, donde armaron una cancha de tenis retirando el césped. El padre de Olmedo, experto en canchas, se encargó. Pepper fue uno de sus rivales en un partido de exhibición. “Tuve ese honor”, dice.

En su biografía caben quirófanos y canchas, bata blanca y short deportivo: siempre con una mano en el bisturí y la otra aferrada a la raqueta.

Pero también cámara fotográfica. Su padre, Hugo Pepper, otro médico, trajo el primer equipo de rayos X a Arequipa. Aníbal, joven, se encargaba del revelado. Allí nació su pasión por la fotografía analógica. Rollos, químicos, paciencia. Nunca dejó de fotografiar. Hace una semana, visitó a su amigo Carlos Meneses y retrató su casona colonial en la calle Melgar. Como siempre, disparó para guardar.

En su archivo hay imágenes de Vietnam. También de Arequipa durante la pandemia, cuando quedó varado en la ciudad. Con esas fotos publicó un libro el año pasado: “Nuestra Arequipa blanca y bella”. Cada imagen está acompañada por textos de la poeta Patricia Roberts.

La venta es benéfica: lo recaudado va al comedor del Arzobispado, donde se alimenta a adultos mayores e indigentes en la esquina de Santa Catalina con Puente Grau. El gesto es coherente: Pepper nunca separó su vida profesional de una ética del dar.

Con humor y un orgullo que no presume, Aníbal dice que para ser arequipeño de verdad hay que cumplir tres requisitos: haber nacido en el Hospital Goyeneche, haber subido al Misti y haber recibido la Medalla de la Ciudad. Los tres los cumple. Quizá uno más, no dicho: haber devuelto dignidad y futuro a miles de pacientes.

Aníbal Pepper en Vietnam con el vehículo que le asignaron y le puso de nombre Misti.

Sobre la medalla guarda una anécdota. En 2010, el alcalde le prometió entregársela, pero ese año Mario Vargas Llosa ganó el Nobel. “Aníbal, la medalla tiene que ser para él”, le dijeron. Pepper aceptó sin drama. “Esa medalla era mía”, bromea, “pero se la dieron con justicia”. Al año siguiente recibió la suya, con el mismo orgullo.

En Vietnam le dieron un arma. Nunca la disparó. Sus armas siempre fueron otras: un bisturí, una raqueta, una cámara. Hoy su legado continúa en colegas formados, como el doctor Armendáriz, actual jefe de la unidad de quemados, y en un equipo joven que mantiene el estándar. El último miércoles le hicieron un homenaje sencillo: un tamal y un vaso de cola Escocesa. Pepper los recibió como quien recibe lo esencial.

A su lado estaba Anita, su compañera de siempre. Ella lo miraba jugar tenis cuando se conocieron. Él pensó: “qué gringa tan bella”. Se casaron, tuvieron tres hijos. Viven en el país de Anita, pero nunca se olvidan de Arequipa. Porque, como dice Pepper sin solemnidad, los grandes hombres siempre regresan a sus raíces. Aunque hayan aprendido, primero, a no soltar una vena femoral mientras el mundo se cae a pedazos.

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