SOMOS ESCLAVOS DE NUESTRAS COSTUMBRES E HIJOS MALTRATADOS DE NUESTRAS IDEAS

Por Dr. Juan Manuel Zevallos

En mis diálogos posteriores con Cenicienta aprendí a cuidarme y a evitar que la torpeza de mis razones genere efectos desfavorables en mis relaciones interpersonales. En verdad siempre hemos sido seres llenos de amor incapaces de dañar a algo o a alguien y ha sido, sin echar la culpa a otro, nuestra mente contaminada de tanta basura cognitiva nos ha llevado a vivir en un estado de esclavitud.

Yo también viví mucho tiempo bajo los condicionamientos que entretejía mi mente. Desea ser ladrón de amores y me enamoraba a no más poder de una mujer que apenas si conocía. Me dejaba deslumbrar a veces por su voz, por su mirada o por aquello que hacía o como lucía sin lograr ingresar a plenitud a la esencia de su ser. Vivía condicionado por mi forma de pensar, una forma negligente para apreciar la realidad y dependiente al buscar afanosamente migajas de afecto. Ahora sé que puedo vivir sin tener que llevar a la práctica tan insanas conductas. Lo cierto es que mis estructuras mentales también fueron creadas para el bien, pero independientemente de cualquier esfuerzo propio tienen una libertad innata para procesar ideas y para esparcirlas como ideas parásitas en cualquier momento.

Mi estado de felicidad o mi infelicidad está determinado por la ausencia de limitaciones o por la creación diaria de cadenas en mi mente. Debo de creer que he sido fiel a mis ideas, pero que mis ideas no han sido las más benévolas conmigo. Debo de asumir que no fue la falta de libertad lo que me oprimió durante tanto tiempo, sino que fue la inconciencia de cuidar mi mente lo que me llevo a ser lo que fui y a vivir lo que viví.

En verdad fui esclavo de las ideas más desagradables que pudieron asentarse en mi mente. Les di de comer y cree un monstruo que procesaba solo conceptos de indignidad y dolor y no era consciente de ello.

Cuando descubrí la realidad en la cual me había desarrollado de pronto sentí culpa, odio, resentimiento e ira personal, no podía creer todo lo que había hecho, lo he había destruido y el estado de miseria emocional en el cual me hallaba. Era un desastre en todo el sentido de la palabra y desee muchas veces al evocar dicho espectáculo desaparecer.

Sin darme cuenta pasé de un estado de destrucción a otro. Salté del sartén para caer al fuego. Desarrollé una idea distinta a mi realidad nuevamente. Me atormente con adjetivos descalificativos y por más que trataba de sentirme bien solía tocar fondo continuamente.

Fueron años difíciles, en donde el aprendizaje fue lento y en donde cada vez que controlaba una idea parásita y destructiva surgía otra más devastadora. Pasé por todas las etapas del duelo, pero la ebullición de ideas parásitas en mi mente no paraba. Quería controlarlas y no podía, me reclama por mi ineptitud, pero eso no arregla las cosas. Hasta que un día dejé de prestarles atención, si aparecían bueno, igual como vinieron debían irse y seguí haciendo mis cosas como las hacía a diario. La estrategia funcionó y me liberé de la esclavitud del control de ideas no porque ignorara de pronto todo aquello que fabricará mi mente sino porque me concentré en lo más valioso: aquello que decidí a diario en base al amor.

Descubrir todo esto me ayudó a desarrollar mejores vínculos de relación amical y luego sentimental. Deje de ser Mendigo de Amor no porque me quite una etiqueta sino porque descubrí que no era merecedor de migajas de afecto.

Aprendí a amarme con voluntad plena y dejé de ser esclavo de mi costumbre de actuar.

Aquellos años de tristeza ahora no me generan melancolía. Me siento alegre por haber vivido esas experiencias y porque de alguna manera ellas son las razones por la que he descubierto esta realidad. He cambiado mi disco mental y lo he programado con voces de tolerancia, ahora no me arrebato ni me disgusto impulsivamente, ahora pienso antes de actuar y para actuar no solo pienso, sino que siento lo que debo hacer; aún me disgusto, pero sobre temas que realmente merezcan ese cambio.

He dejado de ser un ser que molesta y he pasado a ser un ser que valora lo que hace. Lo que sucede en mi entorno siempre será bueno para mí, aunque hoy no tengo el conocimiento necesario para entender esa bondad. Ya no me resisto a los cambios del mundo y disfruto por igual un día de sol como uno de lluvia, aunque estos trastoquen todos mis planes.

Me he reconciliado con cada uno de los hechos de los cuales está hecho mi vida y por ende me he reconciliado conmigo. Ahora vivo en comunión, he hecho una reingeniería de mi mente y he reciclado cada experiencia. Ahora sé que cada historia tiene una moraleja y que cada encuentro personal es un regalo de Dios.

No me autocompadezco, pero a veces me digo: «ya no eres un hijo maltratado por las ideas de tus padres». Sé que esta verdad que he alcanzado mañana puede cambiar como han cambiado tantas cosas en vida, pero también debo de reconocer que la verdad nunca cambiará.

Sé que no hay mejor modo de encontrar algo nuevo en nuestro ser que ayudar a otro a salir de una situación difícil. He descubierto que hay muchos caminos para llegar a nuestra alma y que el silencio y la solidaridad actúan por igual. A veces me siento triste, pero me alegro por poder sentir. Muchas veces me siento alegre y doy gracias por todo lo que aprendí.

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