Perú: estabilidad macroeconómica con resultados sociales aún incompletos
Por Luis Caballero.
La historia económica del Perú entre 1980 y 2025 muestra un giro estructural pocas veces visto en la región. En los años 80, el país enfrentó una hiperinflación que superó el 7 000% anual en 1990. Hoy, el panorama es radicalmente distinto: entre 2002 y 2025, la inflación se ha mantenido en un rango promedio de 2%–3% anual, cerrando 2025 cerca de 1.5%. Este logro tiene un responsable claro: el rol autónomo del Banco Central de Reserva del Perú, respaldado por la Constitución Política del Perú de 1993, que prioriza la estabilidad monetaria. A quienes piden quitar la autonomía al BCRP les sugiero revisar las cifras económicas.
En paralelo, el crecimiento económico ha sido sólido. Entre 2004 y 2013, el Perú creció a tasas promedio de 6% anual, ubicándose entre las economías más dinámicas de Sudamérica. En los últimos 20 años, el crecimiento promedio se sitúa alrededor de 4%, por encima de países como Argentina y Brasil, aunque por debajo de Chile en ciertos periodos. Incluso en un contexto más moderado, el país proyecta crecimientos cercanos al 3%–3.5% hacia 2025.
Sin embargo, el tamaño del Estado también ha cambiado de forma significativa. El presupuesto público pasó de aproximadamente S/ 60 000 millones en 2005 a más de S/ 240 000 millones en 2025, es decir, se cuadruplicó en dos décadas. Parte importante de este incremento se trasladó a regiones y municipios: hoy concentran cerca del 35%–40% del presupuesto total, frente a menos del 20% a inicios de los 2000. El problema no ha sido la falta de recursos, sino la calidad del gasto: en muchos casos, la ejecución efectiva no supera el 70%–75% anual.
En el plano social, el Perú logró avances importantes entre 2004 y 2019. La pobreza monetaria cayó de aproximadamente 58% a 20%, una de las reducciones más rápidas en la región. Sin embargo, entre 2019 y 2025, esta tendencia se revirtió parcialmente: la pobreza volvió a niveles cercanos al 27%–29%, reflejando el impacto de la pandemia, la desaceleración económica y la inestabilidad política.
Un factor clave para entender esta dinámica es la inversión. En los últimos 20 años, la inversión privada ha representado cerca del 80% de la inversión total en el país, siendo el principal motor del crecimiento. En contraste, la inversión pública, aunque ha crecido en volumen (de alrededor de S/ 10 000 millones a más de S/ 50 000 millones anuales), ha mostrado menor impacto debido a problemas de gestión, fragmentación y corrupción.
Finalmente, la confianza ha sido el factor determinante. Los índices de expectativas empresariales han mostrado una correlación directa con el ciclo económico: cuando la confianza supera los 50 puntos (tramo optimista), la inversión crece; cuando cae por debajo, se contrae. En los últimos años, este indicador ha sido volátil, reflejando la incertidumbre política.
En síntesis, el Perú ha logrado construir una base macroeconómica sólida: baja inflación, crecimiento sostenido y disciplina fiscal. Pero el desafío pendiente es claro: transformar esa estabilidad en bienestar sostenido, a través de un estado más eficiente. Y eso no pasa por cambiar el modelo, sino por mejorar su ejecución, y por qué no, revisar nuestro modelo de descentralización.
