Negociar con Teherán: el problema no es Trump
Dr. Jorge Martínez Barrera –
Docente de la Universidad San
Pablo.

Criticar a Donald Trump es, hoy por hoy, un ejercicio casi automático en ciertos círculos. Él mismo no contribuye demasiado a suavizar esa inclinación: en medio de negociaciones con Irán, llegó a declarar que le daba lo mismo alcanzar o no un acuerdo. La frase desconcierta. Pero la pregunta relevante no es si se trata de una excentricidad más, sino si hay en ella un cálculo que no todos están viendo. Para responderla, conviene partir por el tipo de adversario que enfrenta Estados Unidos.

Irán es hoy un actor central en la promoción del terrorismo de inspiración religiosa. A diferencia del de los años 70, de signo político, el actual se presenta como una empresa teológica: ya no se grita “¡Viva la revolución!”, sino “Allahu akbar!”. Esto implica una redefinición radical de fines y medios, visible en la modalidad contemporánea de la yihad, entendida como guerra santa. En numerosas aleyas coránicas se prescribe la lucha contra los infieles, y en la interpretación dominante del régimen iraní ese mandato no es meramente espiritual: se trata de someter, por las buenas o por las malas. No es irrelevante recordar que “Islam”, en árabe, significa precisamente “sumisión”.

Las dos grandes ramas del Islam son la sunita y la chiíta. Esta última, minoritaria —alrededor del 10% del total—, es sin embargo decisiva para comprender la lógica del régimen iraní. Y aquí aparece un elemento habitualmente omitido en los análisis: la práctica de la Taqiyya, es decir, la disimulación o el ocultamiento estratégico de la verdad en contextos de hostilidad. Bajo esta doctrina, engañar al adversario no solo es lícito, sino en ciertos casos prudente. En el chiísmo, marcado por siglos de persecución, esta práctica ha adquirido un peso particular.

La consecuencia es evidente: la Taqiyya, sumada al historial de incumplimientos del régimen, establece una barrera de desconfianza racional para cualquier negociador occidental. ¿Qué garantías puede tener Estados Unidos de estar frente a un interlocutor sincero? Muy pocas. Y menos aún si se consideran las dificultades internas del propio régimen: protestas sociales reprimidas con dureza, fragilidad política y un deterioro económico cada vez más visible. En ese contexto, negociar puede ser simplemente una táctica para ganar tiempo o aliviar presiones.

El problema se agrava al considerar el programa nuclear iraní. La resistencia a someterse plenamente a las inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica y la insistencia en mantener capacidades de enriquecimiento de uranio refuerzan la sospecha de que el objetivo estratégico no es negociable. Y si ese objetivo se encuentra vinculado a una visión religiosa del poder, el margen para la diplomacia tradicional se reduce drásticamente.

Volvamos entonces al punto inicial. Estados Unidos no enfrenta simplemente a un adversario geopolítico, sino a un régimen cuyo horizonte declarado —al menos en su retórica oficial— es religioso: la expansión del Islam como forma de orden global. Para ese fin, los medios parecen subordinados al objetivo. Si se tratara de armamento convencional, la discusión sería otra. Pero Irán está trabajando activamente para dotarse de capacidad nuclear, y no está lejos de lograrlo. Este es, de hecho, el punto innegociable en los recientes diálogos fallidos: la negativa a aceptar controles efectivos del Organismo Internacional de Energía Atómica.

En suma, si el objetivo es la islamización y la táctica admite la disimulación, ¿qué valor puede tener un acuerdo firmado en Ginebra o Islamabad? Mientras las inspecciones encuentren puertas cerradas, la supuesta “locura” de Trump deja de parecer un capricho. Puede ser, más bien, la única respuesta coherente frente a un adversario que no opera según las reglas de la diplomacia occidental, sino según las de la supervivencia teocrática.

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