Pasatiempo en tendencia

SIN AMBAGES

Por Úrsula
Angulo

Una vez más estoy corriendo por las calles del centro histórico de la ciudad y —como ha sucedido antes— me cruzo con una escena que puedo utilizar a manera de introducción en uno de mis artículos, este artículo precisamente. Y esta es la escena: una señora se estaciona al lado de la vereda. Muy bien estacionado el auto en paralelo, por cierto; es más, tan bien estacionado que diría que la distancia entre la llanta delantera y la vereda es exactamente la misma que la distancia entre la llanta trasera y la vereda. Además, el auto le hace sombra a esa línea amarilla que, pintada en el borde de la acera, indica que ahí no se puede estacionar. No solo eso, sino que la simpática señora saca del auto el cobertor y empieza a tapar su vehículo para que el sol no le dañe la pintura. Entonces, ella no solo se ha estacionado en una zona rígida, sino que piensa dejar su carro ahí por muchas horas.

Luego, ese mismo día, tengo que tomar un taxi para llegar a una reunión de trabajo. El taxista, amable y de conversación agradable, me comenta que el tráfico en la ciudad está terrible y lo compara con la forma de conducir en Europa, donde vivió cerca de cinco años. Recuerdo especialmente que me dijo esto: «Allá, la gente sabe manejar, no toca la bocina por gusto, no mete el carro como aquí». Inmediatamente después de esta observación, el señor taxista toca insistentemente la bocina porque la luz del semáforo ya cambió a verde hace medio segundo y esa camioneta que está delante de él no ha empezado a moverse aún —toda una mitad de segundo, ¡qué barbaridad!—.

Ahora, pienso en la señora que cubre su auto con el cobertor como si lo tuviera estacionado en el patio de su casa y también pienso en el taxista con experiencias de vida en idiomas europeos que toca la bocina como si quienes estamos alrededor fuéramos no personas, sino figuritas de juguete sin tímpanos. Pienso en los dos y tengo la certeza de que ambos tienen muchas críticas que hacer quizá a algún alcalde o a alguna otra autoridad, por lo que hizo, por lo que no hizo y por lo que hizo mal —en especial esto último, que da para una conversación muy bien salpimentada—; sin embargo, ellos están haciendo lo que saben que no se debe hacer. Pareciera que creen que las autoridades deben ser correctas —y sí, por supuesto—, pero ellos no necesariamente. O sea, sí, pero dependiendo de las circunstancias; es decir, claro, eso en teoría, pero no de verdad de verdad; casi casi como que sí, pero de vez en cuando nada más.

Entonces, encuentro en los ciudadanos en general cierto gusto por la crítica a quienes de alguna manera gobiernan. Y diría que, como ahora resulta tan fácil criticar a través de las redes sociales, esto ya se ha convertido en el pasatiempo de muchos. Ahora, si lo han tomado como actividad de entretenimiento, está muy bien, pero hagan lo correcto, como para que critiquen con autoridad, aquella que las autoridades están perdiendo.  

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