Perú ante el dilema: memoria, miedo y poder
Por: Pedro Rodríguez Chirinos.
RERUM NOVARUM
Perú entra en el tramo final de su contienda presidencial en un escenario que trasciende la competencia electoral tradicional. Más que una disputa entre el programa o estilos de gobierno, lo que está en juego son dos tensiones persistentes en la sociedad peruana, el temor a la incertidumbre y el peso de la memoria histórica.
Fujimori llega a esta segunda vuelta con argumentos claros y activos políticos. Su estructura partidaria está consolidada, tiene mucha visibilidad política, un electorado relativamente definido. Su fortaleza se concentra, en tener un respaldo en sectores urbanos – especialmente en Lima – y en sectores de ingresos medios y altos, que priorizan la estabilidad económica y la previsibilidad. Resulta particularmente eficaz en un contexto marcado por la fatiga política de desconfianza.
Sin embargo, su candidatura está condicionada por un factor estructural: el rechazo. El legado del fujimorismo continúa asociado para amplios sectores a prácticas autoritarias y episodios de corrupción. Este pasado limita su capacidad de ampliar apoyos y reactiva temores sobre su concentración del poder actual y futuro, especialmente en un contexto de alta sensibilidad institucional como el actual Congreso, el Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, etc.
Existe, además, un “antivoto” consolidado que no responde a coyunturas pasajeras, sino a una memoria política arraigada. En este tramo final, su estrategia no parece orientarse tanto a expandir su base como a contrastarse con su rival buscando capitalizar el temor al cambio.
Sánchez, en contraste, encarna una corriente política, que emerge desde la periferia. Su base de apoyo se encuentra en regiones rurales andinas, donde la pobreza y crecimiento económico en las últimas décadas ha sido percibida como incompleta y excluyente. Para estos sectores, la elección representa una oportunidad de reconocimiento y de cambio. Sus propuestas, como las reformas estructurales, incluyen la posibilidad de un cambio constitucional, que conectará con demandas históricas que han sido postergadas en la agenda nacional.
Esta posición le otorga a Sánchez un mayor potencial de crecimiento, especialmente en los votantes que buscan una alternativa al statu quo o rechazan el retorno al fujimorismo. Sin embargo, este mismo impulso genera inquietudes en otros sectores particularmente en las clases medias urbanas. Allí, su candidatura es percibida con cautela, sobre la estabilidad económica, la gobernabilidad y la capacidad de gestión, en un contexto donde el temor suele imponerse sobre las expectativas.
Quien resulte electo, inevitablemente, enfrentará un entorno adverso. Un gobierno de Fujimori podría verse tensionado por resistencias sociales en territorios donde su legitimidad y autoridad sería cuestionada. Un eventual gobierno de Sánchez, por su parte, deberá lidiar con presiones económicas, un Congreso fragmentado y el desafío de construir confianza más allá de su base electoral.
En última instancia, esta elección no solo definirá un liderazgo, sino que pondrá en evidencia el estado de la democracia peruana. Más que resolver sus fracturas, el proceso electoral parece confirmarlas. Queda abierta una pregunta: si en algún momento podremos transitar de una política dominada por el temor y la memoria hacia una guiada por acuerdos y horizontes compartidos. Mientras tanto, el ciudadano común padece la inseguridad y percibe que las decisiones económicas siguen estando lejos de su control.
