CUANDO EL CARNAVAL NACE DEL PUEBLO: LOS CHIVOS DE CERRO VIEJO Y LA IDENTIDAD QUE RESISTE

Por: Fiorella Valencia Mena

Hablar del inicio de los carnavales en Arequipa no es remitirse únicamente a fechas y archivos que reposan en silencio, es adentrarse en una emoción colectiva que, cada febrero o marzo, despierta como un latido antiguo en calles, plazas y pueblos tradicionales, renaciendo en la memoria compartida, esa herencia viva que se transmite de generación en generación.

Con «huiros» en las manos «Los Chivos de Cerro Viejo» hacen su tradicional recorrido.

En nuestra ciudad, los carnavales populares comparten un mismo espíritu festivo, pero no son iguales. Cada pueblo tradicional, ha sabido imprimirle su propio carácter y esencia. Esa manera distinta de cantar, de vestirse, de bromear, de irrumpir en la calle es precisamente la que otorga belleza al carnaval popular arequipeño. No existe un solo carnaval: existen muchos carnavales latiendo dentro de una misma ciudad.
En lo que ayer fueron las márgenes históricas de nuestra ciudad, hoy pueblos tradicionales, protagonizan figuras entrañables como viudas, tatacuras, diablos, y mojigangos: personajes coloridos, con máscaras de malla o tela, que con zurriago en mano marcan el ritmo, convirtiendo la calle en su escenario. También en el pueblo tradicional de Cerro Viejo, en el distrito de Cerro Colorado, el carnaval adquiere otro matiz, otra voz, otro gesto. Allí aparecen, año tras año, «Los Chivos de Cerro Viejo».

Personajes multicolores, de traje confeccionado con parches cuadrados, grandes bolsillos y vivos contrastes, estos cubren su rostro con una capucha roja que termina en punta y que les cubre toda la cabeza. En vez de zurriago, portan «huiros» —cañas de maíz— que alzan con firmeza mientras recorren las calles. Su grito característico, el potente «¡Apucllay!», anuncia su presencia en el tradicional recorrido de carnaval que recorre las principales vías del pueblo: calle Arequipa, Salamanca, Pumacahua, General Moral, José Gálvez, Salaverry, Cahuide, Córdova, Inca, hasta llegar a la plaza de Cerro Viejo.

Sus inicios se remontan a espacios cotidianos y profundamente locales: «El Club Arequipa», el coliseo de gallos de don Salomón Sanz Delgado, la casa de la señora Yolanda Sanz Vda. de Vargas, La picantería «La Maruja» o el hogar de alguno de sus integrantes. Antes de salir, uno de los Chivos corría para generar expectativa entre los curiosos y asustar entre risas a niños y jóvenes que aguardaban con emoción.
A diferencia de otras comparsas que alcanzaron mayor difusión en la ciudad, Los Chivos de Cerro Viejo han mantenido su tradición sin grandes reflectores. Su permanencia no ha dependido del auspicio institucional ni de grandes escenarios, sino de la perseverancia de sus propios vecinos.

Año tras año se organizan y sostienen la fiesta con esfuerzo colectivo, convocando a los vecinos y apostando por la autogestión para que el carnaval continúe su recorrido. En tiempos de crecimiento acelerado y expansión urbana cuando muchas costumbres se diluyen sin que apenas lo notemos esta perseverancia se convierte en algo más que organización: es una forma silenciosa de resistencia cultural.
Pero hay algo más. Algo que, en los últimos años ha transformado profundamente el sentido de esta comparsa. Con la ayuda de la tecnología y las redes sociales, Los Chivos han comenzado a digitalizar la memoria del pueblo. Bajo la frase «Con la fuerza del pueblo», han creado coplas personalizadas y piezas gráficas dedicadas a vecinos que han marcado la identidad de Cerro Viejo. Ya no se limitan a entonar versos tradicionales, escriben y cantan para la gente de a pie: para la señora que siempre colaboró, para los vecinos que fueron músicos, para la picantera del barrio, para la abuela querida, etc. Familias enteras se reconocen en esas publicaciones, se sienten nombradas, celebradas e inmortalizadas.

Recorrido pasea por la calle Arequipa, Salamanca, Pumacahua, General Moral, José Gálvez, Salaverry, Cahuide, Córdova, Inca, hasta llegar a la plaza de Cerro Viejo.

Al convertir a sus vecinos en figuras celebradas dentro de su narrativa carnavalesca, Los Chivos fortalecen el sentido de pertenencia y recuerdan que la identidad se sostiene en la memoria compartida y en el orgullo de saberse parte de ella, logrando que quienes viven y quienes vivieron en Cerro Viejo esperen con ansias las fiestas de carnaval y hablen con orgullo de «su» comparsa, compartiendo las publicaciones, recordando anécdotas y lo más importante. «transmitiendo» la tradición a los más jóvenes.

En una Arequipa que crece con rapidez y donde la modernidad muchas veces avanza sin mirar atrás, esta iniciativa cobra un valor profundamente simbólico. La comparsa no solo recorre las calles: levanta un archivo afectivo que no solo registra, sino que reconoce al propio pueblo como protagonista de su historia.

El inicio de los carnavales en Arequipa no puede entenderse sin mirar estas realidades locales. El carnaval no nace en la uniformidad, sino en la diferencia. En la manera particular en que cada pueblo tradicional decide celebrar, cantar y recordar.

Porque si algo nos enseñan Los Chivos de Cerro Viejo es que la identidad no se hereda pasivamente: se construye año a año, calle por calle, copla por copla y vecino por vecino.

Dentro de algunos años, cuando se busque comprender cómo se expresaba la identidad popular de Arequipa en estos tiempos de cambio acelerado, se entenderá que el verdadero inicio del carnaval no estuvo marcado por el miércoles de ceniza, sino en la voluntad de un pueblo que decidió salir a la calle, cantar su propio nombre y mirarse con orgullo. Allí, en ese acto colectivo que convoca a viejos y jóvenes, la tradición deja de ser recuerdo y se convierte en presencia viva, afirmándose como identidad que se comparte y celebra.

Dejanos un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.