López Aliaga allana camino a Sánchez
Por: Carlos Meneses
A medida que se acorta el calendario electoral, la elección deja de ser solo una competencia de propuestas y se convierte en una prueba de inteligencia política. Si López Aliaga no corrige el rumbo, no será necesariamente derrotado por la fuerza de sus rivales, sino por la acumulación de sus propios errores. Y en ese escenario, candidaturas como la de Sánchez no necesitan hacer demasiado: les basta con ocupar el espacio que otros dejan libre.
El problema no es solo que Rafael López Aliaga esté cometiendo errores; es que parece no reconocerlos. En política, la rigidez suele pagarse caro, y en un escenario electoral competitivo, insistir en una narrativa que no suma nuevos apoyos puede convertirse en el principal obstáculo para cualquier candidatura.
El discurso reiterativo sobre fraude electoral, sin evidencias contundentes, no solo debilita su credibilidad ante sectores moderados, sino que también desplaza el eje del debate hacia terrenos poco productivos. En lugar de discutir soluciones a problemas urgentes —empleo, seguridad, costo de vida—, se instala una agenda de confrontación que termina agotando a un electorado ya saturado de conflictos. La estrategia, que en un inicio pudo movilizar a su base más fiel, hoy actúa como un techo electoral difícil de romper.
En contraste, Roberto Sánchez no necesita grandes golpes de efecto para avanzar. Su crecimiento, aunque moderado, se apoya en una lectura más fina del momento político: el cansancio ciudadano frente a la polarización. Sánchez no destaca por una propuesta revolucionaria, sino por algo más simple y, a la vez, más efectivo en este contexto: ofrecer una alternativa menos estridente, más predecible y enfocada en temas concretos.
Aquí es donde el error de López Aliaga se vuelve estructural. No se trata solo de tono, sino de enfoque. Al privilegiar la confrontación sobre la propuesta, reduce su capacidad de conectar con votantes indecisos, aquellos que suelen definir elecciones. La política no se gana únicamente consolidando a los convencidos; se gana ampliando la conversación hacia quienes aún dudan. Y en ese terreno, su campaña parece estancada.
A esto se suma un elemento clave: la gestión de imagen. Su vínculo con la administración municipal introduce una variable adicional que no puede controlar del todo. Las percepciones sobre su desempeño local influyen inevitablemente en su proyección nacional. En política, la imagen no es un accesorio; es parte del mensaje. Y cuando esa imagen se asocia a cuestionamientos o insatisfacción, el impacto es directo en la intención de voto.
Más preocupante aún es la aparente falta de autocrítica dentro de su entorno. Las campañas exitosas son aquellas capaces de adaptarse, corregir y recalibrar. Ignorar señales adversas —encuestas, críticas, cambios en el ánimo social— no las hace desaparecer; al contrario, las amplifica. La política castiga la soberbia estratégica con una eficacia implacable.
