Cuando pensar se vuelve incómodo
Por: Ricardo Lucano
Hay algo inquietante en la forma en que vivimos la política hoy en el Perú. No se trata solo del ruido mediático, de la multiplicación de candidatos o de la ya conocida saturación de discursos vacíos. Hay algo más de fondo: la extraña sensación de que, mientras más se habla, menos se piensa.
Al escuchar a los políticos, uno reconoce rápidamente un patrón. No intentan convencernos con argumentos complejos; por el contrario, buscan atraparnos con frases simples, emocionales y fáciles de repetir. Todo está diseñado para circular rápido, para provocar indignación, entusiasmo o división. De este modo, el mensaje no necesita ser sólido, solo eficaz. Y eso dice mucho del terreno en el que estamos parados: un espacio donde no predomina la reflexión, sino la reacción inmediata.
Sin embargo, lo más preocupante no está solo en quienes hablan, sino en quienes escuchamos. En los comentarios de redes, en las conversaciones cotidianas, en el día a día, aparece un fenómeno más sutil: no es una falta de inteligencia, sino una renuncia a pensar. Personas que tienen la capacidad de analizar, pero que —por distintas razones— dejan de ejercerla. Gente que repite más de lo que cuestiona y que reacciona más de lo que reflexiona. En ese sentido, parece que pensar se ha vuelto incómodo, incluso innecesario.
En el Perú, pensar por cuenta propia nunca ha sido del todo cómodo. Venimos de una tradición donde ciertas formas de hablar o de vestir han sido clasificadas como “correctas” o “inadecuadas”. Pese a ello, estas categorías no son naturales: son construcciones marcadas por una herencia colonial que, de manera silenciosa, sigue organizando cómo nos percibimos unos a otros.
En el fondo, muchos aspiran a encajar en lo que se ha instalado como “lo correcto”. No siempre por convicción, sino porque, en un país tan desigual, adaptarse también es una forma de sobrevivir. Hay una lógica de ascenso y protección que empuja a validar o descartar ideas no por su contenido, sino por quién las dice o qué tan bien suenan.
En este escenario, la política deja de ser un debate de ideas para convertirse en un espacio de representación social. Ya no solo se discute: se busca pertenecer. Por eso, cuando una postura política se vuelve parte de nuestra identidad, dejamos de defender ideas y empezamos a defender el lugar que creemos ocupar en el mundo. Como consecuencia, la discusión pierde densidad. Respondemos, pero no escuchamos; etiquetamos, pero no analizamos. Así, el pensamiento propio se diluye en la lógica del bando, mientras el espacio para la duda o el matiz se reduce al mínimo.
Lo paradójico es que, en nombre de “lo correcto”, terminamos validando discursos vacíos solo porque provienen “del lugar adecuado”. Al mismo tiempo, descartamos otras voces no por lo que dicen, sino por cómo suenan. No estamos evaluando ideas; estamos filtrando personas.
Es precisamente ahí donde la renuncia a pensar se vuelve peligrosa. Ya no se trata solo de repetir lo que dice un político, sino de aceptar sin cuestionamiento los marcos desde los cuales entendemos la realidad. De asumir como “natural” un orden que sigue cargado de desigualdad y jerarquías invisibles.
Al final, el problema no es si la gente elige “bien” o “mal”. El dilema es más incómodo: cada vez se elige más sin pensar. Como si reflexionar fuera opcional. Como si incluso estorbara.
En un país como el nuestro, donde muchas personas buscan salir adelante como pueden y donde las desigualdades se sienten todos los días, dejar de pensar por cuenta propia tiene un costo alto. Porque cuando uno ya no reflexiona, no solo repite lo que otros dicen, sino que también —sin darse cuenta— ayuda a que todo siga igual.
