AREQUIPA: DON Y TAREA
Por: Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa
La celebración del 486° aniversario de la fundación española de Arequipa es ocasión propicia para dar gracias a Dios por nuestra bella ciudad y por la identidad local que nos caracteriza, construida a lo largo de los siglos a partir de nuestras raíces católicas, que ha aportado tanto bien no sólo a nuestra Región sino al Perú y más allá de nuestras fronteras. La identidad arequipeña no se ha forjado únicamente en el encuentro de nuestra cultura autóctona y aquella de los españoles. Ese encuentro sin duda está en la génesis de nuestra identidad, pero por sí solo no hubiera bastado. Fue la fe cristiana, y concretamente el Evangelio que llegó a nuestras tierras gracias a los misioneros, la que hizo posible que de ese encuentro surgiera una nueva cultura, que no es indígena ni española, y que tomara rasgos locales propios. En ese contexto fueron surgiendo nuestra ciudad y sus alrededores, con la belleza que los caracteriza, desde las edificaciones del centro histórico hasta las costumbres de los así llamados pueblos tradicionales. Unas y otros son lugares significativos que, en su conjunto, dan testimonio del valor que siempre se ha dado a la comunidad y a quienes la conforman.
La belleza, cargada de historia, de las edificaciones más antiguas y de la campiña, unidas a las edificaciones que se han ido añadiendo con el tiempo y a los valores humanos y cristianos transmitidos de generación en generación, representan la herencia que hemos recibido de nuestros antepasados y, al mismo tiempo, constituyen una tarea para quienes conformamos la Arequipa de hoy: transmitir esa belleza a las nuevas generaciones para que, acrecentándola con sus propias virtudes, hagan posible que las raíces cristianas de la identidad arequipeña den renovados frutos acordes a las necesidades de la sociedad actual, como nuevas ramas de un mismo árbol. Ante la fragmentación y la fractura social que en nuestros días afectan al Perú, Arequipa tiene la noble posibilidad de seguir aportando al bien común de la nación en aquello que hoy se necesita con urgencia: ser un pueblo que vive en comunión, practica la solidaridad y prioriza la justicia y la paz. Como hace poco ha dicho el Papa León XIV: «Ser sociales significa ser solidarios, comportándose como auténticos socios, motivados por el bien común y no por intereses particulares. ¡Los ciudadanos son siempre conciudadanos!» (Discurso en Pavia, 20.VI.2026).
Con esa finalidad, resulta fundamental prestar atención, entre otras, a tres dimensiones transversales. En primer lugar, transmitir con renovado empeño la fe sobre la cual nuestros antepasados forjaron la sólida y valiosa identidad arequipeña: seguir construyendo sobre la “roca firme” del Evangelio, sin dejarnos engañar por ideologías pasajeras que ya están haciendo mucho daño en otras partes del mundo. En segundo lugar, fortalecer a la familia como generadora de vida, hogar en el que se experimente el amor gratuito y se aprenda a vivir en sociedad. En tercer lugar, pero no menos importante, acoger, acompañar e integrar cada vez más a aquellos hermanos nuestros que han llegado y seguirán llegando a nuestra ciudad desde otras partes del Perú o del extranjero en búsqueda de mejores condiciones de vida.
