La lengua que aprendí a no hablar
Por: Erika Salas Hancco

Hace un mes pasé una de las vergüenzas más grandes que recuerdo. Lloré frente a un público que no era tan familiar para mí mientras intentaba hablar en quechua. Lo extraño es que, hasta ese momento, yo creía que ya había superado ciertas inseguridades relacionadas con mi origen y con esta lengua. Pensaba que eran cosas de la infancia, recuerdos que habían quedado atrás con el paso de los años. Sin embargo, aquella experiencia me demostró que algunas ideas que aprendemos desde pequeños pueden permanecer dentro de nosotros mucho más tiempo del que imaginamos.

La situación comenzó con una actividad aparentemente sencilla. Se nos había asignado la tarea de preparar un diálogo en quechua para después presentarlo frente a la clase. Yo, por supuesto, hice el trabajo. Me preparé para leer y decir las partes que me correspondían, confiando en que podría desenvolverme porque tenía cierta facilidad para leer textos escritos en este idioma. Desde hacía algún tiempo había notado que podía reconocer palabras y seguir la lectura con bastante fluidez. Eso hizo que los demás asumieran que también podía hablar quechua con facilidad.

Pero leer una lengua y hablarla son cosas completamente diferentes.

Cuando llegó mi turno, ocurrió algo que no esperaba. Debido a que había demostrado cierta fluidez al leer, se me pidió que hablara sobre otro tema distinto al que habíamos preparado. El cambio fue repentino y me tomó completamente por sorpresa. En ese instante sentí que todo lo que había preparado desaparecía. No sabía qué responder, porque no tenía la capacidad de improvisar en quechua. Podía leer un texto que ya estaba escrito, reconocer su estructura y pronunciar las palabras, pero producir espontáneamente una respuesta era algo muy diferente.

Me quedé en silencio durante unos segundos que parecieron mucho más largos. Sentí las miradas sobre mí y comencé a experimentar una mezcla de nervios, vergüenza e inseguridad. Intenté pensar rápidamente en alguna respuesta, buscar palabras que conociera o recordar expresiones que había leído anteriormente, pero nada parecía salir. Mientras más intentaba encontrar una respuesta, mayor era la presión que sentía. Finalmente, las emociones pudieron más que yo y lloré.

En un primer momento pensé que había llorado simplemente por la presión de la situación. Creí que mi reacción se debía a que me habían cambiado el tema de manera inesperada y que no había sabido responder. Sin embargo, después de un momento, comencé a pensar con más calma en lo ocurrido. Comprendí que mis lágrimas no habían sido únicamente por no saber qué decir. Había algo mucho más profundo que se había activado en mí.

Yo nací en la sierra. Tanto por parte de mi familia materna como de mi familia paterna existen personas que hablan distintas variedades del quechua. La lengua ha estado, de una u otra manera, vinculada con mi historia familiar y con mis raíces. Sin embargo, a pesar de esa cercanía, yo no sé hablarla. Y descubrirlo de una manera tan pública me hizo enfrentar una contradicción que quizá había evitado durante mucho tiempo: una lengua que forma parte de mi historia también puede resultar extraña.

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