DILEMAS DE LA UNIVERSIDAD PERUANA

Por: Miguel Ángel Huamán

La institución universitaria en el Perú y el mundo vive asediada por múltiples, dispares y equivocadas demandas. Acumula problemas y desafíos que no logran resolverse. Tanto las nacionales o de gestión estatal, como las privadas o de gestión empresarial, ambas padecen de un mal común: la crisis de su identidad como entidad u organización. El origen de este desfase proviene del marco valorativo conceptual que define sus actividades.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconoció la educación como un derecho humano fundamental, esencial para el desarrollo personal, la igualdad y la superación de la pobreza, establecido en el Artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Este derecho garantiza acceso gratuito y obligatorio a la enseñanza primaria, promueve la educación técnica/superior y busca el pleno desarrollo de la personalidad humana. Asimismo, establece que los gobiernos deben asegurar la enseñanza primaria gratuita y obligatoria, proteger el derecho a la educación y eliminar la discriminación en el acceso.

En 1977, con la Estrategia Europea de Empleo la Unión Europea (UE) consolida un enfoque de orientar la educación y formación profesional (EFP) hacia las necesidades cambiantes del mercado laboral, con especial énfasis en la digitalización y la transición ecológica. Con este cambio buscaba reducir la brecha de competencias, mejorar la empleabilidad juvenil y fomentar el aprendizaje permanente, pero condujo exactamente a lo contrario.

Al subordinar la esencial labor de forjar a los futuros ciudadanos en forma integral y convertirlo en un entrenamiento a favor de las necesidades laborales de las empresas y sus ganancias, da un golpe mortal al sistema educativo societal y abre un horizonte inestable de pérdida de identidad crucial. La reducción de los presupuestos y recursos para las universidades públicas y el crecimiento indiscriminado de universidades particulares como rubro complementario de los consorcios financieros generaron la pérdida de lo meritocrático en el empleo y un incremento inconsistente de la oferta profesional que complementaba la inclusión de la automatización en la producción con la ampliación de la jornada laboral, lo que enfatiza erróneamente una plusvalía absoluta.

Así como cada universidad nacional posee una peculiaridad propia de su historia y génesis, las particulares tienen una vertiente productiva que las ha gestado. Estas singularidades deben fundamentar sus nuevas identidades educativas, las que les permitirá encontrar un lugar en la matriz de desarrollo institucional nacional y regional. Así, encontrada su utilidad en la formación profesional, alcanzarán una fortaleza especializada, dentro de la producción científica y la investigación, que potencie su aporte tecnológico regional y nacional.

Asumir el desarrollo institucional desde una perspectiva de largo plazo, desechando visiones coyunturales o cortoplacistas, las ubicará en el camino de recuperar el espíritu académico que las universidades actuales han extraviado. Este es el primer dilema a superar para las comunidades universitarias: autoridades, docentes, estudiantes, trabajadores y egresados.

¿Formación integral o especialización?

Después de un largo periodo de dar prioridad en la educación al carácter integral en la enseñanza se dio un apresurado giro hacia una instrucción útil, práctica y productiva que en más de cuatro décadas de impulso no ha logrado un nivel mayor de resultados. El entrenamiento para un mundo de trabajo cambiante y el cultivo de las competencias humanas no han conseguido una fusión y síntesis al conservarse ambos como ideales formativos separados e incluso aparentemente incompatibles.

La revolución informática y digital, la automatización, la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en la economía de mercado han convertido esta tensión en un problema de difícil solución para la institución universitaria que agrava su carencia de identidad y el necesario diálogo entre ambos enfoques complementarios. Se han polarizado entre los que defienden que se requiere profesionales especializados informáticos que trabajen con eficiencia en las esferas públicas y privadas y quienes buscan el autoaprendizaje y autoconocimiento en el cultivo de su humanidad. Los primeros dan prioridad a la eficacia, los segundos a valores más permanentes y constantes.

Atravesamos por un equilibrio inestable y precario entre quienes se resisten a dejar su compromiso con los valores humanos más permanentes y los que defienden con ahínco los intereses más contingentes del mercado y el desarrollo.

Sin un diálogo abierto y sincero entre ambas posturas las universidades, tanto nacionales como privadas, entrarán en un periodo de declive al desperdiciar su vigente y natural protagonismo. La fase siguiente de las nuevas plataformas de IA puede desplazar y sustituir la aún vigente concepción de la educación superior.

La Inteligencia Artificial (IA) no puede reemplazar totalmente a los humanos, pero los humanos que utilizan IA reemplazarán a quienes no lo hagan. Las plataformas especializadas actúan como una herramienta de aumento de productividad (un 30-40% más), automatizando tareas repetitivas, mientras que las capacidades humanas integrales de creatividad, juicio crítico y conexión emocional siguen siendo irremplazables.

Más vale prever que lamentar.

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