ALEJANDRO, SU COMETA Y DIOS
Por Dr. Juan Manuel Zevallos.
En sus ojos había olvidos y también recuerdos, la alegría de los primeros años en el jardín de niños, las preguntas interminables de por qué no toda la gente puede ser buena en el mundo y la cuestión más importante, ¿existe Dios? y si existe, ¿es bueno o es malo?, ¿si había que portarse bien o uno se podía portar mal?
Esa tarde era especial por muchas cosas, era la primera tarde de agosto y por alguna costumbre que no he logrado precisar, desde ese día las cometas debían de surcar los cielos y por unos instantes, si lo deseáramos con fuerza, de seguro estarían cerca de Dios.
Alejandro creía en todas esas cosas y ya tenía construida su cometa en forma de barco con el fin de surcar los cielos, de llevar los colores de su insigne voladora por en medio de las nubes y por sentir, tan suave y tan delicadamente, ese jalar del pabilo en sus dedos mientras la cometa de fantasía y de ilusión se elevaba de la tierra hacia el infinito azul.
El viento corría y movía las hojas de los árboles, se escucha una voz en el interior de los oídos de cada niño en aquella chacra, la tierra color amarillo volaba y la algarabía de padres novatos y de niños ansiosos se hacía sentir en el ambiente.
Ese día debió de ser igual a cualquier otro día de aquello últimos años, pero no fue así. Alejandro tenía mil y un dudas en la cabeza, quería saber de Dios tantas cosas y sólo quería las respuestas de Él; los seres humanos, se decía, “no conocen la verdad”.
De modo que aquella tarde, entre sauces llorones, campos amarillentos de trigo y manzanos secándose con el frío y el sol andino; él fijó en la parte posterior de su cometa una carta, una misiva dirigida a Dios, en la cual le daba gracias por la vida, por sus padres, por su hermana y por tantas cosas maravillosas que le pasaban día a día y que siempre le gustaba valorar y en la cual a la vez le preguntaba, ”¿existes?, ¿eres bueno?, ¿por qué la gente es mala?, ¿cómo es el cielo?, ¿es cierto que tengo un ángel de la guarda?, ¿qué voy a ser de grande?” y otras preguntas más.
Cuando la cometa azul y rojo alcanzó el alto de los cielos, cuando se hallaba más alto que cualquier otra cometa y cuando el aire soplaba con mayor fuerza; él sencillamente soltó el pabilo que lo unía a su compañera y la dejo ir, la dejó volar hacia la eternidad con aquella misiva que esperaba “un día habrá de llegar a Dios y será Él el que me dará las más bonitas respuestas”.
Los días pasaron, el viento un día dejó de correr y de pronto los campos amarillos empezaron a cambiar de color. La primavera había llegado. Las cosas en el mundo seguían igual, guerras en algunos países, violencia contra el hombre y la mujer en otros, pobreza y miseria en casi todas partes y gente que caminaba como sombras perdidas por las calles de cualquier ciudad de un planeta llamado Tierra.
Las noticias no eran alentadoras, “el efecto invernadero nos destruirá”, decía un comentador de noticias en la televisión. Hacía más calor, debía de ponerse bloqueador solar a la cara y a los brazos, cada cuatro a seis horas le había dicho el doctor.
Todo era confuso y Alejandro preguntándose, “¿Dios habrá recibido mi carta? o ¿quizá la cometa no habrá volado tan alto para llegar hasta donde Él está?”.
Pero las preguntas no tenían respuestas, sólo había la ausencia de aquellas y sus estudios en el colegio, sus ochos años que debía vivir a plenitud y una sonrisa en su rostro que mamá le había dicho, “nunca debes de borrar”.
El tiempo pasó y de pronto la familia de Alejandro estaba alrededor de un árbol adornado de luces de colores, con un niño en un pesebre y con una cena familiar en el comedor. También había regalos envueltos en papeles de brillantes colores y una oración a media noche para el salvador que había venido al mundo para regalarnos su luz.
El pequeño niño fatigado por la hora abrió algunos de sus regalos; jugó con los carros, con el tren de madera y con unos cards. Estaba cansado y se quedó dormido. Papá lo llevó hasta su cama, le dio un beso en la frente y le dijo, “mañana jugaremos con tus carros y pelotas; que el ángel de la guarda, hijo mío, cuide siempre tus sueños”.
A la mañana siguiente mientras todos dormían, Alejandro que siempre era el primero en despertar, encontró entre sus regalos una caja que no tenía remitente, la sacudió y en su interior sonó algo, la abrió con una poco de dificultad y con curiosidad descubrió que en su interior había un pequeño libro que en la cubierta tenía escrito “PARA TI, ALEJANDRO” y más abajo “DIOS”.
