EL ROTUNDO FRACASO DE JUAN REYNOSO

Por Orlando Mazeyra Guillén

El exentrenador de Melgar, que lo sacó campeón el año 2015, se fue de la selección por la puerta falsa.

Lo barato sale caro”, reza un viejo refrán que ahora también le pasará una onerosa factura al avaro Agustín Lozano, el vivo que terminará siendo un bobo de capirote.

El año pasado, el impresentable presidente de la Federación Peruana de Fútbol desestimó, sin pensárselo mucho, la continuidad de Ricardo Gareca (hasta sugirió que el Tigre era un ocioso y otras cosas aún peores) acariciando la posibilidad de darle las llaves de la Videna a un módico entrenador made in Perú con un recorrido exitoso a nivel de clubes: Reynoso había tenido un feliz paso por Universitario, sacó campeón nacional a Melgar de Arequipa y, posteriormente, a Cruz Azul en México. No es poco; pero, a veces, para un seleccionado nacional —la tan temida e inmisericorde silla eléctrica— no alcanza.

Sabemos que hay, por ejemplo, jugadores sólo de “club” pero no de “selección”. Otros, en cambio, son grises en sus clubes, sin embargo se potencian (se “crecen”, se “transforman”) cuando se ponen la camiseta de su seleccionado nacional. Claudio Pizarro, conocido en Alemania como el “Bombardero de los Andes”, se aburrió de marcar goles en el competitivo torneo teutón y en los grandes torneos europeos; no obstante, fracasó una y mil veces como capitán y delantero de la selección (su castigo fue un acto de justicia poética: no ser convocado por Gareca para participar en el Mundial de Rusia 2018). Pedro Gallese, por su parte, es un portero tan normalito que pasa desapercibido en la poco relevante liga de fútbol de los Estados Unidos… y, cuando se enfunda la camiseta de la selección peruana, se transforma en uno de los porteros más sólidos del continente (de no ser por él, Perú tendría en su haber goleadas con resultados tenísticos).

Juan Reynoso, con sus difíciles maneras (un enceguecedor ego del que hablan quienes han sido entrenados por él) que ven fantasmas y enemigos en todos lados, con su carácter atrabiliario y con su consabida obsesión por la rotación (“quiero un equipo camaleónico”, había declarado) se ha puesto solito la soga en el cuello. No es posible conducir un seleccionado tan complejo como el peruano si la cabeza no tiene un atisbo de autocrítica (y sentido del ridículo). Resulta una pesadilla esperpéntica intentar competir en las clasificatorias más difíciles del orbe si el timón del barco vive en una irrealidad —una fantasía alucinatoria— que lo hace caminar a tientas en medio de la penumbra interminable y nociva: sólo dos puntos en seis partidos, apenas un gol marcado por un volante. Es decir, nada. Ni siquiera mediocridad, porque hasta para ser mediocre hay que tener cierto mérito (la prensa boliviana fue pedagógica cuando señaló que ellos eran “malos”; pero los peruanos “¡malazos!”). Y la selección peruana es, sin ápice de duda, la peor de Sudamérica (igual que su torneo doméstico, la alicaída Liga 1). Si hubiera descenso, la bicolor ya estaría pedida por ese fantasma del que Alianza Lima se salvó vergonzosamente en la mesa con el apoyo del TAS.

Resulta, además, inaudito que un entrenador —campeón del mundo que acaba de romper con el invicto histórico de Brasil como local en clasificatorias— como Lionel Scaloni anuncie, presa de la honestidad y de la entereza del profesional digno, que iba a pensar si podía seguir el próximo año al mando del seleccionado albiceleste. En Lima, en cambio, Reynoso, afirmó, muy suelto de huesos, que tiene contrato hasta diciembre del 2025 y que está convencido de que la situación se puede revertir.

Ahora, pues, Lozano, amiguísimo de Boluarte y Otárola, tendrá que hilar fino para que Reynoso no le cobre hasta el último sol que señala su contrato antes de irse de la Videna (la presión de los sponsors cada día es más fuerte). Para la anécdota también quedará la visita de la presidenta a la concentración de la selección y sus fotos funestas con el capitán Paolo Guerrero y con el mismísimo Reynoso. No cabe duda de que el presidente de la F. P. F. está rodeado de (y adula a) gente a todas luces repelente.

“Perú irá al Mundial porque tiene equipo y tiene técnico”, había dicho un desavisado comentarista deportivo de Movistar (que suele oficiar de expeditivo humorista involuntario de Al Ángulo) luego de perder en Lima contra Brasil (selección a la que le ganaron Argentina, Uruguay y Colombia; Venezuela le empató de visita, ¡qué envidia!).

No podemos ser terminantes, sobre todo cuando todavía resta una docena de partidos por las clasificatorias. Pero, si acaso Perú desea competir en serio, debe buscar un entrenador de prestigio; y los mejores están en Argentina. En Uruguay, por ejemplo, Marcelo Bielsa dicta cátedra (él sí es un ajedrecista y de los mejores). Ese es el modelo a seguir: el del trabajo, la seriedad y la autocrítica. El de la sencillez y el respeto: “En cualquier tarea se puede ganar o perder; lo importante es la nobleza de los recursos utilizados”, afirma el Loco que dejó huella en todos los equipos que dirigió. Pero, ¿qué entrenador serio y decente aceptaría conversar con un dirigente tan nauseabundo como Agustín Lozano? Lo único bueno es que Reynoso le dará de su propia medicina. Y en donde más le duele: el bolsillo.

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