Arequipa, el desafío de mirar hacia adelante
Por Carlos Meneses
Celebrar a Arequipa es, finalmente, comprometerse con ella. El mejor homenaje a estos 486 años no será mirar con nostalgia el pasado, sino trabajar para que el próximo aniversario encuentre una región más integrada, competitiva, segura y justa.
Arequipa cumplió 486 años y lo hace con una historia que no solo merece ser recordada, sino también asumida como punto de partida para construir el futuro. Cada aniversario es una oportunidad para mirar lo que hemos sido, reconocer lo que hemos logrado y, sobre todo, preguntarnos qué ciudad y qué región queremos dejar a las próximas generaciones.
La respuesta no puede limitarse a celebrar nuestro pasado. Arequipa tiene hoy una oportunidad que exige visión, unidad y responsabilidad. Su potencial económico es enorme: una cartera de inversiones mineras cercana a los US$ 7 mil millones, las posibilidades que ofrece Majes-Siguas II para ampliar la frontera agrícola y agroexportadora, además de las oportunidades en turismo, comercio, energía y agroindustria. Pero el verdadero desarrollo no se mide solamente en millones de dólares ni en grandes proyectos. Se mide en mejores empleos, servicios públicos eficientes, educación de calidad, salud digna, seguridad y mejores condiciones de vida.
Ese es, quizá, el gran desafío de este aniversario: convertir el potencial en bienestar.
La inversión pública también debe recuperar su sentido más profundo. No basta ejecutar más presupuesto. Cada sol destinado a una obra debe traducirse en productividad, oportunidades y soluciones concretas para la población. Una carretera que conecta territorios, un hospital que atiende oportunamente, una escuela segura o un sistema de transporte eficiente tienen mucho más valor que una cifra elevada de ejecución presupuestal.
Arequipa necesita, además, recuperar la confianza. La confianza entre ciudadanos y autoridades; entre el Estado y la empresa; entre la academia, los trabajadores y quienes toman decisiones. Ningún sector puede construir por sí solo la región que necesitamos. El futuro demanda diálogo, planificación, seguridad jurídica y una mirada que trascienda los ciclos políticos.
Nuestra ciudad tiene razones para sentirse orgullosa, pero también razones para ser exigente. El carácter arequipeño, tantas veces asociado al esfuerzo, la independencia y la capacidad de salir adelante, debe expresarse hoy en una ciudadanía vigilante, participativa y comprometida con el bien común.
En estos días de fiesta, la esperanza no debe ser una palabra vacía. Debe convertirse en decisión. Arequipa puede crecer sin perder su identidad, desarrollar su economía sin abandonar a quienes más necesitan oportunidades y modernizarse sin renunciar a su patrimonio.
El futuro de Arequipa todavía está por escribirse. Y esa es, precisamente, nuestra mayor esperanza.