En ese momento “él se quedó frío”, “mi carta llegó a Dios, pensó”, el cuerpo se le llenó de alegría y fue corriendo hasta su habitación; todos dormían, él sería el primer niño en leer el libro, el primero en encontrar esas maravillosas respuestas y el único hasta ese momento en dar gracias por el bello regalo.
Ya recostado en su cama lo abrió, las páginas eran de textura suave, “se parecen a los pétalos de las flores, meditó”, las letras brillaban con una luz muy sutil que aumentaban de intensidad cuando pasaba sus ojos por ellas. Era tan bonito el libro que por un momento no pudo centrar su atención en las letras que aparecían en su interior.
Hasta que calmó un poco la alegría. Ahí estaban las respuestas a cada una de sus preguntas, Él las sabía, Dios le había enviado ese libro y ahora sólo debía de leer, de interiorizar en su recuerdo todo aquello y vivir, sonreír y sentir todo lo que pasaba a su alrededor.
“Alejandro, la vida es lo más bello que hay, es la oportunidad mágica de ser alegre, de compartir, de darte a los demás, de caminar, de correr si quieres, de leer, estudiar, trabajar, de mirarte en un espejo, de desayunar con papá y mamá, de decir siempre gracias por todo lo bueno que te sucede y poder dar gracias por todas las experiencias que ganamos aun cuando algo no nos sale bien; la vida es la oportunidad mágica para tener paciencia y para amar a cada ser de este planeta, para tener fe y esperanza, para reír y llorar. La vida, hijo mío, es el milagro más grande del mundo, es una bendición, es el encuentro de un cuerpo, una mente y el alma. Es Dios en ti y eres tú en Dios. La vida es el don único que siempre debes valorar”.
“La vida es todo y todo es la vida, la vida es un día y la vida es la eternidad, nunca debes de olvidar todo esto. Nunca dejes de pasar la vida sin llenar de felicidad el cántaro de tu cuerpo al amanecer y nunca debes de olvidar que debes de vaciar el recipiente de violencia, cólera, frustración, ira y tristeza que guardas en tu cuerpo antes de irte a dormir”.
“Sí, Dios existe Alejandro, siempre ha existido y siempre existirá. Yo he creado todo aquello que ves y también todo aquello que no puedes ver. Yo te he creado a ti y al crearte, me he vuelto a crear a mí. Cada experiencia tuya es una experiencia mía, tu alegría es mi alegría y cada llanto tuyo es también un llanto mío. Yo no soy un dios malo ni vengativo ni autoritario. Yo soy un Dios de amor, que te creo antes de que todo se creará en el universo, te creé perfecto y libre para que tú decidieras cada una de las cosas que debieras de hacer; yo te di conciencia y voluntad, tiempo y espacio para desarrollar tus obras y tus acciones; yo te regalé todo el universo como una muestra de mi amor. Yo no mando sobre ningún acto tuyo y tampoco te juzgo, por qué como ya te disté cuenta, sería como juzgarme a mí mismo. Tu eres libre para hacer todo aquello que quieras hacer, pero quiero que recuerdes que la vida es lo más importante, que la vida es el milagro más bello en cada ser humano, ya sea niño o ya sea adulto, y si recuerdas ello sabrás que debes y que no debes de hacer, sabrás tu misión, “si es que al hecho de vivir se le puede llamar una misión”; sabrás ser responsable con los que te rodean e interiorizarás un mensaje bello de paz en tu interior y tu alma brillará”.
Quiero decirte Alejandro, puedes portarte mal, yo no te voy a decir nada, pero yo te pregunto, “¿por qué deberías portarte mal si puedes elegir actos de bien?”. Yo te pregunto hijo mío, “cuándo sientes una mayor alegría, ¿cuándo haces una buena acción o cuándo haces todo lo contrario?”. La vida es simple, sólo debes de elegir “la mejor opción”, ¡sí!, aquella que te haga sentir mejor, nada más y si alguna vez tienes una duda sobre cual es “la mejor opción” a decidir, cierra tus ojos y oye la voz del mundo y escucha tu voz interior, ¡escucha a tu alma! y sabrás decidir; decidir es fácil pero para ello debes olvidar todo y debes confiar, y si alguna vez te queda alguna duda de la elección que debes tomar sólo te pido que recuerdes: “haz aquello que genere tu mayor bienestar y que a la vez generé el menor perjuicio en los demás”.
