AL MAESTRO, CON CARIÑO
Por: Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa
Con motivo del Día del Maestro, que en el Perú celebramos cada 6 de julio, ha habido numerosos eventos para expresar nuestra gratitud a quienes dedican su vida a la enseñanza en las instituciones educativas de los distintos niveles a las que acuden nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Más de 600 000 docentes que día a día participan activamente en la formación de las nuevas generaciones, en colegios, CETPROs, institutos de educación superior y universidades. A ellos les podemos aplicar las palabras de san Juan Pablo II: «Hermosa es, por tanto, y de suma trascendencia, la vocación de todos los que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y en nombre de la comunidad humana, desempeñan la función de educar en las escuelas. Esta vocación requiere de dotes especiales de alma y de corazón, una preparación diligentísima y una continua prontitud para renovarse y adaptarse» (Centessimus annus, 56). Cualidades siempre necesarias y que adquieren mayor urgencia en el cambio de época que estamos viviendo, marcado por «una constante transformación de los procesos educativos, que se dificulta aún más por la extrema digitalización y la fragmentación cultural…en medio de condiciones realmente complejas» (León XIV, Videomensaje, 22.XI.2025).
La educación es un derecho humano inalienable que deriva de la dignidad de ser persona y exige que responda al fin último para el cual hemos sido creados y a las necesidades concretas de la sociedad, así como al propio carácter, al diferente sexo, a la propia cultura y tradiciones patrias, al mismo tiempo que abierta a las relaciones fraternas con otras personas y pueblos. El proceso educativo debe coadyuvar a que los alumnos desarrollen armónicamente sus condiciones físicas, morales e intelectuales y, junto con los conocimientos correspondientes a cada grado de estudios, adquieran paulatinamente el sentido de responsabilidad, constancia para superar las dificultades, capacidad de diálogo, espíritu de libertad (no de libertinaje) y deseos de cooperar en la consecución del bien común de la nación (cfr. Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum educationis, 1). Como ha dicho el Papa León: «Una educación auténtica, por lo tanto, promueve la integración entre la fe y la razón. No son polos opuestos, sino caminos complementarios para comprender la realidad, formar el carácter y cultivar la inteligencia» (Videomensaje, 22.XI.2025).
La bella y amplia tarea de la educación, entonces, no corresponde sólo a los maestros sino que requiere la sinergia de las diferentes realidades educativas. En primer lugar, la familia, en el seno de la cual los papás y las mamás están llamados a crear un ambiente de hogar animado por el amor, donde los hijos reciban la atención adecuada para su desarrollo humano integral y sean iniciados en las virtudes que hacen posible la vida en comunidad. En segundo lugar, la sociedad civil y el Estado, proveyendo lo necesario para que los padres estén en condiciones de ejercer rectamente la patria potestad, con sus derechos y obligaciones, y la escuela pueda cooperar con ellos en el ámbito que le corresponde y sin pretender suplirlos.
