Quiénes siempre trabajan por Arequipa sin cobrar un sol
Por: Daniela Nickole Santander
Una red silenciosa de ciudadanos mantiene en pie la sociedad desde la entrega y la empatía.
Hay labores que no aparecen en planillas, que no tienen horario fijo ni descanso asegurado, pero que son esenciales para que una ciudad funcione. En Arequipa, ese motor invisible está formado por personas que han hecho de la vocación de servicio una forma de vida, sosteniendo desde distintos frentes aquello que muchas veces el sistema no alcanza. En un país donde muchos viven sin trabajar, existen verdaderos seres humanos que nos muestran la otra cara de la moneda.
Para Javier Rodríguez, jefe de la Unidad de Rescate de la Cruz Roja, el voluntariado es una “forma de vida” que abraza desde hace 33 años. Y no es una frase ligera; detrás hay una convicción profunda que guía cada intervención.
“No le encuentro sentido al hecho de estar aquí, vivir, existir, y no ayudar de alguna manera a las personas. Ante una situación de emergencia, pensamos primero en esas personas que están sufriendo”, sostiene.
Para él, incluso en los momentos más críticos, hay algo que trasciende cualquier esfuerzo. “No existe sentimiento más grande que poder ser la diferencia en una situación de crisis”, puntualiza Rodríguez.
Esa misma mística se refleja en el Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú, la primera línea de defensa de la ciudad que opera bajo el lema “Dios, Patria y Humanidad”. Al igual que en la Cruz Roja, estos integrantes arriesgan su integridad física en incendios y accidentes sin recibir una remuneración, enfrentando incluso carencias logísticas que suplen con ingenio y compromiso. Son ellos quienes permiten que la urbe respire tranquila en medio de un siniestro. Pero detrás de ese acto heroico hay preparación constante.
“Estudiamos más, nos capacitamos más, porque para toda intervención es necesario tener las capacidades de poder resolver y afrontar la situación de emergencia”.

La vocación también se expresa en los espacios más cotidianos. En Yura, por ejemplo, el Comedor Samaritano sigue funcionando gracias al compromiso de personas como Cristina Quispe Flores. Su motivación nació de la necesidad de no dejar caer un servicio esencial.
“Me animaron para que no se pierda el comedor y para que apoye a la población. Ya asumí hace 12 años, y aunque cambiamos de directiva, yo siempre estoy apoyando en la cocina”, menciona.
Su recompensa no es económica, es profundamente humana.
“Se necesita por los abuelitos y las mamás que se van a trabajar. Me gusta hacer labor social, ¿por qué le voy a decir que no?”, recalca Quispe.
En paralelo, la organización vecinal cumple un rol silencioso y determinante. A sus 75 años y con una discapacidad, Helard Cornejo lidera la junta vecinal de la cuadra 5 de Ramón Castilla con la visión de lograr que los residentes sean escuchados.
“Yo siempre he tenido una vocación de servicio. Mi preocupación es poner todo de acuerdo a ley para que nos puedan escuchar, porque si no, seríamos una institución fantasma”.
Para él, esta responsabilidad no es algo de una sola vez; es el capítulo más reciente de una vida dedicada a la labor ad honorem en lugares como el IPD o la iglesia.
“Es una labor muy bonita. Quisiera dejar para las nuevas juntas el camino un poquito más suave, con una organización administrativa completa”, sostiene Cornejo.
El voluntariado no solo se enfoca en las personas; también alcanza a quienes no tienen voz. Carol Paredes, integrante de la asociación Love’s Miracles, encontró en el rescate animal una forma de continuar lo aprendido en casa.
“Mi papá me enseñó a rescatar aves heridas, cuidarlas y que empezaran a volar”, declara. “El que es malo con los animales no puede ser bueno con todos”, advierte, una convicción que nace de entender la vocación de servicio como un compromiso integral con los más vulnerables.
Para ella, cada historia es una transformación. “Lo más gratificante es verlos sanos, felices; ver cómo pasan de ser perritos huraños a ser cariñosos correteando en nuestro patio, ver a los que lograron ser adoptados en un hogar que los quiere es nuestra mayor recompensa”, añade Paredes respecto a la satisfacción de su trabajo en el albergue.

Detrás de cada emergencia atendida, cada plato servido, cada barrio organizado o cada animal rescatado, existen individuos que han decidido servir sin esperar algo a cambio. En una época en la que muchas veces se mide el valor en cifras, ellos recuerdan que hay un impulso altruista que no se ve, pero que sostiene todo lo demás.
