SEMBLANZA Y VIGENCIA

Augusto Salazar Bondy (1925-1974) fue uno de los más brillantes filósofos peruanos contemporáneos. Además, fue un acucioso investigador en asuntos referidos a la educación. Como notable activista del pensamiento latinoamericano, sus obras son una reafirmación del prestigio que alcanzó la filosofía peruana a nivel continental. Es imposible hablar sobre el proceso de pensamiento en el país sin referirse a sus lúcidos planteamientos. Junto con su hermano, el poeta y dramaturgo Sebastián Salazar Bondy, fueron un dúo luminoso de creatividad.

En el ámbito filosófico describió a la historia de la filosofía en América Latina como una extensión del colonialismo europeo y la diagnosticó en una situación que requeriría urgentemente una renovación de sus propias premisas y líneas metodológicas para seguir existiendo. Por ello cuestionó profundamente a aquellos filósofos que repetían acríticamente ideas exógenas y que actuaban como agentes evangelizadores de un nuevo sistema de coloniaje. La filosofía no era una mera imitación de pensamiento europeo. Salazar reconocía en esos dispositivos teóricos de control intelectual una estrategia de los centros imperiales para neutralizar corrientes que podían cuestionar el patrón discursivo hegemónico. Por ello planteó que la filosofía debería tener como agenda principal, además de reconocer su situación crítica de dominación, una agenda inmediata de liberación intelectual.

Fue uno de los principales promotores de considerar la educación como un derecho inalienable de todos los peruanos. Por lo tanto, debería concebirse al sistema educativo como un proceso fundamental para el desarrollo del país. Para ello, teoriza sobre las múltiples dimensiones de aprendizaje integral de los educandos. Ello pasa por una formación profundamente humanista hasta aquella que le permita ejercer su potencial técnico y profesional. Y esto debe darse sin distingo alguno por su condición socioeconómica, étnica o lingüística.

Como historiador de las ideas planteó una revisión de la manera como habíamos concebido nuestra propia historia filosófica y su relación con los aspectos de la realidad. Es uno de los arquitectos de la historia intelectual latinoamericana. Maestro universitario incansable y un activista de todo aquello que permita a través de la filosofía y la educación mejorar el talento de las personas en igualdad de oportunidades. Fue el primero que diseñó los estudios generales universitarios como inherentes a toda formación de ese nivel.

Por lo tanto, es un referente de todo el proceso reflexivo desde y sobre nuestro país. Parte de su herencia intelectual y su persistencia aún están presentes, tanto por su producción bibliográfica como por su estela como figura filosófica de alcance global. Merece todos los reconocimientos y los honores que corresponden a un artífice que desde el campo filosófico participó para hacer del Perú un lugar mejor. Además, asumió la coherencia entre la práctica y la teoría. Esa consistencia necesaria entre el decir y el hacer.

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