La nobleza de nuestros actos
“Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos; así que vosotros mucho erráis” (Marcos 12, 27).
Por: Dr. Juan Manuel Zevallos
Si Jesús Nazaret viviera con nosotros, su vida seguiría siendo la misma y su mensaje de amor, humildad y compromiso con la vida cambiaría el modo de pensar de mucha gente.
Yo creo que Él está vivo y que cada día comparte con cada uno de nosotros sus enseñanzas, su alegría y su forma tan humana y humilde de apreciar cada acto humano.
A lo largo de mi formación profesional he sido un espectador privilegiado de una de las reacciones emocionales que más daño causa en las relaciones interpersonales: el desfogue de mi mal día.
Cuántas veces tanto tú como yo hemos sido partícipes de un relato similar al que precedo: “un hombre, una mujer, en alguna parte del mundo, trabaja, se esfuerza, pone todo su conocimiento al servicio de su empleador y de pronto este desvaloriza su trabajo, lo humilla en público, lo hace hacer el ridículo. Él o ella, no pueden reaccionar, su formación social les lleva a inhibir su disgusto y sentido de venganza, callan, pero ya se han contaminado por el virus mental de la hipocresía al pedir disculpas por la supuesta labor que realizaron de manera ineficiente y por la bacteria emocional de la cólera y la ira. Van pasando las horas y él o ella generan miles de ideas asociadas al evento experimentado. Dan de comer a ese virus mental y aquella bacteria emocional que a pocos va destruyendo su forma de pensar noble y su amor por el prójimo. De pronto, a la hora de salida, no hablan con nadie, sus ojos brillan y sus pupilas se han dilatado. Todo su cuerpo ha entrado en tensión, “la sangre les hierve”. De una u otra forma logran llegar al lugar donde viven. Cierran la puerta con torpeza y vehemencia, su entrecejo luce fruncido, sus mandíbulas están apretadas y sobresalen sus venas en el dorso de las manos. Luego viene la catástrofe, alguien afectuosamente pregunta de modo inocente ¿cómo te ha ido? y la tragedia se desencadena, los gritos inundan el ambiente, las palabras hirientes como dardos venenosos se incrustan en el recuerdo del interrogador inocente y de los espectadores causales que transitan por aquel antes hermoso reino de felicidad llamado hogar y que de pronto se ha convertido en un campo de batalla y de dolor”.
Cuando nos sentimos heridos nos reprimimos, guardamos en el más profundo de nuestro interior el dolor y la desazón de la agresión ingerida. Pero la herida para sanar debe sangrar y luego, sin darnos cuenta, sangramos y somos auténticos frente a los seres que más queremos. Esperamos su comprensión y luego quizás actuamos como si nada hubiera pasado, en verdad pasaron muchas cosas.
Primero: ingerí la agresión psicológica perpetrada por mi superior.
Segundo: alimenté los sentimientos de destrucción asociados a la agresión ingerida.
Tercero: todos esos sentimientos adversos y nocivos los proyecté a los seres que “supuestamente más estimaba”.
Cuarto: supuse que era su parte del compromiso interpersonal tolerar mis episodios de ira y desasosiego.
Quinto: no aprendí la lección y seguí caminando por el mundo a la espera de que alguien me vuelva a alimentar con píldoras de agresión personal.
De haber sido víctima pasé a ser agresor. De haber sido un ser humano comprometido con la vida, de pronto, me vestí de verdugo y maté la ilusión y la fantasía que había a mi alrededor.
Dejé de ser un buen pastor, un buen hermano, un esposo ejemplar, para convertirme de pronto en un tirano, en un déspota y un desconsiderado.
¿Es justo que destilemos el odio que vive en nuestro interior con los seres que más nos estiman y valoran?
¿Un hombre bueno y amoroso debería maltratar a los seres que ama bajo el pretexto del mal día que pudo haber pasado en el trabajo?
¿Es bueno para nuestra salud mental interiorizar la agresión psicológica y física del mundo que nos rodea?
¿Si somos seres de bien, por qué entonces actuamos como si fuéramos seres de mal?
¿En momentos como los antes señalados, dónde se fue nuestra conciencia crítica y nuestra buena voluntad?
¿En verdad somos seres amorosos o quizá eso creemos como un dogma que puede estar lleno de mentira y frialdad?
Son tantas preguntas y tantas posibles respuestas. Textos íntegros podrían ser llenados con axiomas, análisis, interpretaciones y sugerencias personales y sociales para entender este triste fenómeno que lleva a la destrucción de muchas familias y de muchos sueños personales en este momento.
Pero no es de mi interés llegar a hacer un examen meticuloso de una realidad que se reproduce raudamente delante de nuestros ojos. Yo vengo a decirte que el maestro Jesús, hace dos mil años en una tierra desértica y llena de conflictos, ya contempló el espectáculo en referencia y ya nos dio la solución.
Él nos habló desde la cruz y nos dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Nos lo dijo todo, dictó una cátedra universitaria de relaciones interpersonales basada en unas cuantas palabras. Nunca en la historia de la humanidad existió un ser humano con aquella capacidad tan noble de volver simple lo complicado.
“No saben lo que hacen”. Si pudiéramos con dichas palabras definir la actitud de nuestros agresores, violentadores y agitadores sociales no beberíamos de seguro del trago amor del dolor y del desgarramiento emocional.
Si pudiéramos ver por un momento nuestro rostro en las aguas diáfanas del autoconocimiento, de seguro olvidaríamos cada agresión de la cual hemos sido sujetos y nos concentraríamos en hacer lo mejor por nuestro presente.
“Aquel que esté libre de culpa que tiré la primera piedra”, dijo con sapiencia el maestro de Nazaret. Aquel que nunca ha agredido que juzgue entonces a los agresores. Aquel que nunca ha generado dolor y sufrimiento entonces que se escandalice con la actitud déspota del mundo que le rodea.
Juzgar es dañar, no aquel que ha actuado con imprudencia, es dañar nuestro mundo interior emocional, es contaminarlo con resentimiento. La negligencia de las personas que nos rodean no debiera de generarnos ira, por el contrario, debiera de darnos la oportunidad de analizar las circunstancias que lo llevaron a ejecutar tal acto y a asumir el compromiso de no seguir aquellos pasos de destrucción.
¿Por qué la gente que nos rodea es violenta y agresiva?
¿No será porque nosotros también somos agresivos y violentos?
La razón de la conducta del mundo que nos envuelve debiera de buscarse no solo en los libros de sociología sino en el microcosmos de nuestro actuar diario.
