Animal spirits

En 1936, John Maynard Keynes acuñó el concepto de animal spirits para describir aquello que impulsa a empresarios e inversionistas a tomar riesgos, invertir y generar crecimiento más allá de lo que indicarían los cálculos estrictamente racionales. Décadas después, los premios Nobel George Akerlof y Robert Shiller rescataron esta idea para explicar cómo la confianza, el optimismo, el miedo y las narrativas colectivas influyen decisivamente sobre el comportamiento económico. La economía moderna reconoce hoy que las decisiones de inversión y consumo no dependen únicamente de los fundamentos económicos, sino también de las expectativas que las personas construyen acerca del futuro. Y pocas circunstancias alteran tanto esos “espíritus” como una elección presidencial. Cuando una sociedad vota, también lo hacen las expectativas. Y muchas veces, sus efectos económicos comienzan a sentirse incluso antes de que se conozca el resultado final.
Por ello, las expectativas empresariales son consideradas indicadores adelantados del ciclo económico. Cuando los empresarios anticipan estabilidad y oportunidades, invierten y contratan. Cuando perciben riesgos e incertidumbre, postergan decisiones, acumulan liquidez y reducen su exposición. El resultado termina reflejándose en el crecimiento económico meses después. Precisamente por eso resulta tan interesante observar la evolución reciente de la Encuesta de Expectativas Macroeconómicas del Banco Central de Reserva.
Los datos de mayo muestran una recuperación parcial de la confianza luego del deterioro registrado en abril. De los 18 indicadores monitoreados por el BCRP, 14 se ubicaron en terreno optimista. La expectativa sobre la economía a 12 meses pasó de 51,2 a 55,9 puntos; la del sector de 56,5 a 58,8; y la expectativa de inversión empresarial de 60,5 a 63,7 puntos. Sin embargo, la mayoría de los indicadores todavía permanece por debajo de los niveles observados en marzo.
La secuencia no parece casual. Marzo reflejaba un escenario electoral todavía abierto. Abril capturó la incertidumbre generada por una segunda vuelta altamente polarizada. Mayo incorporó un elemento adicional: las primeras encuestas comenzaron a mostrar una ventaja de Fuerza Popular sobre Juntos por el Perú, escenario que parte importante de los agentes económicos interpretó como una menor probabilidad de cambios drásticos en las reglas de juego económicas.
Lo interesante es que el Perú ya vivió una experiencia muy similar. En 2021, la incertidumbre electoral provocó un desplome abrupto de la confianza empresarial. Según datos del propio BCRP, el índice de confianza empresarial a tres meses cayó desde 44,8 puntos en mayo hasta 39,5 puntos en junio, uno de los niveles más bajos de los últimos años. Las expectativas sobre demanda, inversión y situación de las empresas registraron retrocesos igualmente significativos. Pero el deterioro no quedó limitado a las encuestas.
La incertidumbre política generada por el proceso electoral y los primeros meses del gobierno de Pedro Castillo provocó una masiva salida de capitales por casi USD 20 mil millones; el tipo de cambio pasó de niveles cercanos a S/3,60 por dólar a superar los S/4,10 durante 2021, mientras el Banco Central tuvo que intervenir agresivamente en el mercado cambiario para contener la volatilidad, vendiendo reservas y realizando operaciones adicionales mediante instrumentos financieros.
El costo económico fue significativo. Aunque la inversión privada todavía mostró cifras favorables en 2021 gracias a proyectos que venían gestándose desde años anteriores y al rebote pospandemia, la incertidumbre terminó afectando las decisiones de inversión de mediano plazo. Los años posteriores estuvieron marcados por un prolongado estancamiento de la inversión privada y una reducción gradual del crecimiento potencial de la economía peruana. Por eso, la verdadera pregunta no es qué ocurrió entre marzo, abril y mayo de este año. La pregunta relevante es qué sucederá después del 7 de junio.
Si el resultado electoral es percibido como favorable a la estabilidad institucional, al respeto de los contratos y a la continuidad de una economía de mercado, es razonable esperar una recuperación adicional de la confianza empresarial. Si ocurre lo contrario, la experiencia de 2021 demuestra que los costos pueden aparecer con rapidez: primero caen las expectativas, luego se paralizan las inversiones y finalmente se resienten el crecimiento, el empleo y los ingresos de las familias.
Las elecciones terminan cuando se cuentan los votos. Sus efectos económicos comienzan al día siguiente. Y pocas variables permiten observar tan tempranamente esos efectos como las expectativas empresariales. Allí suele escribirse el primer capítulo económico de un nuevo gobierno. Porque antes de que hablen las estadísticas, hablan las expectativas. Y cuando ellas hablan, conviene escucharlas.
