El voto de castigo

Por: Carlos Meneses

Si los actuales congresistas insisten en postular, deberían empezar por reconocer sus omisiones y rendir cuentas a la población. La reelección no es un derecho automático, es un mérito que se gana con trabajo, gestión y compromiso. Y en Arequipa, ese mérito —según lo dice el 96 % de la gente— simplemente no existe.

El 96 % de los arequipeños rechaza la reelección de sus congresistas. No es una cifra más: es una sentencia política. Es el reflejo de una ciudadanía cansada de la ineficiencia, la desconexión y la indiferencia de quienes fueron elegidos para representar a la región y hoy buscan perpetuarse en el poder. La encuesta realizada en Arequipa muestra un rechazo transversal, que une a jóvenes, adultos y mayores en un mismo sentimiento: el desencanto.

No es casualidad que figuras como Esdras Medina, María Agüero, Jaime Quito, Alex Paredes, Diana Gonzales y Edwin Martínez concentren la desaprobación. En lugar de representar a su pueblo, han quedado marcados por la falta de resultados, las polémicas, los conflictos de interés y una presencia casi invisible en los temas de fondo. Ninguno ha logrado que la ciudadanía asocie su nombre con avances concretos para Arequipa.

La población percibe, con razón, que la reelección parlamentaria no significa continuidad de un trabajo eficaz, sino prolongar los mismos vicios que han deteriorado la confianza en la política. Promesas incumplidas, ausentismo, discursos vacíos y una preocupante indiferencia ante los problemas más graves del país —como la salud, la educación o el empleo— explican el contundente 96 % de rechazo.

Especial atención merece la voz de los jóvenes, que en su mayoría expresan desinterés o frustración hacia la política. Ellos, que deberían encabezar el relevo generacional, hoy miran con desconfianza un sistema que no los representa. Este distanciamiento es peligroso: cuando la juventud deja de creer en la democracia, los espacios vacíos los ocupan el populismo y la apatía.

El mensaje del sondeo es claro: Arequipa no quiere más de lo mismo. La región demanda una nueva forma de representación política, más cercana, más transparente y más honesta. Los electores ya no se conforman con discursos de ocasión; exigen resultados y coherencia.

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