UN PLANETA QUE SE EXTINGUE

Por Fátima Carrasco

¿Es la literatura de ciencia ficción un género, un subgénero o ninguna de las anteriores? La duda prevalece siempre. Frente al gremio de lectores/defensores del ¿género? se hallan los detractores. Y también estamos los aburridos, simplemente, ante alegorías de otros mundos, seres extraños extraplanetoides y platillos no culinarios, sino voladores.

Entre el numeroso gremio de autores de ciencia ficción hay algunos distinguidos freakies, pero sólo un par de ellos son, en verdad, alienígenas dentro del propio ¿sub? género. Algunos puntos en común en sus trayectorias vitales explican por sí solos cómo y por qué incursionaron en el género marciano por antonomasia.

Stanislaw Lem nació en Lvov en 1921. Hijo de un médico judío, de clase media, el futuro autor de “Solaris”, entre otros muchos títulos, se involucró en la resistencia antinazi falsificando su identidad, como soldador, mecánico y saboteador. Su familia se salvó de la cámara de gas en 1942.

Lem escribió en 1948 “El Hospital de la Transfiguración”, novela autobiográfica, de estilo realista, publicada en 1955 y censurada por el régimen comunista, que la calificó de “contrarrevolucionaria” e impuso a Lem la escritura de dos novelas más, que formarían la “Trilogía del Tiempo Perdido”.

Lem cumplió, escribiendo “De entre los muertos” y el tercer título de la trilogía, que repudió ipso facto, negándose a que fuesen leídas y/o divulgadas. Vano afán: “El Hospital de la Transfiguración” puede leerse en varios idiomas. Narra las experiencias de un joven médico en un remoto manicomio, en zona ocupada, durante los últimos meses de la guerra. Los internos han enloquecido o son huéspedes, como el poeta Sekulowski, adicto a la cocaína. Lem afirma, con toda certeza: “Los manicomios siempre han destilado el espíritu de la época. Los manicomios son los museos de las almas”. Por allí desfilan personajes que revelan con crudeza la condición antropoide y de lo que esta es —o no— capaz: “…en cuanto a las teorías revolucionarias, los indigentes no tienen tiempo para semejantes asuntos. A semejantes asuntos siempre se han dedicado los cuatro que destacaban entre los bien alimentados”.

Lem desarrolló su versatilidad dentro y fuera de la literatura. Demostró su condición de alienígena con pedigree cuando declaró, en 1976 que la literatura de ciencia ficción estadounidense era de pésima calidad. Fue expulsado ipso facto de la Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción, de la que era miembro honorífico. En “El Hospital…” puede leerse: “La historia de la literatura está llena de autores que cuando escriben una nota para la tintorería cuidan el estilo pensando en la edición póstuma de sus cartas”.

Otro inefable alien fue Kurt Vonnegut, marcado también por el conflicto bélico europeo, como joven soldado norteamericano sobreviviente (de los poquísimos) del bombardeo de Dresde. El autor de “Matadero Cinco” o “La Cruzada de los Niños”, vanguardista y popular, eterno aspirante al Nobel, dejó numerosos títulos, como “Un hombre sin patria”, “Cuna de Gato” o “El Desayuno de los Campeones”. De su extensa obra literaria escribió: “Se me considera un escritor de ciencia ficción. Yo no quería que me catalogaran como tal, por lo que me pregunto cuál era mi ofensa para que no se me considere un escritor serio”.

En el universo trafalmadoriano, con auténticos freakies de la vida real, como Kilgore Trout, el humor sirve para sobreponerse al horror.

Vonnegut, Presidente Honorario de la Asociación Humanista Americana, aconsejaba a los jóvenes: “Si de verdad quieren fastidiar a sus padres y les falta valor para hacerse gays, lo menos que pueden hacer es dedicarse al arte. No es broma. El arte no es una forma de ganarse la vida. Es más bien una forma muy humana de hacer la vida más soportable”.

El afable y antisolemne Vonnegut, que sobrevivió a un par de intentos de suicidio, confesaba: “Me asombra que acabara siendo escritor. A lo único que he aspirado es a proporcionar a los demás el alivio de la risa”.

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