NOCHE ¿DE PAZ?

Por: Javier Del Río Alba – Arzobispo de Arequipa

Los días anteriores a la Navidad suelen ser muy ajetreados para todos, porque coinciden con el final del año y se nos juntan una serie de actividades como la clausura del año académico en los colegios y otros centros educativos, el cierre del ejercicio económico en las empresas y negocios, las celebraciones con los compañeros de trabajo y con los amigos, etc. A eso se añaden los preparativos para la Navidad: decidir en qué casa se celebrará, comprar los regalos, preparar la cena de Nochebuena, organizar las visitas a los parientes, etc. Hay quien dice que esta época del año causa estrés a muchas personas, especialmente a las mamás que tienen que preparar todo para esos días de fiesta en los que queremos estar con toda la familia, expresar nuestro cariño y amor a todos, especialmente a los más pequeños.

Noche de paz, noche de amor, cantamos, y ciertamente nuestro deseo es que la Nochebuena sea una noche de paz y de amor; pero tantas veces sucede lo contrario, porque nos olvidamos de dónde nos deben venir esa paz y ese amor. Si nos quedamos en lo externo, en lo organizativo, en lo sentimental, o hacemos de la Navidad un mero concurso de regalos o una añoranza de ellos, podemos terminar sin disfrutar realmente de lo que estamos celebrando.  Por eso, quisiera invitarlos a no dejar pasar esta oportunidad de experimentar lo que realmente significa y puede hacer en nosotros la Navidad. No quiero decir que debamos abstenernos de las múltiples ocupaciones de fin de año ni de comprar los regalos que estén al alcance de nuestras posibilidades; pero debemos evitar que todo eso nos lleve a olvidar que la Navidad es la fiesta de la venida de Dios al mundo. Dios que viene a hacer fiesta con nosotros.

Dios se hace pequeño y frágil, Dios se nos entrega y se nos dona. Asume nuestra naturaleza humana para hacernos partícipes de su naturaleza divina. ¡Oh, admirable intercambio! Dios se hace humano para hacer divino al hombre. Dios viene al mundo para detener la cadena del mal que comenzó en el Paraíso, cuando la serpiente engañó a nuestros primeros padres, y que desde entonces no ha dejado de extenderse porque Satanás sigue engañando al género humano de generación en generación. Caer en ese engaño, aunque sea de modo inconsciente, es la razón por la que muchas veces no nos sentimos bien con nosotros mismos, no nos sentimos en paz, porque el pecado nos divide de Dios y, por tanto, de la única fuente de la verdadera paz y del único amor capaz de satisfacernos plenamente.

Por eso quisiera invitarlos a que, en medio de los quehaceres de estos días, no nos olvidemos de que prepararnos para la Navidad no debe excluir la toma de conciencia de que el centro de nuestra celebración es el nacimiento de Dios que se hace hombre para cargar con nuestros pecados y darnos, a cambio, la vida eterna. Pidámosle al Señor que no pase en esta Navidad sin detenerse en nuestra vida. Abramos el pesebre de nuestro corazón, tal vez tan pobre como el establo de Belén, pero deseoso de acogerlo como huésped. Si lo hacemos así, si realmente ponemos a Jesús en el centro de la Navidad, experimentaremos una verdadera noche de paz y de amor que podrá transformar nuestra vida en fiesta.  

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