PODEMOS ESCRIBIR EL LIBRO DE NUESTRA VIDA

Por: Dr. Juan Manuel Zevallos

«Un día, el rey de un mítico pueblo envió a sus emisarios hacia un lejano lugar de las montañas. ¿Su misión? Convencer al sabio que habitaba en esos confines para que aceptara ser el primer ministro del reino. Cuando, luego de muchas vicisitudes, lograron hallar a una persona en medio de esos parajes agrestes, dudaron de su hallazgo debido a la conducta errante del sujeto».

Buscando cumplir su misión explicaron el encargo que los había llevado hasta aquel lugar. Entonces el sabio que habitaba las montañas y que sabía del bien y del mal, que bebía del agua que nacía en los deshielos, que no envejecía y que solo hablaba lo necesario empezó a reírse ante el pedido de los emisarios y respondió que solo aquel que es libre, vive; solo aquel que sueña, vive. «Volved a su palacio, que yo volveré a mis montañas», dijo.

La sociedad actual nos suele invitar día a día a ser Primeros Ministros en la existencia. Nos propone riquezas, posición social e interrelaciones sociales de interés. Cada día nos busca seducir con bienes de supuesto interés mundial y con propuestas inmejorables difíciles de ser rechazadas y por su misma naturaleza y por nuestras mismas limitaciones, egoísmo, codicia y desenfreno, aceptamos. Pero lo que no nos damos cuenta es que lo único que busca es quitarnos nuestra libertad.

“Cuenta que un día llegó al pueblo salvaje de libertad donde vivíamos un ser distinto a nosotros que nos ofrecía una casa, un techo, una cama, un alimento, educación, ropa y posesiones. Muchos de los ahí reunidos escuchaban insomnes el lenguaje de víbora que destilaba y quedaban atontados por su mirada hipnótica. Luego de algunos comentarios más, muchos se anotaron y se fueron a vivir al mundo de ese extraño. Muchos de aquellos que nos quedamos, lamentamos no haber aceptado la propuesta ya que vivimos años miserables de sequía, falta de alimento y de vientos agrestes que derrumbaban nuestras débiles carpas. Muchas veces llegamos a increparnos entre familias e hijos con padres por esa torpe decisión hasta que llegó es día, en que uno de los “divinos” – así habíamos denominado a aquellos que tuvieron la suerte de irse con el extraño a su mundo – volvió a nuestro pueblo, hablándonos de todas aquellas maravillas mundanas que encontró, de la alegría inicial de su encuentro con esa realidad y de todas las limitaciones y sufrimientos que padeció al tener que cumplir una ley lejana a la natural. Por eso nos dijo, decidí volver con mi pueblo, a beber agua del cielo y abrazar a mis hermanos y hermanas, aunque no haya nada más por comer. El estómago puede tolerar que hoy no haya alimento, pero el alma nunca podrá tolerar la esclavitud y la ausencia de amor”.

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«No podemos engañarnos ni podemos consentir la defraudación emocional a la cual nos vemos sujetos cada vez que nos quejamos porque algo nos falta o porque alguien nos agredió. Cada uno de nosotros sabe realmente quien es, aunque la mayoría de veces prefiere olvidar su realidad y vivir algo distinto. Nuestros sueños y metas nacen de esa necesidad inherente llamada deseo de vivir, y la renuncia consciente a ellos frustra nuestro proyecto existencial y nos hunde en un estado de melancolía y de destrucción diaria».

La vida se eleva hacia el cielo cada vez que llenamos nuestro ser de esperanza. La esperanza florece en el compromiso de cambio, en la renuncia a las limitaciones del pasado, en la evocación de pasajes hermosos de la vida y en la interpretación constante de aprendizaje de aquellos recuerdos desfavorables.

A lo largo de muchos años pensé: “Nunca has sido un ser dotado de valor propio”. Me humillaba idolatrando esa frase y me sumergía en un estado de dolor constante al suponer eterna aquella incapacidad para aliviar mi situación. Pensaba: “que tristeza, que pena tengo, los otros pueden ser felices, yo no”. Me imaginaba acompañado y amando por los siglos de los siglos a aquella compañera perfecta a quien serviría de modo incondicional. Me engañaba y creía ese engaño. Añoraba la perfección de la gente como una forma de rechazar mi imperfección y el malestar que sentía. Muchas veces llego a pensar que nadie se fijaría en un ser imperfecto como yo y de alguna manera dichos pensamientos aliviaban el dolor, pero lo hacían más continuo.

Vivía engañándome, es cierto. ¿Quién no lo ha hecho? ¿Quién no ha presumido de ser perfecto o de poseer algo que no tiene? ¿Quién no ha añorado tener un rostro distinto o una contextura corporal especial?

De alguna manera siempre nos rechazamos y lógicamente siempre encontramos un camino que alivie nuestro malestar y que nos otorgue transitoriamente el bien anhelado. Pero la solución a nuestras necesidades existenciales insatisfechas se hallará realmente en ese camino, hoy creo que no. Si no amo mi vida- y para ello debo de amar a plenitud mi proyecto existencial-, mi asimetría física, mis costumbres destructivas y manos llenas de acciones de lamento, entonces todo aquello que construya en base a mi rechazo será simplemente una falacia, un engaño, un tributo a la necedad del ser.

Yo puedo construir el sendero de mi vida siempre y cuando acepte la imperfección de mi ser y siempre y cuando la comprenda.

Vivir a plenitud se resume en unas cuantas palabras: «disfrutar lo que la vida nos ofrece, acariciando el pasado, planificando el futuro y aceptando lo que la naturaleza nos da».

“Me sorprende tu forma de pensar Mendigo de Amor y me alegra a la vez, en realidad has construido un camino de vida. Aquel verso que dice caminante, camino se hace al andar, no puede aplicarse al proyecto de desarrollo humano. Puedes deambular toda tu vida, pero ello no significa que hayas podido construir un camino de vida. Un camino se construye con fe y con conocimiento de causa. Un camino existencial se elabora primero en la mente de aquel que sueña y luego se hace verdad en las manos del soñador. Tu mente ha despertado y al despertar te ha permitido apreciar que en ti vive la gracia, la alegría y la compasión. Tu alma ahora proyecta su esencia, sin imponer nada, sin condicionamientos y con aquella libertad de expresión que le has dado y que siempre debió de darse.

Pero ya lo ves, los seres humanos somos negligentes con nuestra vida y encerramos en un cofre oscuro nuestro mayor bienestar. Clamamos vivir bien y rechazamos nuestra vida. Deseamos siempre sonreír y nos golpeamos tan fuerte que es imposible dejar de llorar. Eres un valiente, me alegra nuevamente sentir todo aquello que fluye por tu cuerpo, esa fortaleza que te hace tener esperanza y que te hace mirar con caridad y dulzura a aquel sufriente que vive a tu lado. Pero en verdad. ¿Qué es mejor, vivir atado a los actos de negligencia personal o al aprecio por aquello que en verdad eres? No deberíamos de rechazarnos, pero lo hacemos. Sé que deberíamos tratar de estar mejor mediante la autoaceptación, pero el camino es complicado y muchos son los llamados, pero pocos son aquellos que eligen esta opción. Eres uno de esos pocos, ahora brillas, destilas felicidad en tus acciones y seguridad en tus palabras, pones todo en duda y a la vez tomas una decisión y te comprometes con ella. En tus ojos ya no hay vacilación, eres un rebelde con causa y miras siempre a las estrellas con el deseo sano de llegar hasta ellas como un acto de amor”.

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